Aborto
“El aborto empobrece a la gente desde el punto de vista espiritual; es la peor pobreza y la más difícil de supera”.
Madre Teresa de Calcuta (1910-1997).
DEFENDER LA VIDA
Al escuchar tanto debate y leer tantos artículos relacionados con la legalidad o la ilegalidad del aborto, pareciera que uno se encuentra en un mercado donde la oferta y la demanda son el único pregón en el ambiente; sólo que en este caso, nos encontramos en un país que como todos los demás, tiene sus gobernantes, su Asamblea Nacional (AN), su Corte Suprema de Justicia, sus Ministerios y todos los demás organismos que fueron creados para dirigir correctamente a dicho país.
En todos los países del planeta, los principios éticos y morales rigen el comportamiento de sus habitantes, no importando su estatus, existiendo también los principios religiosos presentes en todos ellos, no importando su credo, los que siempre aconsejan abrirse a la vida y defenderla incluso a costa de la propia, pero resulta vergonzoso que en nuestro país y en cualquier otro se armen debates para defender posiciones encontradas, pintándolo de democracia y en el peor de los casos, de “defensa de los derechos humanos”. Pregunto: ¿A quién le defienden sus derechos humanos, a la desnaturalizada madre que desea asesinar a su hijito, a la Red de Mujeres contra la Violencia Intrafamiliar, a la Asamblea blandengue que no es capaz de poner las cosas en su lugar, o al Gobierno central que carece de toda autoridad moral para meter sus sucias narices en tan escabroso asunto? Es que, en un país que se precie de civilizado, la suerte de un bebé que ni siquiera ha nacido, no se debe discutir en las corruptas mesas o curules de una AN viciada. La vida hay que defenderla a toda costa y si se pregona que las leyes defienden al ciudadano, por derecho constitucional, ¿por qué entonces no defienden a una criatura que ni siquiera ha nacido? ¿Por qué se empeñan todos en “baquearlo” para terminar con él a toda costa, siendo incapaz de capear su inocente humanidad?
Si a esto se le puede llamar país y autoridades a esas cosas que devengan estratosféricos salarios para enredar los asuntos a su conveniencia, bendita esa criatura que tendrá la dichosa oportunidad de no vivir entre nosotros.
Ramón Pineda
LA DOBLE MORAL POLÍTICA
Parte de la clase política nicaragüense se ha venido despersonalizando. El pueblo, cooperantes mundiales, inversionistas extranjeros y nacionales paulatinamente han perdido credibilidad en muchos líderes de algunos partidos políticos y politiqueros debido a sus indecisiones, oportunismos. En vez de aclarar y resolver los problemas más acuciantes los enredan y señalan insensatamente.
La doble moral en nuestra clase política está bien marcada desde el mismo momento de que determinados “políticos” se cruzan de un partido a otro por inconformidades, diversidad de criterios o por algunos intereses de otro tipo, pero con el tiempo cuando les va mal en el partido o alianza partidaria regresan de donde salieron. Esto el mundo y el pueblo lo vienen observando y de seguro hacen sus propios análisis.
Con los diputados sucede que ciertos se cambian de una bancada a otra. No hay que ser vacilante. El político profesional es de una sola pieza y luchan desde adentro de su estructura. Es distinto que un “político” se equivoque sin mala intención en sus quehaceres propios de su política, eso se entiende y comprende.
Dice Juan Jacobo Rousseau, en su obra El contrato social: “Pero nuestros políticos, al no poder dividir la soberanía en principio, la dividen en sus fines y en su objetivo: en fuerza y voluntad, en Poder Legislativo y en Poder Ejecutivo, en derecho de impuestos, de justicia y de guerra; en administración interior y el poder de negociar con extranjeros; y tan pronto confunden estas partes como las separan, hasta que hacen del soberano un ser fantástico formado de piezas relacionadas, como si compusiesen un hombre con miembros de diferentes cuerpos, tomando de uno los ojos, de otro los brazos y las piernas de un tercero” (Pág. 67 Editorial Universitaria Centroamericana-EDUCA 1973). Entonces, desmembrar las arterias del Estado, la sociedad por sus vacilaciones politiqueras e intereses, no es razonable. Trabajen para lo cual fueron asignados por el pueblo o nombrados.
Existe quien o quienes tienen sanas intenciones de hacer mejorías para el país, pero los desacreditan, los señalan infundadamente, etc. Es importante verse en su propio espejo para conocerse mejor, pues es posible que en algunos casos no se den cuenta que están perjudicando.
Todos estos vacilantes y oportunistas deberían llenarse de conciencia que la conservación del Estado y sus instituciones es necesaria. El enemigo no es una persona moral, sino unos hombres amorales tras intereses.
Bayardo Quinto Núñez
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