Por Tammy Zoad Mendoza M.- “Vamos, todos a la barra”, dice el profesor. “Pliés en primera, segunda, cuarta y quinta”, hace una pausa y continúa dirigiendo, “Plié, demi-plié, piqué, attitude, relevé. Cou-de-pied”.
En los tubos que recorren de manera horizontal las paredes laterales del lugar se sostienen cada uno de los bailarines. El profesor, al centro, los observa detenidamente y recorre el salón. El espejo que forra la pared principal hace una réplica de los niños que ejecutan a la perfección cada paso.
Ahí están. Olga, Javiera, Daniela, Claudia, Manuel y Lenín, parte de los alumnos del profesor Carlos, todos vestidos con leotardos y licras negras.
Entre los niños de la lista, Claudia, Manuel y Lenín, se ganan a diario su beca con cada paso bien logrado. Provenientes de familias con escasos recursos, no sabían cómo atesorar sus talentos hasta que hace un año apareció esta escuela.
“Luego de abrir la escuela y con las matrículas de las niñas inscritas, analizamos la posibilidad de subsidiar becas para niños con talento en el ballet, pero que por las condiciones de pobreza de su familia no podrían tener acceso a una educación integral en este arte”, cuenta Carlos Vilanova, fundador y profesor del estudio que inició en abril del año pasado. Con la convocatoria de la beca llegaron más de 40 niños. “Teníamos una capacidad reducida y elegimos a cuatro, dos niñas y dos niños… hubo otros que cumplieron con los requisitos pero aún con la beca no tenían como movilizarse a diario hasta la escuela”, explica el profesor.
Después de las 3:00 de la tarde se puede escuchar música clásica sobre la calle principal de la comunidad Cuatro Esquinas, ubicada en el kilómetro 13 de Carretera a Masaya, un kilómetro al oeste, en Ticuantepe. Las notas salen del Estudio de Ballet Vilanova, la escuela con más de 20 niñas y niños que todas las tardes se transportan a un mundo mágico.
“El ballet para mí es algo muy lindo…”, dice Manuel Canales Mejía, de 12 años, mientras arquea sus empeines y toca las cintas luídas que amarran la zapatilla rota de la que se asoma su dedo gordo del pie, “siempre me impresionó la perfección del baile y la armonía con la música… Estar aquí es lo mejor que me ha pasado”.
Manuel habla y Lenín Gómez Mejía, su hermano de 8 años, recorre de puntillas el piso de madera y hace piruetas una y otra vez.
“Me encanta el ballet y nuestra mamá nos felicita cada vez que nos ve bailar. Dice que hacemos cosas lindas. Mi papá también nos apoya. Ellos nos trajeron a las pruebas y ahora nos acompañan en las presentaciones”, cuenta Lenín, un tanto inquieto, pues la música suena y él todavía está sentado.
Luego de los ejercicios del día y la práctica de uno de sus bailes el profesor cambia la música para que los niños se dejen llevar por ella.
“Yo estoy sorprendido realmente con la cantidad de talento que hay aquí en Nicaragua”, dice Vilanova, quien se formó como bailarín profesional en la Escuela Nacional de Ballet de Cuba y perteneció al Ballet de Camagüey. “El problema —lamenta— es que no se ve la danza como una disciplina y una aspiración real. Tampoco puedo negar que este baile se ha mantenido como un espectáculo de clase alta, muy poco popular. Otro aspecto que no podemos obviar son los prejuicios y estigmas con relación a la participación de varones por considerar que es baile de afeminados u homosexuales. Tampoco es que no existan, pero no es una regla. El ballet es sólo una manera más de arte y lo practica quien tiene el talento”.
Vilanova y los padres que acompañan a sus hijos en el estudio observan con satisfacción la escena: Las encantadoras niñas bailan con soltura, precisión, gracia y elegancia y los niños, como verdaderos caballeros, acompañan a sus parejas y ejecutan sus giros y saltos con gran destreza. El arte, la danza y la belleza se reúnen una vez más en salón. Una fantástica tarde de música, baile, teatro y calidad. Aplausos. Han terminado por hoy.
“Hemos tenido etapas de crisis en la escuela, pero el proyecto seguirá”, cuenta Vilanova. Para colaborar con el estudio de ballet, los padres han formado un comité de apoyo, pero el esfuerzo aún no es suficiente. “Estamos buscando ayuda para el estudio. A los niños becados se les financia todo: clases, vestimenta y en ocasiones alimentación. La meta es seguir y conseguir fondos para darle esta oportunidad a otras niñas y niños con potencial y talento pero que se están perdiendo por falta de recursos”, asegura el profesor Vilanova.

Doña Maritza Mejía, madre de Manuel y Lenín, ya está aquí. Vino por sus hijos luego de salir de su trabajo como doméstica. “Yo estoy muy orgullosa de ellos, son niños inteligentes y bien portados. Ellos me han enseñado a apreciar el baile, hacen cosas realmente lindas”, dice la madre con la voz entrecortada. “Disculpe que me emocione —pide—, pero para mí es grande este apoyo del profesor, la gente que me felicita al ver el talento de los niños. Su papá es guardia de seguridad y en la medida de nuestras posibilidades los apoyamos en todo. Yo sólo quiero que ellos se preparen y que aprovechen lo que Dios les da y que lleguen muy lejos”, comparte.
Lenín está en tercer grado de primaria y quiere ser profesor de danza. Manuel está en segundo año de secundaria y desea ser médico y bailarín profesional.
“En mi escuela soy el único que baila ballet. A muchas personas les llama la atención. Hay una niña en mi colegio que me gusta y siempre me pregunta de mis clases, creo que a ella también le gusta el baile, pero mis amigos con los que juego fútbol en el recreo al inicio me dijeron que me saliera porque es un baile de niñas”, cuenta Manuel con una sonrisa. “Mi mama me dice que no les haga caso. Además yo les dije que el que no sabe habla de más. Es un baile para todos los que puedan hacerlo, es un baile para damas y caballeros, sino ¿con quién bailarían las mujeres?”
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