Es difícil escribir sobre la Corte Suprema sin cierto temor. Todos sabemos que los poderes del Estado son impopulares porque la ciudadanía considera que están copados por individuos que llegan a servir los intereses de sus partidos, los de sus líderes o los propios. La Corte Suprema no es la excepción.
Sin embargo, quisiera intentar tomar la situación actual de la Corte y aislarla, pues la considero una situación extraordinaria tanto por lo que pasa dentro como por lo que pasa fuera.
La situación actual de la Corte es de tal deterioro que podemos concluir que los verdaderos magistrados están fuera mientras a ésta la maneja un grupo de abogados a los que no se les puede llamar magistrados.
Comencemos con los de adentro. Hay dos, Rafael Solís y Armengol Cuadra, que desde hace más de cinco meses usurpan el cargo. Su posición es tan descarada que esta semana incluso firmaron “sentencias” que los favorece directamente a ellos, como la que dice que el “decretazo” y el párrafo dos del artículo 201 están vigentes.
Ambos pronunciamientos (pues no pueden ser sentencias, ya que ni Cuadra ni Solís son jueces) los favorecen directamente a ellos, ya que con éstos pretenden dejarse ellos mismos firmes en sus cargos.
Pero aparte de estos dos señores, los otros seis magistrados orteguistas que al menos legalmente siguen en la Corte, con el solo hecho de participar en la zanganada de Solís y Cuadra quedan deslegitimados. Y ya no se digan los conjueces, que están en la Corte sin ley que los cubra y como dijo uno de ellos, liberal para más señas, que llegaba porque él “vivía de su profesión”. O sea que llegó por los 5,000 dólares mensuales que no les caen mal a nadie cuando son bien ganados.
Los arriba descritos son los falsos magistrados. Los verdaderos magistrados, para mí, son los seis liberales. No sólo porque están legalmente electos (aunque no por eso quiero decir que esté de acuerdo con el proceso de elección) y dentro de su período correspondiente, sino porque han preferido salirse antes de ser parte de semejante circo.
Por muchos de ellos no tengo ninguna simpatía. Muchos de ellos han hecho cosas muy criticables en sus cargos, pero debo reconocerles que al menos en este caso se han comportado con profesionalismo. Han preferido la calle antes que apañar los abusos de Ortega y sus abogados usurpadores.
El resultado ha sido que, amparados por Ortega y el control total que éste tiene, los usurpadores orteguistas han logrado expulsar a los verdaderos magistrados y desde hace dos meses no están recibiendo salario.
Pero con su actuar, los verdaderos magistrados han desnudado ante el mundo la patraña llena de ilegalidades que ha tenido que construir el orteguismo para poder, contra toda ley y norma nicaragüense, postular de nuevo a Ortega y garantizarle el establecimiento de una dictadura.
Pero aparte de darle una palmadita en la espalda a estos señores, ¿qué más estamos haciendo el resto de los nicaragüenses? ¿Vamos a esperar una semana o seis meses a que se vayan quebrando cada uno de ellos y que regresen a la Corte?
Al fin y al cabo, ahí les esperan sus cinco mil dólares que para algunos pagarán las cuentas mientras que para otros servirán para darse uno que otro gustazo, dependiendo de la condición económica de cada uno.
¿Vamos a esperar que llegue ese momento para llenarnos la boca y llamarles “sinvergüenzas” o vamos a pensar en una estrategia más inteligente para sacar verdadero provecho de los verdaderos magistrados?
Va a ser bien fácil esperar a que regresen, como algunos ya han insinuado, y así poder insultarlos para parecer nosotros más impolutos. Pero, ¿es eso lo más inteligente que podemos hacer?
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