LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

Hoy se cumplen

14
días

desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

Arquímedes González

En las honduras de Tegucigalpa

Amanece. Al asomarme a la ventana del hotelito aparece un paisaje de hermosos cerros verdes alumbrados por dorados rayos. Tegucigalpa, la capital de Honduras, se levanta apurada con los desesperados conductores de vehículos accionando los cláxones y con un fuerte comercio que desde las siete de la mañana abre sus puertas presentando los nuevos productos y las ofertas del mes.

Ayer llovió toda la tarde. Fue una precipitación moderada, aunque al ver las portadas de los periódicos, que se ofrecen en los quioscos de las esquinas, me doy cuenta que hubo tres fallecidos, varios heridos, familias evacuadas y casas soterradas por desprendimientos de tierra. El barrio donde sucedió la desgracia se llama El Berrinche.

En la calle, además del desastre y las muertes que provocan las lluvias, los pobladores aún hablan del golpe de Estado que en el 2009 sacó del poder al entonces presidente Manuel Zelaya. Todos conversan con un desánimo igual al que se siente en Nicaragua cuando se comenta el golpe de Estado cometido estos años por el mismísimo presidente Daniel Ortega al partidarizar cada una de las instituciones públicas, pues en los dos casos el país ha salido perdiendo.

Caminando por la capital hondureña encuentro una ciudad apenas sostenida. Muchas de sus calles están igual de destruidas como en Managua y, aunque la diferencia entre las dos capitales es abismal en cuanto a infraestructura, Tegucigalpa se encuentra más desprotegida por la cantidad de cerros a su alrededor.

Entre los cerros descubro un inmenso anuncio de la Coca Cola. De seguro es lo único que quedaría en pie luego de una catástrofe. Tegucigalpa tiene muchos lindos callejones y estrechas avenidas que me hacen recordar las fotos de la vieja Managua, esa capital que jamás se recuperó y de la cual una generación de nicaragüenses tampoco logró dejar atrás rememorándola cada 24 de diciembre.

Sigo andando y de un momento a otro, ante mis ojos, sucede un asalto. A dos cuadras de distancia un joven arrebata la cartera a una mujer, quien luego del forcejeo termina en el suelo. El muchacho junto a otros dos jóvenes se pierden entre las calles. Algunas personas se acercan a ayudar a la víctima. Al rato se aparece un agente policial motorizado, pero en pocos minutos la señora queda sola y aún nerviosa, toma un taxi. En Managua también los robos son una plaga y con igual o mayor ferocidad. Entro al parque Francisco Morazán. Más de dos docenas de policías, otros tantos soldados del ejército y agentes de seguridad resguardan cada esquina y comercio, sin embargo, la gente no deja de ser precavida.

Por la tarde vuelve a llover y me imagino las portadas de los periódicos del día siguiente. Para mi sorpresa, es algo peor. Pobladores de la capital encontraron cuatro bolsas plásticas negras chorreando sangre. Contenían los cuerpos de tres jóvenes. Hacía días los muchachos habían sido capturados por la Policía por sospechas de ser ladrones y pandilleros. Según la versión policial, los dejaron libres, pero ahora aparecieron muertos con señales de tortura. Al menos me alegro que en Managua no hemos llegado a tanto, digo yo, aunque siempre me queda la duda.

Al caer la tarde me asomo a la ventana y el anuncio de la Coca Cola es el que más destaca entre los cerros de Tegucigalpa.

El autor es escritor y periodista.

 

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