Fotos LA PRENSA/ Bismarck Picado
El humo lo rodea por todas partes. Cada mañana después de tomarse su café, prepara un tarro con aserrín y le prende fuego para ahuyentar a los mosquitos. Tiene por compañía dos gatos, una perra y muchos fierros.
Los tres animales están amarrados ahora. La perra porque recientemente fue operada de mastitis y si se va al monte se le puede infectar la herida. En cuanto a los gatos, una está “enlunada” y el otro permanece amarrado por “cazueleador”, mientras los fierros esperan la llegada de un encargo que haga que de nuevo la caldera se encienda, el torno se conecte y don César Augusto López Rojas, de 86 años, vuelva al oficio que lo apasiona.
Aunque es carpintero y ebanista de oficio, cuando uno le consulta sobre lo que hace, responde rápidamente: “Soy rumbero”.
Sin embargo, sus vecinos aseguran que sus manos han elaborado finos muebles, además de guitarras, camastros de camión, pipas para agua, por casi seis décadas, pero lo que más le gusta hacer es algo que ya está en extinción: carretas.
Jamás ha salido del país, pero dice sentirse orgulloso porque la última carreta que fabricó ahora está en Portugal, o al menos eso le dijo el hombre chele y alto que llegó a buscarlo hasta su casa en la Comunidad de San Antonio Norte.
Fue hace como ocho años, recuerda don César. “Era un señor que trabajaba en ayuda alimentaria, vino en una camionetona y me dijo: ‘usted es el carpintero César López que hace carretas’, y yo le dije lo engañaron amigo, yo soy rumbero y sí hago carretas”.
“A mí no me gusta la fachentada y creo que la gente debe ser quien reconozca el trabajo de uno, no uno andar diciendo soy esto o lo otro. El hombre se sonrió y me dijo que quería que le hiciera una carreta para llevársela a Portugal y se la hice. Me quedó linda. Hasta se tomó fotos conmigo el señor”, recuerda don César, al hablar de su más reciente obra.
En la antigua Roma los líderes derrotados eran a menudo transportados en carretas durante la exhibición triunfal del general victorioso.
En Inglaterra, hasta su sustitución por los azotes en virtud del mandato de la Reina Isabel I, se utilizaban las carretas para transportar al condenado a la picota y administrarle una flagelación pública.
Normalmente, los carros son tirados por caballos, mulas, burros o bueyes aunque también se emplean otros animales de tiro. Los carros de transporte reciben diversas denominaciones en función de sus características. En los de personas, los términos utilizados para los vehículos de tracción animal son coche de caballos o diligencia. La carreta es larga, estrecha y más baja, con una lanza en donde se sujeta el yugo y puede tener sólo dos ruedas.
En Nicaragua, hasta hace unos cien años, la carreta jalada por bueyes era el principal medio colectivo de transporte. Y todavía en algunas zonas rurales se utiliza con regularidad. Son famosas las carretas peregrinas de Popoyuapa, en Rivas, que todos los años viajan a ese Santuario en la víspera de Semana Santa.
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La carreta pesó casi mil kilos y el hombre se la llevó desarmada. Don César dice que marcó todas las piezas del camastro de la carreta, para que la armaran en Portugal porque de otra forma no lo habrían podido hacer.
“Las ruedas que yo hago son de rayos, no entablilladas, porque ésas llevan pernos, pero las que yo hago son una sola pieza, las hago de madera de mora que es muy fuerte y pueden llegar a durar hasta 50 o más años. Al inicio, por doña pobreza hacía todo a mano, con un barreno hacía los huecos y en cada uno de ellos me llevaba un día de trabajo. Son doce (huecos) más el centro donde pasa la barra. Es un trabajo duro porque no sólo trabajaba yo sino que teníamos que ser tres”, afirma.
Para construir una rueda se corta la madera que servirá de tambor o centro.
El tamaño del tronco que se necesita para el tambor dependerá de las medidas que tendrá la rueda, que pueden ser desde 40 hasta 48 pulgadas de alto. A este tambor se le hacen 13 huecos donde estarán ubicados los rayos y donde se deja el espacio para la barra. Todos los rayos se meten forzados.
Hasta la fecha, don César asegura que no puedo decir cuánta madera usa para cada rueda, porque depende del tamaño de la rueda y del trazo con que se elabora. La llanta es de hierro que se forja en una sola pieza. A puro mazo y yunque se va redondeando.
Cuando está lista la pieza se hace una soldadura en la unión y después se mete al fuego. La rueda de madera tiene pulgada y media más de diámetro que la rueda de metal.
El metal caliente se estira y allí con unas “perras”, tenazas de fuerte presión, se coloca a fuerza la rueda de madera y después se le vuela mazo y se lleva a que le caiga agua. La madera truena pero queda una rueda eterna, afirma don César, quien para prueba nos muestra dos ruedas que elaboró hace 20 años a una familia vecina.
Las carretas sólo las hace por encargo y las ruedas que nos muestra las compró para revenderlas.
“Ellos vendieron los bueyes y yo les compré las ruedas porque están enteras. Es un trabajo duro y ya nadie busca las ruedas de madera pero son mejores para los carretones”, comenta don César.
Para don César sus ruedas son las mejores para no maltratar a los animales, pero ahora nadie se preocupa por eso, pues le colocan a los animales llantas viejas que con cada salto maltratan a las bestias.
“A veces dicen que la humanidad ha mejorado, pero yo veo como tratan a los animales ahora y pienso que no los aprecian, éstas son cosas que se hacían antes, se hacían pensando en la comodidad y cuido del animal pero ahora sólo quedan para el recuerdo”, afirma.
Casado con Enma Adilia Caldera con quien procreó 13 hijos, además de las ruedas de carreta don César guarda con cariño un antiguo candil que fue su compañero cuando en invierno el trabajo de carpintería se ponía ralo y debía ir a sembrar para alimentar a su prole.
“Este candil era mi luz a las tres de la mañana, cuando los otros empezaban a arar yo ya llevaba por lo menos media manzana más, mi carga era grande 13 muchachos. Aunque ahora hay energía (eléctrica) aquí y agua, lo guardo para recordarme lo que me costó tener este taller”, afirma.
Sus hijos lo visitan de vez en cuando y han dejado con él a un joven para que le ayude en las labores de la pequeña finca, pues dice haberse enamorado de la Sierra hace 50 años, cuando compró las siete manzanas donde tiene su casa.
“A mí me gustó lo fresco, la fruta y tengo a mi familia cerca, pero sobre todo me quedé porque aquí cerca había un taller de carretas y yo desde joven me dije que quería morirme habiendo hecho todo lo que en mi oficio se podía y me di ese gusto”, señaló.
Pero aunque él ha trabajado en madera toda la vida y asegura conocer los secretos de cada especie, porque cada madera tiene su función, ninguno de sus hijos o nietos quiso aprender el oficio.
“Ninguno de mis hijos trabajó nunca conmigo, yo siempre tuve ayudantes y cuando les decía a ellos, decían que era un trabajo muy chambón, muy pesado, pero a mí siempre me gustó, cuando me muera ellos van a vender mi taller, mis fierros todo, pero así es la vida, cada quien se enamora de lo que hace, ellos se dedican a otras cosas pero yo me voy a morir tranquilo, porque en la vida siempre aprendí lo bueno”, aseguró.
Para concluir don César manifestó que todo lo que tuvo y tiene en la vida lo cimentó en tres cosas: constancia en el trabajo, economía y tener palabra.
“Es mejor ser cholladito y honesto que limpio pero ladrón, qué más le puedo decir a mí me recomienda mi trabajo, porque si le digo que una carreta le durará toda una vida, es porque lo tiene garantizado”, concluyó don César. b
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