El mundo reacciona con horror cuando recuerda la masacre de los inocentes perpetrada por Herodes. El evento, que la cristiandad católica conmemora cada 28 de diciembre, fue un episodio repelente al extremo, precisamente por la total indefensión e inocencia de las víctimas. Si un asesinato es chocante, lo es más cuando el asesinado es niño. La intuición moral humana percibe un agravante cuanto mayor es la debilidad del agredido.
Esta sensibilidad natural, que se manifiesta en una compasión preferencial hacia los niños, es una señal de civilización. Por eso se ha dicho, con mucha propiedad, que la calidad de una nación puede ser medida por la forma en que trata a su infancia, o por la forma como trata a sus ciudadanos más frágiles.
Las naciones modernas, en su afán de reivindicar su calidad de civilizadas, han generado en las últimas décadas numerosas declaraciones en favor de los derechos de la niñez. La más extensa y vigente es la Convención sobre los Derechos del Niño, promulgada por las Naciones Unidas en 1990. Ella reiteró el “derecho superior del niño(a).”
Dos hechos, sin embargo, contradicen dichos afanes. El primero es la abierta tolerancia, y hasta el apoyo de algunos estados, a la destrucción del eslabón más desprotegido de toda la cadena vital humana: el niño por nacer. Aunque desde el punto de vista médico-científico, el no nacido no es un animal, ni un tejido materno, sino un ser humano inmaduro con su propio DNA y características propias, muchos rehúsan otorgarles la compasión dispensada a los niños de pecho. Quizás porque éstos tiene defensas de las que carecen aquéllos; pueden llorar y son visibles. Los otros, en cambio, aunque se muevan y sientan, están ocultos y no se oyen. En consecuencia, millones de ellos son desmembrados por la cuchilla o la succión de máquinas poderosas. Quienes realizan esta labor herodiana tienen la complicidad de cuatro paredes y un manto de leyes esgrimidas en defensa de unos supuestos “derechos femeninos”.
Otro hecho que conspira contra los derechos del niño es el menosprecio que sufre la institución que mayor protección puede dar a la niñez: la familia monogámica. En ocasión de Navidad leí una tarjeta que decía: “Celebremos sin olvidar que nuestros niños y niñas tienen derecho a la ternura, la alegría, la salud y la educación; al pan y a la paz, al sueño y a la belleza”. Palabras hermosas. El problema es que muchos parecen olvidar que la unión de un padre y una madre en una familia estable, es condición de suma importancia para asegurar que esos derechos sean efectivos y no frases bonitas. “Los niños”, dice Benedicto XVI, “quieren ser amados por una madre y por un padre que se aman, y necesitan habitar, crecer y vivir junto con ambos padres, porque la figura materna y paterna son complementarias en la educación de los hijos y en la construcción de su personalidad y de su identidad”.
Las palabras del Papa encuentran su mejor respaldo en las estadísticas sociales. Particularmente elocuentes son las comparaciones entre los niños criados por sus dos progenitores y aquéllos que han carecido de padre. Estos últimos suelen tener tasas de delincuencia, abandono escolar, y problemas emocionales, dos y hasta tres veces más altas que los primeros. En Estados Unidos el 70% de los abusos sexuales y los homicidios son cometidos por jóvenes que han carecido de padre en el hogar. De aquí la conclusión de Benedicto XVI: “Apoyar a la familia y promover su bien, sus derechos, su unidad y estabilidad, es la mejor forma de tutelar los derechos y las auténticas exigencias de los menores”.
Es sorprendente, sin embargo, la facilidad con que estas verdades quedan fuera del tintero. La extensa “Convención sobre los Derechos del Niño”, en sus 54 artículos y numerosos incisos hace un listado casi exhaustivo de dichos derechos. Sin embargo, en ninguna parte menciona el derecho del niño a tener una familia unida, o la obligación del Estado a protegerlas y apoyarlas. Mientras tanto la cultura actual, con su cinematografía y valores individualistas, junto con numerosas legislaciones, minan a la familia monogámica y hacen que cada día aumente la proporción de niños privados de ella.
Respetar la vida desde sus inicios, y proporcionar a los niños el ambiente familiar que necesitan —un padre y una madre unidos— es la forma más efectiva de ascender en la escala de las sociedades civilizadas y alejar la sombra de Herodes.
El resto son… palabras nada más.
El autor es sociólogo. Fue Ministro de Educación de Nicaragua.
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