Un amigo extranjero que tenía más de 30 años de no venir al país me comentaba luego de llegar en un vuelo nocturno sobre qué bonita se miraba Managua de noche. “Está bien iluminada, y alegre. Muy alegre”, fue su expresión. A lo interno me pregunté si mi amigo conocía la frase que esa alegría era una especie de “alegrón de burro”.
Esta expresión muy popular en toda la región se utiliza para definir un estado de alegría efímero. Refleja cuando a un burro se le da de comer, rebuzna quizás por alegría y luego que termina vuelve a su estado anterior. A trabajar. Dícese también de un momento de euforia pasajero provocado por una noticia a veces falsa o mal intencionada o bien de un estado de ánimo autoprovocado para engañarse a sí mismo, pero que al final termina chocando con la realidad.
Es cierto lo que dijo mi amigo. La ciudad se observa brillante, alegre, eufórica da la impresión que no estuviéramos en Nicaragua.
Los niños y sus padres felices disfrutando de un hermoso parque con todo el derecho que tienen y los managuas recorriendo sus calles céntricas exageradamente iluminadas pero desconociendo de dónde se origina este gasto. Algunas personas consultadas afirman que proviene de los fondos Alba producto de la ayuda venezolana. Si esto fuera así, es irónico y triste pensar que mientras miles de venezolanos se encuentran damnificados por las inundaciones y no tienen ni donde dormir, aquí estamos derrochando la ayuda que nos regalan.
Si fuera del Presupuesto General de la República, tarde o temprano tendremos que pagar esta euforia a través de nuestros impuestos, y si se originan de los fondos de la familia presidencial, aplicamos el conocido refrán que “del mismo cuero salen las coyundas”.
Una fuente del gobierno reveló que la iluminación navideña de Managua equivale a unos 230 kilómetros, incluyendo los gigantescos árboles coronados con pesados y grotescos rótulos de propaganda política. (17 en total) ubicados en las rotondas y parques (según la Iglesia católica una estrella debiera estar en la cúspide anunciando la buena nueva).
Solo el árbol de la Plaza La Fe tiene 96 metros, con 80 kilómetros de instalaciones eléctricas compitiendo en América Latina con los árboles navideños más grandes de Brasil y México, por lo cual los nicaragüenses debemos sentirnos orgullosos de estar a la par de estas potencias.
Calcular el costo de dicha “alegría” mejor lo dejamos a los especialistas para que hagan sus cuentas. Quizás lo único que estamos seguros es que es más de un millón de córdobas en el mes. Una cifra igual al presupuesto que el Estado asignó durante todo el año, a la Cruz Roja o al Benemérito Cuerpo de Bomberos.
Una vez que termine la fiesta, y que los árboles y luces sean desinstaladas (ojalá no sea a mediados de año), la capital y el país volverá a sumergirse en su triste realidad: un alto índice de desempleo, niños, mujeres y hasta hombres pidiendo en los semáforos, más delincuencia, prostitución y mendicidad. Consultas en los hospitales sin medicinas, más de un millón de niños sin ingresar a la escuela por el raquítico presupuesto a la Salud y la Educación. En fin, un país paradójico donde si bien es cierto, la macroeconomía mejora sustancialmente, se incrementan las exportaciones, crece la economía y las utilidades bancarias, y somos excelentes alumnos del FMI la mayor parte de la población vive en la extrema pobreza en fin todo vuelve a su normalidad.
Pareciera que durante este mes viviremos un país feliz y alegre, y si la felicidad no es más que la suma de momentos felices o alegres, entonces este diciembre será “nuestro alegrón de burro”.
El autor es abogado y escritor.
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