El ex presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, quien murió el domingo pasado en Estados Unidos donde se encontraba exiliado, será enterrado mañana en Miami, donde residía, pues por su voluntad sus restos sólo deben ser llevados a su patria cuando ésta vuelva a ser libre y democrática. Al respecto, una de las hijas de CAP, María Francia Pérez, declaró que los restos de su padre no serán llevados, por ahora, a Venezuela, “porque él nunca estuvo de acuerdo con regresar con gobiernos antidemocráticos como el actual ” Y agregó: “Queremos reconocer sus logros como presidente y demócrata. Queremos que en el velorio tenga su condecoración y la bandera venezolana”.
Pero Carlos Andrés Pérez no sólo merece el reconocimiento del pueblo venezolano. Su memoria debe ser honrada también por todos los latinoamericanos que amamos la libertad y la democracia, valores superiores que él quería para su país y para toda América Latina. Incluyendo al pueblo de Nicaragua, al que Carlos Andrés Pérez brindó una gran ayuda, primero para el derrocamiento de la dictadura somocista, en 1979, y luego para la derrota electoral de la dictadura sandinista, en 1990.
El doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Director Mártir de LA PRENSA, fue amigo y compañero de lucha de Carlos Andrés Pérez por la libertad y la democracia. Sobre él escribió el doctor Chamorro Cardenal que sufrió cárcel y exilio “y fue durante uno de esos exilios que se vinculó a Nicaragua y con los nicaragüenses”.
En el editorial de LA PRENSA del viernes 8 de marzo de 1974, titulado “Venezuela y la democracia”, el doctor Chamorro Cardenal escribió que Carlos Andrés Pérez, cuando estaba exiliado en Costa Rica trabajaba como “jefe de redacción del diario La República, periódico modesto formado por los amigos de (el entonces Presidente de Costa Rica, José) Figueres para alentar las campañas políticas de este gobierno, y allí en la pequeña y mal amoblada oficina de Carlos Andrés íbamos los nicaragüenses, los venezolanos, los dominicanos, los cubanos, exilados todos, a comentar noticias, a escribir artículos y a cambiar impresiones”.
Carlos Andrés Pérez “llegó a tener un conocimiento clarísimo, no solamente de la situación de nuestro país sino de su geografía, historia y costumbres”, escribió el doctor Chamorro. Y agregó: “Carlos Andrés, que no era personaje sino simple muchacho, pero con mucha influencia en Figueres, siempre encontraba la manera de abrir (para los exiliados recién llegados) las puertas de la estima gubernamental”. “¿Cuántos asilos, cuántos pasaportes para quienes habían sido despojados de su documento, cuántos recibimientos a los “descalzos de la frontera” se debieron a Carlos Andrés en esos días ? Difícil saberlo, pero fueron muchos”.
Y recordó el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, que al caer el dictador de Venezuela, Marcos Pérez Jiménez, en enero de 1958, Carlos Andrés Pérez se fue a su país, junto con los demás exilados venezolanos, “a establecer la democracia, a institucionalizar los procesos cívicos para el mejoramiento social, a construir una nueva civilización sin prisiones políticas, sin peculados, ausente de aplastamiento policial”.
Carlos Andrés Pérez fue Presidente de Venezuela dos veces, por elección popular libre y limpia, pero no pudo terminar su segundo mandato popular. Irónicamente, su desgracia política se originó precisamente en el apoyo que brindó a la causa de la libertad y la democracia en Nicaragua. En efecto, él fue destituido por una acusación de desvío de fondos confidenciales que habría usado para apoyar a movimientos democráticos en otros países latinoamericanos, sobre todo para el financiamiento del servicio de escoltas de la presidenta nicaragüense Violeta Barrios de Chamorro, la cual, al iniciar su mandato presidencial no podía confiar su seguridad personal en manos de la Policía Sandinista ni del Ejército Popular Sandinista, que eran cuerpos armados de represión al servicio del FSLN.
Sin duda que Carlos Andrés Pérez cometió errores políticos de diversa clase. Pero su mayor pecado fue no haberse sustraído de la histórica desviación política latinoamericana, de encariñarse con el poder, de querer mandar para siempre o una y otra vez, ya sea por medio de la fuerza o de elecciones libres o fraudulentas. No entendió CAP, que la regla dorada del poder político en América Latina es, o mejor dicho debería ser: una vez y nunca más.
Pero ahora Carlos Andrés Pérez ha muerto y podrá descansar en paz en su patria sólo cuando ésta vuelva a ser libre y democrática.
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