Cuando era joven y escuchaba la frase “los pueblos tienen el gobierno que se merecen”, me parecía un tanto injusta. ¿Por qué íbamos a merecernos los nicaragüenses la dictadura de los Somoza y más tarde un gobierno que bajo el manto de una revolución liberadora, conculcó las más básicas de todas las libertades, como la libertad de expresión? No podíamos los nicas ser tan torcidos.
Con la muerte de mi padre en 1978, por mi nombre, por su herencia y por la historia decidí participar más activamente en la política para tratar de cambiar las cosas en la dirección de su famoso grito de batalla: “Nicaragua volverá a ser República”. Ese grito era un clamor a que todos participemos en la “cosa pública” para que Nicaragua dejara de ser un feudo privado, o cosa privada de un grupo o familia que tenía un ejército personal y controlaba una buena parte de la economía del país a través de sus negocios privados a la sombra de la “cosa pública”.
Si mi padre hubiera pensado que la política no era para él, que lo mejor era dedicarse a su negocio, hacer dinero y no meterse en política, como piensan muchos empresarios y jóvenes de hoy, jamás hubiéramos contado con su ejemplo y hubiera dejado el campo libre para que los malos nos siguieran sometiendo eternamente.
Tampoco mi madre, Violeta Barrios de Chamorro hubiera tenido la necesidad de seguir su senda y dejar para la patria el extraordinario legado histórico de un gobierno que sentó las bases de la democracia y la convivencia pacífica en Nicaragua. Ella hubiera podido decir que con el sacrificio de mi padre ya era suficiente, que la política no era para ella y que mejor se retiraba a su casa. Lo que sí hizo, pero solo luego de sentar su ejemplo para la historia, un ejemplo de no continuismo, en un país plagado de ejemplos de gobernantes que una vez en el poder no se quieren bajar.
Decía el famoso estadista y filósofo británico-irlandés Edmundo Burke: “Lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada”. Es decir: lo ideal para los malos es que los buenos piensen que la política no es para ellos, y así estarán condenados toda su vida a estarse quejando de los políticos.
La apatía es uno de los mejores aliados de las dictaduras. Aunque hay otros aliados como el servilismo, el culto a la personalidad y la obediencia a ciegas a ideologías o caudillos. Resulta que buena parte de los que se involucran en política lo hacen para apoyar a las dictaduras. De allí el dicho que “los pueblos tienen el gobierno que se merecen”.
La participación en la política es un deber ciudadano, quizás la manera más fundamental de participar es el ejercicio del voto democrático, pero antes de llegar a depositar ese voto, debemos de asegurarnos de que vaya a ser contado y que será la mayoría la que definirá al ganador. De allí la necesidad de involucrarnos en política, ya sea directamente en partidos políticos, o desde organizaciones de la sociedad civil que persiguen los mismos ideales democráticos, o al menos apoyando a los políticos buenos.
Es cierto que hay quienes se meten a la política para servirse y no para servir y con su ejemplo contaminan el entorno. Por ende la mayoría de la población piensa que todos los políticos son iguales de malos y no vale la pena hacer un esfuerzo por cambiar las cosas. Una posición muy cómoda que al final nos lleva a validar nuevamente la sabiduría del dicho “los pueblos tienen el gobierno que se merecen”.
Nicaragua es un país de jóvenes, los jóvenes están llamados a cambiar las cosas para que el futuro, su futuro, sea diferente y puedan sentirse orgullosos del gobierno que tienen. Esto solo lo pueden lograr si asumen la responsabilidad que tienen de luchar por sus ideales y “contaminarse” sanamente de la política, para que Nicaragua vuelva a ser República, la “cosa pública” y no un dominio privado.
Para el colmo, hay jóvenes que piensan que involucrarse en política es “jugar a la guerra” con morteros y pedradas para acallar a otros jóvenes que se atreven a movilizarse, a protestar, a asumir su responsabilidad. Es el culto a la violencia del que está preñada nuestra historia, del que aún no nos hemos podido desprender, el que se impone.
El gobierno orteguista comete actualmente un doble pecado con nuestra juventud: por un lado ha fomentado el culto a la violencia (como una muestra de la expresión popular) y por el otro, utiliza las aulas para fomentar no la educación liberadora, sino la propaganda política y el culto a la personalidad. Los jóvenes no deben permitir que se les utilice y que se desvirtúe el concepto de la educación, convirtiendo los centros de estudios en centros de reclutamiento partidario.
Ver en la versión impresa las páginas: 9 A