A finales del año pasado decidí tomar un curso de manejo. Vivo en San Marcos, Carazo, y viajo a diario a Managua, pero opté por aprender en la capital, por eso que dicen de que quien sabe manejar en Managua sabe hacerlo en cualquier parte. Como cualquier principiante, cada vez que agarraba el carrito rojo y destartalado de la escuela, las manos me sudaban, las piernas me temblaban como dos hamacas y sentía que ese tráfico después de las 5:00 de la tarde me tragaba. Logré aprender y pensé que eso era lo más difícil. Me equivoqué. Lo peor venía después, sacar la licencia. Para ahorrarme tiempo hubo quienes me dijeron que pagando entre 1,300 y 2,000 córdobas me la daban inmediatamente. Sin certificado, sin examen, sin nada. Pero, aunque sonaba tentador, lo haría por la vía legal.
La odisea comenzó en la escuela. Esperé más o menos dos semanas para que la dueña se dignara a darme el certificado que comprobaba que había pasado los exámenes. “Con esto te vas a Tránsito y ahí te dicen si vas a hacer examen o no”, me guió.
—Buenas tardes. Quisiera saber qué necesito para tramitar licencia nueva.
Sentada detrás de un mostrador una mujer me mira de reojo y sin darme la cara pregunta:
—¿De escuela? ¿Traés copia de cédula? ¿Certificado?…
No tuve tiempo de escuchar las últimas preguntas que la policía tiraba como metralleta. Le dije que llegaba de una escuela, buscó una carpeta y logré divisar mi nombre, sin subrayar.
—No. No está en la lista. Sólo venga a traer el certificado el viernes 21 de enero a las dos de la tarde en el aula 2 —me indicó, y siguió tecleando.
¿Semana y media más? ¿Qué? Al menos no salí electa para hacer examen, me dije consolándome.
Mi carro seguía en el garaje y yo contaba los días para que fuera 21 de enero. El día llegó y con mis pasos raudos fui al “aula 2” en Tránsito Nacional, donde después de pagar 50 córdobas de “certificación” me entregaron el certificado .
Era tanta la ansiedad que esa misma tarde me fui a Jinotepe para tramitar mi licencia con los requisitos que se me habían indicado.
La Policía de Jinotepe es un desorden, se ven filas por todas partes, gente corriendo por una fotocopia, otras esperando que el encargado de un área se digne abrir la oficina y policías que lo mandan a uno de un lado a otro.
—Me mandaron para acá. Me dicen que para tramitar licencia nueva es con usted.
El tipo que está detrás de un escritorio desvencijado y sucio me mira y no habla. Se retuerce como ropa recién lavada, hace a un lado su mochila y después de “analizarme” de pies a cabeza estira la mano para agarrar los papeles que llevo.
Se llama Chester, el apellido no lo sé, tampoco me importa. Lo que sí sé es que parece que trabajara en cámara lenta, tiene poco pelo y un par de ojos dormilones. Sonríe burlesco y me dice: “Aquí te falta, muchachita”.
—¿Qué me hace falta, perdón?
—Te falta el certificado de salud y un examen sicológico. Son los nuevos requisitos.
—¿Y ese examen sicológico dónde me lo hago?
—No sé. Buscate a un sicólogo, andan un montón por ahí y que diga que estás bien.
La sangre se me subió al rostro de un solo golpe, pero contuve mis ganas de decirle que entre él y yo, era él quien necesitaba un examen sicológico. Insistí en preguntarle qué más me hacía falta y él respondió que con “esas dos cosas estás lista”.
Volví un par de días después.
—Ya traje lo que hacía falta —le dije.
Repasó los documentos, uno a uno, con una parsimonia asombrosa. Leía sin leer, se recostaba en su silla y me volteaba a ver.
—Aquí te falta… —replicó una vez más.
—¿Cómo que me hace falta? Hace unos días usted me atendió y dijo que sólo faltaba eso.
—Pero te hace falta, te falta el récord de policía —ripostó sin siquiera inmutarse.
“Ahí afuera están puestos los requisitos”, me indicó tras entregarme mis papeles. Sobre la pared un pedazo de papel viejo y roto, que apenas tiene huellas de que un día tuvo tinta en él, indica los requisitos.
Aquel hombre me inspiraba tanta ineficiencia y estupidez. Y recordé que una amiga mía, que ni siquiera saber manejar, pagó y le dieron su licencia al día siguiente. ¡Que injusto! Había perdido días de trabajo, tiempo, y mi paciencia, que reconozco es escasa, estaba colmada. Llevaba un mes intentándolo y aquella frase “pero te hace falta” significaba al menos una semana más. No pude más. Ese sistema lento e ineficaz, ese hombre que me decía los requisitos a cuentagotas… me exasperaron. Y tuve que hacer lo que al inicio me había negado. La diferencia fue asombrosa, ese mismo día tuve mi licencia, pero me dio tanta tristeza ver cómo funciona el sistema.
Ver en la versión impresa las paginas: 14
