Comandante 3-80, veinte años después

Al cumplirse el veinte aniversario del asesinato de Enrique Bermúdez, este crimen político está mucho más lejos de ser castigado por la justicia.

Hoy hace 20 años que el antiguo coronel de la Guardia Nacional somocista y después Comandante 3-80 de la Resistencia Nicaragüense contra la dictadura sandinista de 1979 a 1990, fue asesinado en el estacionamiento del entonces Hotel Intercontinental, ahora Hotel Crowne Plaza de Managua. Ese asesinato, igual que muchos otros que se cometieron en los primeros años de la década noventa , después de la derrota electoral de Daniel Ortega y del fin de la guerra civil por medio del acuerdo político, quedó en la más absoluta e injustificable impunidad.

Pero no sólo antiguos combatientes de la Contra que se desmovilizaron y entregaron sus armas para contribuir a la construcción de una nueva sociedad pacífica y democrática en Nicaragua, fueron asesinados en aquel turbulento período que siguió al fin del régimen sandinista de los años ochenta; durante el cual, el esfuerzo por impulsar un proceso de transición a la democracia para beneficio de todos los nicaragüenses, era boicoteado por el virulento y violento “gobierno desde abajo” que impusieron Daniel Ortega y el FSLN, dominados por el rencor que les causó la gran derrota cívica y electoral que recibieron en febrero de 1990.

El asesinato de Arges Sequeira Mangas, abogado, presidente de la Asociación Nacional de Confiscados, vicepresidente de la Unión de Productores Agropecuarios de Nicaragua (Upanic), directivo del Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep) y vicepresidente del PLC (cuando éste no había pactado con Daniel Ortega y el FSLN y era su genuino adversario político), fue otro de los asesinatos de adversarios del Frente Sandinista, en aquel período, que quedaron en la impunidad. Valga precisar que Arges Sequeira fue asesinado el 23 de noviembre de 1992 por tres pistoleros de las Fuerzas Punitivas de Izquierda (FPI), una organización criminal que fue creada precisamente para realizar operativos como el asesinato de Sequeira y eran integradas por militantes sandinistas que habían sido miembros del Ejército y de la Dirección General de la Seguridad del Estado (DGSE).

Hoy, al cumplirse el veinte aniversario del asesinato de Enrique Bermúdez, este crimen político está mucho más lejos de ser castigado por la justicia. La impunidad que protegió aquel cobarde asesinato, es ahora mayor. En realidad, si no fue posible que se hiciera justicia inmediatamente después de que asesinaron al Comandante 3-80 , habiendo entonces un gobierno democrático, mucho menos se puede esperar que haya justicia ahora que Daniel Ortega y el FSLN ya no sólo mandan desde abajo, sino también desde arriba y tienen bajo su control todos los poderes e instituciones del Estado. Y más todavía, porque ahora hasta antiguos compañeros de armas y de ideales políticos del Comandante 3-80 se han vuelto aliados incondicionales de Daniel Ortega y del Frente Sandinista, y avalan los desmanes que éstos cometen para tratar de perpetuarse en el poder.

Cuando Enrique Bermúdez fue asesinado, el Frente Sandinista y Daniel Ortega no tenían el Poder Ejecutivo en sus manos pero controlaban el Ejército, la Policía y los tribunales. De manera que no se podía esperar que esos órganos de poder actuaran con decencia institucional e hicieran justicia. Pero al menos un Libro Blanco de todos los crímenes políticos que se cometieron en los años noventa contra personalidades como Enrique Bermúdez y Arges Sequeira, así como los de las dictaduras somocista y sandinista, se debió documentar y publicar para ilustración y educación política de las nuevas generaciones. Y además, porque quizás algún día se podrá por fin hacer justicia con las víctimas de aquella época aciaga que ahora las fuerzas oscuras están tratando de restaurar. Nos referimos en este caso no sólo a la demolición de las instituciones democráticas y el Estado de Derecho, que está perpetrando el orteguismo en su pretensión de restaurar la dictadura, sino también a situaciones como la ejecución del comandante Yahob, quien según se sabe no murió en combate con las fuerzas armadas del Ejército y la Policía, sino que fue fría y cobardemente asesinado.

Se conoce, más por experiencia ajena que propia, que la paz y la reconciliación nacional —pero la auténtica, no la farsa politiquera de Ortega y Obando– sólo son posibles si se fundan en la justicia. Lo cual quiere decir que asesinatos como el que quitó la vida a Enrique Bermúdez Varela, sean justamente castigados mediante la aplicación de las normas jurídicas universales contra los crímenes de lesa humanidad. Mientras tanto el Comandante 3-80 sigue esperando justicia.

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