Tinta Invisible

El nuevo libro de poemas de Max Lacayo

LA PRENSA/ AGENCIAS

Por María Lourdes Pallais

El amor, la poesía y las redes sociales en Tinta Invisible, de Max Lacayo L. Todo empieza con el poeta/narrador sentado frente a su laptop, ya no frente a la página en blanco. Eso nos dice al menos: “Una tarde o una noche/Me acerqué contemplativo/A la pantalla de mi ordenador/¿Qué pensaba? No recuerdo/Sólo sé que consentía/Mis caprichos más mundanos/Tal vez triviales, quizás sensuales”.

Lo que sigue es un idílico relato; un cuento escrito en verso, que se despliega ante los ojos del lector por medio de abanicos de colores sensuales e imágenes poéticas sinuosas en pleno siglo XXI; un relato que se deshoja en cada verso entre lo vivido y lo soñado. Y es que, este romance, como la vida, puede ser un sueño, y los sueños, ya sabemos, sueños son.

¡Pero qué sueño el de Tinta Invisible!

Como quien se encuentra con una amiga de antaño en un cine de barrio, el narrador/poeta se encuentra con Diana, su musa, sólo que el encuentro es registrado con “tinta invisible” y sucede al margen de lo real. Es decir, es y no es. Pero mientras lo leemos, es realidad arropada en exquisita lírica de ecos ora becquerianos, ora platónicos. Y es que, como señaló el maestro Gabriel García Márquez, “la realidad no es sólo lo que sucedió, sino también y sobre todo, esa otra realidad que existe por sólo el hecho de contarla”.

Pero sigamos leyendo, que Lacayo nos quiere contar un cuento y vale la pena hacerle caso.

La pareja del relato intercambia recuerdos, experiencias compartidas: “Hablamos de aquel exilio del año 79/¡Que ella salió por atajos!/Yo le conté mis desvelos/¡Que cómo extrañaba su tierra/En aquel gélido destierro!/Compungida lo decía”.

Descubrimos que los protagonistas del relato de Lacayo son una pareja de nicaragüenses que se reencuentran después de haber dejado la patria tras el triunfo de los sandinistas, el 19 de julio de 1979. Detalle aparentemente menor pero no menos interesante porque de lo contrario, ¿por qué habría de incluirlo el autor? Evidentemente quiere ubicar al lector en el contexto político de la pareja de su cuento.

Ya ubicados, seguimos leyendo. “Nuestra amistad tomó rumbos/Literarios, muy hermosos/ Y un poema ella me envió/De su propia inspiración”.

A partir de este momento, descubrimos que Diana es también poeta. Y provocadora, erudita, le pregunta: “¿Qué ofrendas traes?/Me preguntó Diana/La épica de Homero/De Góngora o Quevedo/Acaso tu romance/Iguala al de Bécquer/O es el canto modernista/De Rubén, lo que me ofreces/.

Pero, acto seguido, acepta el reto y la invitación de explorar “rincones nuevos y desconocidos”, así como “la magia de un mundo distinto”.

En las siguientes páginas, asistimos a la evolución de un romance que se dibuja indomable, por momentos estruendoso, pero nunca desbocado. Es precisamente cuando los sentimientos de ambos empiezan a saltar de las líneas como libélulas japonesas que ella desaparece, y que él se pregunta si ella alguna vez existió, concluyendo que Diana fue una fugaz pero deliciosa “invasora” de sus sueños. Musa virtual, pero musa al fin.

Y aquí quiero detener este intento de dar un brochazo sobre Tinta Invisible señalando lo que considero es el gran aporte de esta innovadora obra: El exquisito equilibrio que logra entre varios mundos.

Me explico: así como el autor del Gran Teatro del Mundo refleja en su obra el magnífico pero también contradictorio siglo XVII, el más complicado de la historia española, Lacayo introduce, y ubica al lector, en este nuevo mundo de las redes sociales, el más veloz e indómito hasta ahora conocido, donde no hay países, muchos menos fronteras. Donde todo puede ser lo que es, o al revés, o todo lo contrario. Donde la fantasía, dentro de un cierto protocolo básico de comunicación es el común denominador de las relaciones humanas.

Así, Diana, la clásica musa, hoy virtual, conoce las reglas del juego de la web 2.0 como una profesional del ciber espacio. Envía su primer comentario con el ubicuo “Gracias por compartir”, que encabeza casi todos los mensajes de las redes sociales. Y él le contesta con un abrazo. Señal inconfundible de que se van acercando. En efecto, inicia el intercambio de poemas. Inicia la seducción mutua entre el poeta/narrador y su musa, en el mejor estilo calderoniano y en pleno mundo virtual postmoderno, desordenado pero feliz escenario para crear personajes, inventar historias pero hasta ahora, no para contarlas. Sólo para vivirlas. Creo que Tinta Invisible será recordada como uno de los primeros intentos logrados de contar la historia de un romance virtual en verso.

Y es que Lacayo logra un memorable concierto narrativo entre el relato clásico calderoniano, la poesía moderna de matices darianos y colores a la Matisse, y el contexto postmoderno de las redes sociales, los nuevos bares del siglo XXI.

Buena falta nos hacía alguien con el talento poético de Lacayo; alguien que, con la inteligencia de un cronista postmoderno, y en un lenguaje del más puro estilo clásico, nos regalara un relato (¿y por qué no en verso?) que se ubicara en ese contexto que todos los que tenemos ordenadores hemos conocido, disfrutado o rechazado, pero que es sin duda un contexto que, en menos de 10 años, se ha convertido en parte medular de las comunidades, y de la forma de comunicarse, de una abrumadora mayoría.

Finalmente, señalo lo acertado del título. Busco en Wikipedia el significado de “Tinta Invisible”, para estar a la altura de los nuevos tiempos. Y encuentro: “Se denomina tinta simpática o tinta invisible a aquélla que no se deja ver en el papel en el que se ha escrito hasta que no se aplica el reactivo conveniente, calor o agentes químicos. No todos los jugos vegetales que contienen goma —mucílago, albúmina o azúcar como el zumo de cebolla, de pera, de limón, de naranja, de manzana, etc.— pueden servir como tintas simpáticas, porque la huella incolora que dejan al principio, se revela cuando se calienta el papel. La solución extensa de cloruro de cobalto, invisible en frío, reaparece con su color verde o azul en cuanto se calienta el papel. En cuanto se enfría, vuelve a desaparecer”.

Esta Tinta Invisible, de Max Lacayo, no es la de Wikipedia. Ésta se calienta, no sé si en el papel, pero sí en la memoria de sus lectores. Y no necesita de agentes químicos para revelarse. Aunque se refiere a un sueño, esta tinta es de naturaleza indeleble.

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