Antonio Lacayo

El padre Odorico de Andrea y la paz

Visité recientemente San Rafael del Norte, donde muchísimos nicaragüenses acuden a venerar al padre Odorico de Andrea, un sacerdote franciscano que dejó gratísimos recuerdos entre quienes tuvieron la dicha de conocerlo, y cuya fama de Santo ha venido extendiéndose con mucha fuerza durante los últimos años.

El padre Odorico, nacido en Italia, vino a Nicaragua como misionero, muy joven, y se dedicó en cuerpo y alma a la gente del norte de Jinotega, haciendo gran cantidad de amigos en las profundidades de la montaña.

Con donaciones que personalmente consiguió en Italia reconstruyó la parroquia de San Rafael del Norte en 1964, la misma donde años antes se casó Augusto C. Sandino con Blanca Arauz. La reconstrucción quedó bellísima, al estilo de la famosa basílica de San Francisco de Asís, en Italia.

Sus últimos diez años de vida los pasó metido en medio de la guerra que se desató en nuestro país a raíz de la revolución sandinista y el surgimiento de la Resistencia Nicaragüense, debido a la ubicación geográfica de San Rafael del Norte.

Allí logró ver la insensatez de lo que estaba pasando, jóvenes nicaragüenses persiguiendo y matando a jóvenes nicaragüenses, todo por una lucha ideológica que ninguno de ellos entendía, víctimas unos y otros de intereses de gentes que no conocían, y de naciones que nunca habían visitado.

El rafaelino que nos contó la vida del Padre, y los milagros que le atribuyen, nos comentó que el padre Odorico le ofreció su vida al Señor Jesucristo “a cambio de la paz de Nicaragua”. Su relación de santidad con un Dios al que sirvió toda su vida quizás lo llevó a creer que aquella suerte de transacción podría llegar a ser realidad.

Después de escuchar el relato, lleno de bellas anécdotas y hechos ciertamente milagrosos, entré a la ermita del Tepeyac, donde reposan sus restos mortales en un altar lateral al principal.

Me sorprendí inmensamente al ver la fecha de su muerte, el 22 de marzo de 1990, tres semanas después que doña Violeta y la UNO derrotaran al candidato sandinista en las urnas, y justo el día antes que se firmara la paz, el Acuerdo de Toncontín, en el cual la Resistencia Nicaragüense aceptó su desmovilización ante una pequeña representación del equipo de doña Violeta, en Tegucigalpa, Honduras.

La guerra efectivamente terminó con la firma del Acuerdo de Toncontín. El acuerdo suscrito ese 23 de marzo recogió que “la Comisión Negociadora de la Resistencia Nicaragüense reconoce que las elecciones de autoridades del 25 de febrero permitieron el triunfo de la voluntad del pueblo nicaragüense de establecer un proceso de democratización en la fórmula victoriosa Barrios de Chamorro-Godoy Reyes, y nos permite declarar enfáticamente que hemos decidido iniciar el proceso de desmovilización general de nuestras fuerzas”.

La delegación que representó a la Presidenta electa, doña Violeta Barrios de Chamorro, se comprometió “a que se asegure la rehabilitación y la readaptación social de los afectados”, refiriéndose a los lisiados, huérfanos y viudas. “Asimismo tendrán derecho a las pensiones mensuales correspondientes”. Además, “se compromete a gestionar, ante los gobiernos que correspondan, ayuda humanitaria para los miembros de la Resistencia Nicaragüense, al igual que la infraestructura médica para la debida atención de las víctimas del conflicto durante el tiempo que dure la desmovilización”.

En el Acuerdo de Toncontín no hubo ningún otro compromiso. El documento original quedó estampado con cuatro firmas: Su Eminencia cardenal Obando, don Emilio Álvarez, Antonio Lacayo, y el comandante Rubén.

Desde ese día no volvieron a darse enfrentamientos entre sandinistas y contras.

Es como si el Señor hubiese escuchado las plegarias del padre Odorico y le hubiese aceptado el trato de su vida a cambio de la paz.

Hoy que se cumplen 21 años de su paso a la eternidad, cuando miles de nicaragüenses amanecen peregrinando en la ermita del Tepeyac, en San Rafael del Norte, es justo reconocer dos aspectos sobresalientes en este hombre: un verdadero Santo, como lo demuestra el amor de los nicaragüenses que lo veneramos, y la incorruptibilidad de su cuerpo que hace poco fue desenterrado por autoridades del Vaticano. Y a la vez reconocer en él a un auténtico Apóstol de la Paz, un hombre que además de dialogar con uno y otro bando las veces que se los encontró en las montañas de Nicaragua, intercedió con el Creador para que Él lograra la paz que los nicaragüenses no podíamos lograr. Y al ofertar su vida a cambio de la paz, tuvimos la suerte que le fue aceptada y se dio la paz.

Que Dios lo tenga en su Gloria, que su intercesión sea efectiva para todos sus fieles devotos, y que nos conserve la paz.

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