Por Alejandro Serrano Caldera-. Ante los acontecimientos actuales en los que se superponen visiones congeladas del pasado y proyectos de futuro que contienen aspiraciones de cambio, surge la necesidad de plantearse una reflexión sobre la historia.
Para ello se impone abordar la relación entre historia, educación y tecnología, pues de su adecuada formulación depende, en buena parte, la comprensión de muchos de los acontecimientos que se están produciendo en el mundo contemporáneo.
Esta reflexión es más imperativa en tanto hay corrientes de pensamiento que tienden a excluir toda consideración histórica, pues estiman que detenerse ante los hechos ocurridos, impide ver con claridad los caminos de hoy y de mañana, atrapa entre sus redes a quien lo hace y conduce a la confección de un presente amurallado y un futuro confiscado.
Ante esto habría que preguntarse qué es la historia y cuál su significado e interpretación. De entrada habría que responder que no es una mitología de héroes, ni un olimpo de dioses y semidioses, mucho menos una manipulación con fines políticos e ideológicos establecidos para justificar el poder absoluto y personal, ni un archipiélago de conocimientos, sino una lectura de los hechos y sus causas que ayude a entender el pasado y el presente, más allá de lo inmediato y coyuntural.
En ese sentido, la historia como disciplina es el esfuerzo metódico y sistemático por encontrar las causas que subyacen y producen los acontecimientos, sobre todo cuando, como en el caso de Nicaragua, estos se repiten haciendo del presente y el futuro una reedición del pasado. Por esa razón resulta necesario tratar de precisar, hasta donde sea posible, su naturaleza y alcance, pues prescindir de la historia es demoler la identidad y abolir la cultura.
Ante el pasado, que es la sustancia de la historia, hay que evitar dos comportamientos extremos que conducen a la misma conclusión: por un lado el sometimiento y por el otro el desconocimiento. Los dos nos llevan a su repetición, pues tanto el que se somete como el que lo ignora está obligado a repetirlo, pues el sometimiento o la indiferencia ante los hechos acaecidos, son el mejor caldo de cultivo para su repetición.
En realidad, la única forma de evitar que el presente esté anclado en el pasado, es haciendo que el pasado esté contenido en el presente, pero, entiéndase bien, contenido como referencia, como experiencia y como reflexión e interpretación de las causas que han producido determinados efectos. Al pasado no se le suprime; se le supera. Lo contrario es alentar el movimiento circular en el que lo que ya pasó regresa, haciendo de aquel el anuncio del futuro, de la historia, un dogma congelado y del pueblo, como la mujer de Lot, estatua de sal petrificada por mirar hacia atrás con la intención de encontrar la llama del porvenir entre las cenizas del pretérito.
En cuanto a la educación, no cabe duda que es el pilar fundamental del desarrollo y que alrededor de ella deben establecer sus prioridades y unir sus esfuerzos en un contrato social, el Estado y todos los sectores de la sociedad civil, recordando, no obstante, que la educación, imprescindible para el desarrollo de cualquier país, es ante todo el proceso esencial mediante el cual se tiende a la formación integral de la persona y en ese sentido, es un derecho humano fundamental. Además habría que decir que si bien la educación busca adecuar el proceso formativo a los requerimientos y necesidades del medio, esto no significa que deba someterse incondicionalmente a él, pues siendo como es conciencia crítica de la realidad social debe ser factor de cambio y transformación cuando así se requiera.
Creo oportuna la anterior consideración porque existe una corriente pragmática-cibernética que ve a la educación únicamente como el proceso de información y capacitación tecnológica, cuyo objetivo principal, consiste en la producción de patentes y programas para el mundo de la empresa transnacional corporativa y la economía de servicio, en la inserción adecuada de las personas y las instituciones educativas en el sistema del capitalismo financiero especulativo, y en la habilitación en el manejo de los mecanismos a través de los cuales discurre parte importante de la vida individual y colectiva de nuestro tiempo.
En ese contexto, el proyecto educativo aparece cada vez más subordinado al proyecto tecnológico. Sin desconocer la fundamental importancia y formidable realidad de la ciencia y la tecnología, habría que reiterar que la ciencia y las humanidades no se excluyen sino que se complementan y que la educación es mucho más que adaptación tecnológica, pues además y sobre todo, es esencialmente conciencia crítica, ética y estética, y su contenido trasciende al de la mera información para dirigirse al cumplimiento de su finalidad última que es la formación de la persona en los valores y principios que constituyen el ethos, la ética de nuestro tiempo.
En lo que concierne más directamente a la tecnología, particularmente en lo que se refiere a la información y comunicación, esta es percibida, por algunos, no como un medio sino como un fin, como el nuevo ámbito que ha sustituido la vida individual y colectiva, como el reino de la realidad virtual y la imagen que ha desplazado a la realidad real y al sujeto, y en donde el mundo social e interpersonal del barrio, la ciudad o el país, ha dado paso a las construcciones provenientes del ciberespacio.
Es cierto que la tecnología incide inevitablemente en los contenidos de la educación, pero lo es más aún que la educación debe necesariamente incidir, si quiere mantener su naturaleza fundamental, en la aplicación de la tecnología a los procesos históricos y sociales en los que se desenvuelve la vida individual y colectiva.
Debe haber una dialéctica constante entre los fines y los medios, la teoría y la práctica, la ética y los comportamientos que se derivan de la práctica histórica de los procesos tecnológicos. No hay que olvidar que la ciencia y la tecnología son productos sociales, pues provienen de la razón humana que actúa en función de los requerimientos de la sociedad, los que una vez resueltos y satisfechos plantean nuevos retos al conocimiento científico y nuevos desafíos a la ciencia y a la técnica.
En este contexto general, ciertamente debe hacerse todo el esfuerzo necesario para priorizar la educación y para que el extraordinario avance tecnológico pueda llegar a ser una realidad plena en nuestro país, pero siempre, a partir de un sentido fundamental en el que esté claramente establecido la jerarquía entre los medios y los fines, ya que la educación no es solo una técnica para el progreso material indiferente a la naturaleza del poder y a la forma de su ejercicio, sino un proceso de reafirmación de los valores y principios que sustentan la democracia y el Estado de Derecho, y reconocen en el ser humano al verdadero sujeto y destinatario del desarrollo científico, tecnológico y cultural.
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