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La reelección no trae la paz. Mesa Redonda al otro lado de la historia

En febrero de 1970 escribí este artículo inspirado por la decisión de Anastasio Somoza Debayle de reelegirse. Hoy lo reproduzco y solo le agrego un breve párrafo final que lo dice un personaje que no parece darle importancia a la historia de su patria.

19/04/2011

La primera pregunta que debe hacerse el nicaragüense para formar su conciencia ciudadana es de orden histórico: ¿ha traído la paz la reelección en la historia de Nicaragua? ¿Qué ha sucedido en nuestra patria cada vez que se ha impuesto una reelección?

En febrero de 1970 escribí este artículo inspirado por la decisión de Anastasio Somoza Debayle de reelegirse. Hoy lo reproduzco y solo le agrego un breve párrafo final que lo dice un personaje que no parece darle importancia a la historia de su patria.

Nos trasladamos al otro lado de la historia. Un lugar sin tiempo donde la conciencia no se engaña a sí misma. El lugar está invadido por una luz distinta que penetra a los personajes y llega hasta sus pensamientos. Allí están reunidos gentes que he visto en viejos dibujos y fotografías históricas. Los reconozco.

Por ejemplo, reconozco a quien ahora habla por sus ojos fogosos y su naturaleza nerviosa: es Máximo Jerez. Dialoga con un hombre apuesto y calmo a quien el mando le dio una aparente seguridad dominante: es el general Tomás Martínez. Los demás escuchan, mientras el doctor Tomás Ayón, historiador y jurisconsulto parece el “moderador” —palabra completamente inapropiada- en esta moderada mesa redonda de difuntos. Cuesta un poco entender a los muertos, no porque sus palabras sean sombrías sino porque ellos son simultáneos. No recuerdan. Son sus vidas: las asumen sin tiempo. Son toda su edad simultáneamente. El general Martínez habla de su primer período de gobierno -el primer gobierno después de la Guerra Nacional y el más unánime, fraterno y fructuoso período político de la historia nicaragüense—, pero en vez de recordar veo a Martínez y a Jerez juntos, mortales, asistiendo a un Te Deum, y Jerez, oratórico, exclama entonces: “Tributemos gracias infinitas al Todopoderoso, Padre universal del género humano porque Nicaragua todavía existe y porque sus hijos, aprovechando las lecciones de una dolorosa experiencia, serán más celosos por su conservación y engrandecimiento”.

-¡Ah! -exclama el general Martínez, señalando a Jerez- ¡Pero tú, Máximo, fuiste el que me sonaste al oído la idea de reelegirme! Me dijiste: “Tu candidatura es esencialmente conciliadora. No debes convocar a elecciones porque no conviene alterar la paz …”.

Pasándose la mano sobre sus largos bigotes oigo al general José Santos Zelaya: -Siempre hay quien nos aconseje lo que queremos oír.

El general Martínez asiente. Con rostro arrepentido agrega: -Y fui a la reelección. Y gané.

—¿Y qué sucedió? —pregunta reflexivo el doctor Ayón—. Inmediatamente tu propio consejero se levantó en armas. La guerra de 1863. Jerez, apoyado por Honduras y El Salvador invade con dos mil hombres. Otra vez la sangre. Otra vez el pueblo al sacrificio. Primera reelección: primera revolución.

Oigo la voz del viejo don Pedro Joaquín Chamorro, quien, en el fondo se yergue y levantando el dedo alza su voz apasionada: —¡Fue una infracción flagrante cometida contra el código santo que los pueblos pusieron en nuestras manos!

—Era la primera oportunidad para educar a un pueblo en sus normas jurídicas —continúa el doctor Ayón—. Nos habíamos dado una ley, y en la primera ocasión en vez de cumplirla, la autoridad da el mal ejemplo violándola. En nuestra política la subversión siempre comienza arriba. Usted, general Martínez, es verdad que venció a Jerez pero no venció los odios que volvieron a encenderse para siempre. ¡Toda la dolorosa ganancia de la Guerra Nacional la echó a perder una sola reelección!

—¡Toda! —dijo secamente una voz. Miré hacia ella, arriba. Humilde en su altura solitaria vi a José Dolores Estrada.

Martínez asintió con su noble cabeza. Suya era una frase histórica: “Desde entonces tuve que gobernar manteniendo al país en campaña”.

—¡Después de una reelección solo se puede gobernar al país por las armas! —comentó, con frase cortante y experimentada el general Zelaya, mientras su mano volvía a alisar sus blancos bigotes prusianos.

Su caso —dijo el doctor Ayón— es la experiencia más aleccionadora…

—Mi caso -interrumpió Zelaya— es la triple experiencia de tres reelecciones. Una progresión geométrica de inconformidad abajo y de presión arriba. Yo traté de contrarrestar con un gobierno revolucionario, reformador y progresista esa reacción de inconformidad que produce siempre el continuismo. Quise que mi obra hiciera olvidar la ley, una ley a la que no le veía significación. Pero no se puede jugar a la democracia sin alternabilidad. Mis tres reelecciones provocaron otras tantas revoluciones. La represión a esas revoluciones (cárceles, fusilamientos, sangre) produjo nuevas subversiones: hasta que la violencia acumulada estalló. Una última revolución (¡porque siempre hay un último capítulo!) me echó del poder en 1909. Caí yo y con mi caída arrastré la caída de mi partido.

(Mientras Zelaya hablaba, su historia se proyectaba en veloces y vivos acontecimientos: Revolución de 96, Revolución de 97, Guerra con Costa Rica, Estallido del Cuartel, Fusilamiento de Castro Guandique, Revolución del Lago, Guerra con El Salvador, Guerra con Honduras, Revolución de la Costa… en un horizonte cárdeno ensombrecido por un girar lento y lúgubre de zopilotes sobre los campos de batalla)…

—El mal de nuestra América —dijo el historiador Jerónimo Pérez moviendo tristemente la cabeza— es la marrulla. Una palabra baja pero tremendamente válida en nuestra vida política. Nunca cumplimos con las reglas del juego que nosotros mismos nos impones.

—Pero, fíjese usted, don Jerónimo —dijo el doctor Ayón—, observe esta constante histórica en el revés de la trama: No hay gobernante reeleccionista que no imponga, inmediatamente que se reelige, el mismo artículo prohibitivo contra la reelección. ¿Por qué esa insistencia en zurcir lo que rompen? La Constituyente que lo eligió a usted, general Zelaya, fue la asamblea más revolucionaria y libre de nuestra historia. ¿Por qué no borró para siempre la vieja prohibición republicana? “Artículo 1o.: Elíjese presidente de la República al general J. S. Zelaya sin lugar a reelección”. ¿Por qué aparece esa frase? ¿No será el subconsciente de la historia que no cesa de encender su luz roja, gritando: ¡Peligro!? Hay leyes que son largas y costosas experiencias convertidas en normas. Violarlas no es saltar sobre una inofensiva palabra, sino trastornar todo un sistema y destruir todo un vasto tejido de relaciones humanas. ¿Qué opina usted, general Chamorro?

—Mi caso es una variante que agrega experiencia —dijo pausadamente Emiliano—. Para volver al poder yo usé otros medios (sonrió cazurramente y movió el dedo índice como disparando un arma invisible): El Lomazo.

—Pero cerró el cause legal.

—Sí. Después el presidente Solórzano, la ley designaba al vicepresidente Sacasa para sucederle. El Congreso me eligió a mí.

—Y su reelección provocó la revolución.

—Una sangrienta revolución —dijo, al fondo del grupo, una voz irónica y cortante. Volví los ojos y reconocí al general Moncada.

—La vuelta al poder de Emiliano —dijo Ayón— le costó el poder a su partido.

Emiliano solo entrecerró los ojos. Entonces el doctor Ayón se volvió hacia un personaje de la mesa que había estado en silencio escuchando el diálogo.

—¿Y usted, general?

El general Somoza García sonrió lentamente:

—Ya lo dijo recientemente en el mundo de los vivos mi distinguido ex ministro Sacasa Guerrero. A mí me costó la vida.

Todos callaron.

—Esta es, pues, la experiencia de nuestra historia —dije yo en voz alta tratando de llegar a una conclusión terrena.

—No toda —dijo una voz todavía juvenil (reconocí el rostro del tercer Somoza, aunque cabizbajo y melancólico)— Falta mi triste experiencia. Yo vi caer a mi padre por saltarse la gran prohibición de nuestra historia, pero de nada me sirvió esa experiencia. A pesar de todos los consejos quise reelegirme usando todo el poder que tenía en mi mano. Y no solo quería reelegirme yo sino que mi sucesor fuera mi hijo. El poder es una enfermedad. Por eso mi final no fue una excepción: produje muertes y rebeldías, produje una revolución y me echaron del poder. La reelección siempre ha producido la violencia y la violencia engendra violencia. Yo fui víctima de esa ley implacable.

La historia había hablado.

Se hizo un gran silencio. No se oía ni el vuelo de un ángel… Entonces desperté.

—¡Dios mío! —pensé— ¡Lástima que haya sido yo el que soñó este sueño y no el ministro de la Presidencia!

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