CIUDAD EL VATICANO/EFE y Francis García
América Latina fue el continente preferido de Juan Pablo II, que vio en él, donde viven la mitad de los casi 1,200 millones de católicos del mundo, el territorio de la esperanza, pero también donde la Iglesia se juega parte de su futuro.
Y es que como se subrayó durante la visita de Benedicto XVI a Aparecida (Brasil), para la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (CELAM), las sectas avanzan y hay una pérdida de la fe católica, en sociedades donde la brecha entre ricos y pobres se ensancha y no cesa la violencia y el narcotráfico.
Si hay una región en la que la palabra del papa tuvo fuerte eco, incluso en las instituciones, esa es Latinoamérica.
Su primer viaje, de los 104 que realizó por el mundo, fue a Santo Domingo y a México, con motivo de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.
La preferencia por este continente la demostró al visitar la práctica totalidad de los países americanos, que le acogieron de manera calurosa y masiva.
En algunos casos repitió, y a México viajó en cinco ocasiones, a Brasil en cuatro y a la República Dominicana y Guatemala en tres, y a Nicaragua en dos ocasiones, la primera el 4 de marzo de 1983 y luego el 7 de febrero de 1996.
EN NICARAGUA
En América Latina, Karol Wojtyla (su nombre de pila) siempre se sintió en su casa, lo que no impidió que en la Nicaragua sandinista de 1983 encontrara un país dividido y en guerra donde un grupo de sandinistas intentó boicotearle la misa que ofreció en la hoy desaparecida Plaza 19 de Julio, en esa ocasión. Durante la segunda visita en 1996, cuando ya Nicaragua vivía en democracia, en la misa en la Plaza de la Fe, el papa describió aquella experiencia como “la noche oscura”.
En su línea, directa, denunció que en ese continente joven, al que los españoles llevaron el Evangelio hace 500 años, había “estridentes contrastes” y que las clases más desfavorecidas pagaban esos “intolerables” costes sociales.
Reiteró el “amor preferencial” de la Iglesia por los pobres, denunció las injusticias sociales, tanto en los documentos que escribió como en los discursos dirigidos a los obispos latinoamericanos y mandatarios, y prestó atención a la cuestión indígena y al problema de la tierra.
Combatió la llamada “teología de la liberación” surgida en el continente. El Vaticano vio el peligro de que los intentos de los teólogos de profundizar en la liberación de los pobres se vieran inspirados por ideas marxistas.
El por entonces cardenal Joseph Ratzinger, actual papa y estrecho colaborador de Juan Pablo II durante 24 años, denunció en el año 1984 el peligro de “desviaciones doctrinales”.
UN LUCHADOR DE LA PAZ
En aras de la paz en el continente, Juan Pablo II no dudó en mediar en conflictos entre países limítrofes, como Chile y Argentina, que a punto estuvieron de ir a la guerra por unas tierras australes.
Su mediación cristalizó en el tratado de amistad y cooperación entre los dos países, un ejemplo de la influencia del pontificado en la vida latinoamericana.
Un tratado que, según dijo Benedicto XVI en 2009 durante la conmemoración en el Vaticano del 25 aniversario del mismo, “es un ejemplo de la voluntad de paz frente a la barbarie y la sinrazón de la violencia y la guerra como medio para resolver las diferencias”.
Sus llamamientos al diálogo y a la paz también contribuyeron a que no degeneraran en enfrentamientos contenciosos entre Ecuador y Perú.
Juan Pablo II no tuvo reparos en presentarse ante figuras tan dispares ideológicamente como los dictadores Fidel Castro de Cuba y Augusto Pinochet de Chile.
Pero para él lo importante era el pueblo y llevarle personalmente su cercanía y no dudó en denunciar los excesos de las dictaduras.
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