Las dos organizaciones gremiales de los empresarios independientes de Nicaragua, el Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep) y la Cámara Nicaragüense Americana de Comercio (Amcham), pidieron por separado a Daniel Ortega que no se siga utilizando la Plaza de las Victorias, como es llamada oficialmente, o Plaza del Fraude Electoral, como la denomina la oposición, para realizar concentraciones políticas de masas que perjudican el clima y las operaciones de negocios en ese dinámico sitio subcentral de Managua.
En particular, las asociaciones empresariales privadas pidieron que no se montara en ese lugar el estadio virtual para que las masas orteguistas vieran por televisión de pantalla gigante, el miércoles de esta semana, el juego de futbol entre los equipos españoles Barcelona y Real Madrid. Y solicitaron, además, que no se realizara allí la manifestación oficialista convocada para hoy con motivo del próximo primero de mayo, Día Internacional de los Trabajadores.
Pero Ortega no quiso atender la razonable petición de los empresarios independientes, de manera que el Gobierno montó en el mencionado sitio comercial el multitudinario show mediático del futbol español, y realizará hoy la manifestación oficialista del primero de mayo, a la que están obligados a concurrir miles de empleados públicos y escolares y asisten de manera voluntaria, los miembros del FSLN y los devotos paganos de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
Por las relaciones de amistad y colaboración que supuestamente hay entre el Gobierno y los empresarios privados independientes, en particular los del Cosep, lo lógico era que Ortega entendiera las razones y atendiera la petición empresarial de no seguir usando esa área comercial tan importante, para realizar grandes manifestaciones políticas. Además, en cualquier parte del mundo un gobernante responsable procura facilitar —y en todo caso no perjudicar— el clima de negocios privados, los cuales, entre más productivos sean más provecho le reportan al mismo Gobierno que se mantiene gracias a los impuestos pagados por el sector privado y las personas particulares en general.
Además, aunque Daniel Ortega diga que su gobierno es “socialista, cristiano y solidario”, en realidad se trata de un régimen de los capitalistas, de los nuevos ricos y empresarios de nuevo cuño que han amasado sus fortunas al amparo del poder público, no como resultado de la buena fortuna ni de su propio esfuerzo laboral y empresarial. Pero aun así, si Daniel Ortega lidera un gobierno de empresarios, independientemente de cómo han amasado sus capitales, tendría que comprender el daño que los molotes políticos causan a los negocios en lugares como los alrededores de Metrocentro y del hotel Hilton Princess.
Sin duda que Ortega lo comprende, pero quiere dañar al sector privado independiente, y si le fuera posible destruirlo a largo plazo. A Ortega, lo que realmente le interesa es proteger y fortalecer los negocios de su familia y de los nuevos empresarios que forman parte de su gobierno o medran a su alrededor, quienes no tienen que preocuparse por ser eficientes y competitivos, ni deben luchar día a día por obtener los ingresos indispensables para pagar costos de operación, sueldos y salarios, servicios externos, los impuestos que cobra el fisco voraz e implacable, y finalmente alcanzar una digna cuota de beneficios.
En realidad, aún en condiciones normales la existencia de la empresa privada independiente es muy difícil, pues tiene que hacer grandes esfuerzos por ser eficiente, competitiva y productiva. Los empresarios compiten duramente incluso para poder sobrevivir. Es por eso que en cualquier parte del mundo la expectativa de vida de una empresa independiente, pequeña, mediana o grande, es en promedio apenas de 12 años y medio, según un estudio hecho en 1996 por la investigadora económica Ellen de Rooij, para una prestigiosa institución holandesa llamada Grupo Straxis.
Por supuesto que las empresas más grandes viven o pueden vivir más tiempo, porque disponen de mayores recursos. Pero es muy distinto el caso de las empresas medianas y pequeñas, que por falta de capital suficiente tienen como promedio de vida el que anteriormente hemos mencionado. Y si a las dificultades ordinarias de la competencia empresarial se suman los obstáculos de toda clase, deliberados o no, que gobiernos como el de Daniel Ortega imponen a la empresa privada independiente, entonces las condiciones para su existencia se tornan mucho más difíciles y precarias.
Otra cosa es la situación de la empresa privada oficialista que se ha creado y medra a la sombra del Estado. Esta, que podemos llamar empresa privada orteguista, tiene asegurado el éxito porque cuenta con todo el respaldo de un gobierno cuyo titular de manera hipócrita se declara cristiano, socialista y solidario.
El autor es presidente de la Academia Nacional
de Ciencias Económicas de Venezuela.
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