Hace ya muchos años un circo visitó Nicaragua. El payaso de ese circo se llamaba Firuliche. Entre sus atractivos circenses tenía la habilidad de cantar parodias para criticar a la clase política. Una de esas parodias tenía un título, “Yo quiero ser presidente”, y entre risas y aplausos del público Firuliche se burlaba de esa afición enfermiza de los políticos nicaragüenses por querer ser presidente. Si Firuliche volviera del más allá, seguramente que su crítica política no sería en Nicaragua para la presidentitis, sino para ese apego demencial y ridículo por las curules y su parodia se llamaría “Yo quiero ser diputado”.
El nuevo fenómeno de la decadencia política de Nicaragua está modelado en el delirio por capturar una curul, no importa la forma de obtenerla. Y es fácil, solo hace falta que algún cabecilla de partido le otorgue el favor, lo demás lo hará el Consejo Supremo Electoral.
El mayor atractivo de un sillón en la Asamblea Nacional radica en la copiosa remuneración que allí se percibe: 4,000 dólares de sueldo (88,000 mil córdobas), 20,500 córdobas por pertenecer a una bancada, 440,000 córdobas como fondo social para becas (extraña tarea para un diputado). En total, fuera de otras granjerías que no se conocen, cada diputado recibe en un año 1,742,000 córdobas. A esto hay que agregarle un seguro de vida en dólares y 2,400 galones de gasolina. Y en cuanto al trabajo que hacen, no es para que alguno de ellos se extenúe.
Con tantos estímulos, ¿cómo no habría una diputación de inducir a la glotonería? No es sorpresa que se haya desatado una alegre y atolondrada rebatiña por obtener una curul. Organizaciones variopintas, partidos minúsculos estacionales, gremios atomizados, agrupaciones de raros plumajes ofrecen sus votos a cambio de diputaciones. Todo se ha convertido en un mercado persa, en una subasta para cambiar votos por diputaciones. Y no es para menos: en el mercado político ser diputado es el mejor negocio que existe. No hay ningún negocio lícito que produzca tanto dinero sin arriesgar un peso. Los diputados actuales quieren —con mínima excepción— reelegirse y negocian sus puestos con los dueños de los partidos, facultados por la corrupción para nombrar “de dedo” a los curuleros.
El país vive el peor momento de su historia. El pacto Alemán-Ortega ha aniquilado hasta las apariencias. El descaro, el servilismo, la desvergüenza, el robo de los bienes públicos, la estafa a la buena voluntad, o mejor dicho, a la indefensión en que la población se encuentra frente a los abusos del poder, han germinado en un ambiente anárquico e incontrolable. Todo funciona al margen de la Constitución y las leyes. Inútil resulta recurrir a la ley en busca de orden y justicia.
Es el gran reto que tiene la sociedad nicaragüense organizada por los que no aprueban esta trapacería de iniquidades contra la gente honrada, contra la gente que trabaja de sol a sol y bajo la lluvia para sobrevivir mientras espera con desesperación un cambio emancipador.
El orden, la paz, la seguridad ciudadana, el progreso, la justicia, el imperio de la ley solo pueden rescatarse en Nicaragua con una Asamblea Nacional escogida por primera vez por el voto popular. Hay que reducir el número de diputados y los gastos dispendiosos del Poder Legislativo, hay que elegir a los representantes populares en cada uno de los departamentos, de manera similar a la elección de los alcaldes en cada uno de los municipios del país.
¿Quién puede hacer el cambio? La sociedad movilizada como un todo y unida en un programa a la medida de las necesidades nacionales y aplicado con honestidad. Ya hay en el país por quién votar, el pueblo los ha escogido y los apoya en la lucha por salvar a Nicaragua del caos y la anarquía.
El autor es periodista
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