La mayoría de los nicaragüenses quieren a sus madres pero no a las madres de sus hijos. Esta es una de las contradicciones más desconcertantes de nuestra sociología. El hombre típico de nuestro país honra a su madre en todas las estaciones de su vida. En su día la felicita, abraza y regala. En su muerte la llora a fondo y le hace canciones y poemas. Una de ellas, popular a mediados del siglo pasado y entonada con deje campesino, decía en una de sus estrofas: “Yo solo quiero a mi madre querida, y a Dios le pido le da larga vida”. El problema es ese “solo”. Ese mismo hombre, a quien se le humedecen los ojos al pensar en la viejita que le sirvió de puerto y apoyo, suele ser brutalmente indiferente con la mujer o las mujeres que él ha convertido en madres y a las que abandona con harta frecuencia. Ellas no alcanzan en su canción y duran poco en su corazón errante. Con la madre de sus hijos no hay muchas consideraciones. Ellos bien podrían decirle: “papa, vos querés mucho a tu mamá pero nada a la mía”.
Nuestras estadísticas son malas pero las fragmentarias que existen indican, sin ninguna ambigüedad, que la mayoría —se habla de un setenta a ochenta por ciento— de las madres nicaragüenses, han sido abandonadas en algún momento de sus vidas por el padre de sus hijos, o de algunos de sus hijos.
Nuestras familias, como anotara la pluma penetrante de Pablo Antonio Cuadra (PAC) están desequilibradas. En lugar de descansar en la dualidad natural Padre-Madre, en la cual ambos comparten las cargas y se complementan, lo hacen “…sobre su componente más débil: la mujer, que como esposa es solamente una provisional compañera desesperadamente agarrada al corazón inseguro del hombre; y como madre una heroica víctima que soporta todo el peso de la prole de diversos padres, en la más solitaria y desvalida dispersión del sentido matrimonial”.
Víctima de este desequilibrio son también los hijos. Abandono es sinónimo de pobreza y otras patologías. Cuando los padres se van suelen hacerlo con todo e ingresos. La madre tiene que salir a buscar el sustento y las hijas mayores quedan forzadas a cuidar el hogar, abandonando escuela y otras oportunidades. Los varones crecen sin un referente o modelo varonil y sin experimentar la estabilidad emocional que proporciona un contexto estable o unos vínculos permanentes. El mal ejemplo es escuela: los hijos de hogares rotos tienden a reproducir las mismas conductas que los hicieron sufrir. La resultante es un círculo vicioso, trágico para la juventud. Investigaciones de otros países revelan que los hijos de hogares sin padre tienen el doble de probabilidades de desertar de la escuela y el triple de padecer trastornos emocionales, o convertirse en delincuentes.
Nuestro déficit nacional más serio es el déficit de buenos padres. No es casualidad que en el Día de la Madre abunden los poemas y en el del padre brillen por su ausencia. Luchar por superar este problema debe colocarse en el más alto rango de prioridades. Decía al respecto PAC que “en toda Hispanoamérica la lucha más honda e ignorada, la más angustiosa y vital, es la lucha por estabilizar la vida familiar”.
Esta bien honrar a la madre. Pero la forma más efectiva de hacerlo es buscando como protegerla del abandono paterno y dotarla de un entorno familiar estable. Esto implica un esfuerzo por cambiar la cultura. Escuelas, iglesia y medios, deberían enfatizar la importancia del compromiso matrimonial y la responsabilidad conyugal. También implica un esfuerzo por cambiar el marco jurídico. Las leyes y las medidas tributarias deberían orientarse a fortalecer, en lugar de debilitar, la unión familiar.
Con frecuencia nos quejamos de nuestras calamidades políticas y falta de patriotismo. Pero quizás ignoramos que patria viene de padre, y que si en la minisociedad, constituida por padres, madres e hijos, no existe el compromiso y la fidelidad, dificilmente habrán estas virtudes en la macrosociedad de la nación. ¿Podrán amar y ser fieles a su patria grande, quienes no lo han sido con los seres de su propia carne?
El autor es sociólogo, fue ministro de Educación en el período 1990-1998.
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