En este día en que en Nicaragua celebramos el Día de la Madre, quisiera dedicar estas líneas a una persona muy especial, que con su humildad, su sencillez, agudo sentido común, su amor a la patria y su amor al prójimo predicó con su ejemplo desde la más alta magistratura de la nación, y enfrentó con éxito un reto que jamás imaginó que iba a tener en su vida.
Mi madre es una persona que sufrió mucho en sus mejores años, porque mi padre en su lucha inclaudicable contra la dictadura somocista, siempre estuvo con su vida en el filo de la navaja. Fue encarcelado y torturado en muchas ocasiones, estuvo confinado en San Carlos, de donde logró escapar con mi madre hacia Costa Rica por el río San Juan y su afluente el Medio Queso.
Un 10 de enero de 1978 mi padre murió vilmente asesinado, a como premonitoriamente se lo advertía a mi mamá, para que estuviera preparada para un desenlace trágico, así como también le advirtió, que una vez que él no estuviera a su lado, le iba a tocar una gran responsabilidad.
En los ochenta mi madre se encontró viuda, en la oposición y con una familia dividida porque dos de sus hijos optaron por apoyar la revolución y los otros dos optamos por oponernos a lo que consideramos que eran las desviaciones de un proceso revolucionario traicionado. Eso nos enfrentó a como miles de familias en todo el país que se dividieron entre dos bandos que eventualmente se armaron.
Y aunque ella claramente tenía sus principios y ejerció su derecho a la crítica hasta llegar a militar en la oposición cívica, en la familia siempre trató de guardar el equilibrio y en la medida de lo posible buscaba la unidad de la familia.
Los años noventa iniciaron con un proceso electoral y contra los pronósticos de diversas firmas encuestadoras, mi madre logró un triunfo arrollador aquel histórico 25 de febrero. En el 92, mi madre estableció la costumbre familiar, que hemos observado desde hace casi 20 años, de reunirse con sus hijos y nietos, a cenar todos los domingos en su casa de Las Palmas.
Mi madre se enfrentó con el reto de reconciliar a la familia nicaragüense, convenció a la Contra, que con la llegada de su gobierno electo democráticamente había llegado la hora de desarmarse y también redujo considerablemente el ejército, que gradualmente se fue transformando en un ejército profesional y apartidario.
Quienes la conocieron de cerca en el poder, fueron testigos que detestaba las ostentaciones y el derroche, manejaba su carro y respetaba los semáforos, y le ordenaba a los escoltas que no le pusieran “las pitoretas” y que no sacaran los guantes rojos apartando a los otros conductores, jamás hubiera permitido que se bloqueara una calle en su nombre.
Como madre, ella irradió ese amor hacia toda Nicaragua en tiempos de odio y nos enseñó que se puede sufrir mucho sin llegar a odiar ni ofender a nadie. Ella perdonó y predicó con su ejemplo logrando la paz y reconciliación de la familia nicaragüense. El más grande monumento de su gobierno es precisamente el Parque a la Paz, donde enterró, quemó y luego roció con concreto miles de armas de desmovilizados “para que no volvieran a teñir con sangre de hermanos nuestro glorioso pendón bicolor”.
Sin ser letrada, logró resolver los grandes problemas de la nación, con el sentido común, el don de gentes, siendo genuina y sincera. Así logró la condonación de la mayor parte de la deuda externa “echándose en la bolsa”, como dicen popularmente, a los presidentes de ese entonces: Boris Yeltsin, George Bush, Francois Miterrand y el Rey Juan Carlos de España, entre otros.
Demostró que se puede llegar al poder, sin abusar ni aferrarse a él. A inicios del 2001, cuando soplaban los aires electorales y mi madre figuraba en primer lugar en todas las encuestas, personas de gran influencia le proponían que se volviera a lanzar en noviembre, porque ya no tendría ningún impedimento constitucional, ya que habría transcurrido un período presidencial desde que ejerció el cargo.
Una día, preocupado, le hice la pregunta en la puerta de su casa. Con su sencillez y sentido común de siempre, que ella llama “olfato”, me dijo que le habían llegado a endulzar el oído, pero que no me preocupara, porque ella ya había cumplido y que jamás se le ocurriría volverse a lanzar, que “había que dejar que otros tomaran las riendas del país”.
Mi madre no solo a sus hijos y nietos nos ha dejado un legado que debemos estar agradecidos y emular, sino a todos los hijos de la patria, por eso concluyo con sus propias palabras, escritas con su puño y letra en la dedicatoria del libro Sueños del corazón : “A todos mis hijos y nietos, para que mis sueños sigan siendo siempre realidades”.
El autor es diputado.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A