Una cédula por favor

Cosas raras pasan en el Consejo Supremo Electoral (CSE) de Metrocentro. De entrada la primera cosa extraña es que es una institución militarizada. Vallas de tubos, policías por doquier, un puente peatonal sellado y custodiado, jóvenes acampando, ambiente de total desconfianza y gente que llega para hacer consultas o a buscar su cédulas tostándose al sol, sin poder entrar al edificio. De hecho la cédula es el servicio más buscado y basta estar ahí un par de minutos para darse cuenta que hay dos formas para gestionarla: la forma “fácil” y la forma “difícil”.

DOMINGO/ LA PRENSA/ MANUEL ESQUIVEL  

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Cosas raras pasan en el Consejo Supremo Electoral (CSE) de Metrocentro. De entrada la primera cosa extraña es que es una institución militarizada. Vallas de tubos, policías por doquier, un puente peatonal sellado y custodiado, jóvenes acampando, ambiente de total desconfianza y gente que llega para hacer consultas o a buscar su cédulas tostándose al sol, sin poder entrar al edificio. De hecho la cédula es el servicio más buscado y basta estar ahí un par de minutos para darse cuenta que hay dos formas para gestionarla: la forma “fácil” y la forma “difícil”.

Juan es uno de los guardas de seguridad del Consejo Supremo Electoral (CSE) de Metrocentro. Es moreno, cara barrosa, diría yo. Se mira buena gente, pero cuando llego a la entrada del CSE y le comienzo a hacer varias preguntas, cambia el semblante y se molesta con mi interrogatorio.

“¿Qué es lo que querés? ¿Qué trámite venís a hacer?”, me preguntó, y solo alcancé a decirle que andaba observando el lugar y que me parecía incómodo que estuvieran atendiendo a la gente en la calle, bajo el sol. “Pero si estamos atendiendo bien a la gente”, me replica. “¿Bajo el sol?”, le pregunto yo… y ya no quiso seguir hablando conmigo.

Camino hacia la parte oeste del edificio, como si voy hacia Metrocentro, y veo unas champas desgastadas por el sol y la lluvia, donde están los jóvenes acampando. Decido hablar con uno de ellos. Me dice que se llama Alfredo Molina y que tiene 23 años, que es universitario y que está en ese lugar para “propiciar la paz entre la juventud”.

En eso estaba cuando se me acerca un policía. Veo que el número de su placa es 3086. “¿Qué quiere?”, me dice. Entonces me di cuenta que había despertado la alarma en el sistema de seguridad del Consejo Supremo Electoral. Volví la mirada hacia donde estaba Juan y vi que había tres guardas de seguridad y otros policías observando mis movimientos.

Solo estoy conversando con el joven, le dije al 3086. Alfredo Molina me apoyó. “Estamos conversando”, le dice el joven al policía. “Es que está haciendo muchas preguntas”, argumenta el oficial.

“Lo que yo quiero saber es por qué están atendiendo a la gente detrás de estos tubos”, le pregunto. “Son órdenes de la primera comisionada (Aminta Granera) de que resguardemos el edificio. Estos muchachos están aquí haciendo un plantón y no les podemos negar ese derecho”, afirma el 3086, quien se queda en el lugar unos segundos y después se retira.

Molina me explicó que unos jóvenes de Rejudin han estado llegando al CSE con un lenguaje violento y por eso un grupo de jóvenes sin bandera política está en ese lugar, inclusive durmiendo por las noches para evitar que entre jóvenes (oficialistas y opositores) ocurran agresiones.

“No somos sandinistas”, reitera Molina. Pero en ese momento se acerca otro joven, como de unos 18 años. “¿Vos sos de la Juventud Sandinista?”, le preguntó. “Sí”, dice el muchacho. “Lo que pasa es que aquí algunos tienen partido, pero nosotros les decimos que en este plantón no respondemos a ningún partido político, sino solo a Nicaragua”, explica Molina.

Mientras converso con los jóvenes veo que en el otro extremo del edificio se aparca un bus, del cual se bajan unas 50 personas y comienzan a hacer fila en la entrada donde está Juan. Dejo de conversar con Molina y el otro joven y me regreso donde Juan.

Hay un hombre de entre las 50 personas que se acerca a Juan con una lista. Comienza a dictar nombres y los de la fila comienzan a entrar al CSE.

Yo solo me pregunto qué estará pasando y en eso se me acerca de nuevo el 3086, y me explica la manera “fácil” para conseguir cédula. “Si vos querés tu cédula nueva tenés que organizarte en tu barrio, como ellos” (señalando a los de la fila). Una mujer en la fila me dice que son de Tipitapa y que andan retirando su cédula nueva. El 3086 me comienza a decir que en los barrios hay que abocarse con los CPC para que después a uno le puedan dar la cédula nueva en el CSE sin costo alguno. “Está buena la idea, voy a buscar a esa gente en mi barrio”, le digo.

La manera “difícil” es que usted llegue como ciudadano común y corriente: aunque lleve todo en orden le darán largas el asunto, le cobrarán por el trámite y lo más probable es que vea pasar las próximas elecciones desde su casa, sin poder votar.

El oficial 3086 ha empezado a tenerme confianza y me explica a su manera la permanente presencia policial: “Es que hemos tenido información que han querido venir a dañar el edificio del CSE”.

Ya no aguanto el sol y decido retirarme. Ha pasado más de una hora desde que llegué al CSE, de donde me voy con la sensación de haber estado en una zona militarizada. Pude sentir la tensión. “Dale pues Juan, ahí nos vemos”. Juan me queda viendo como preguntándose: “¿Y este, cómo supo que me llamo Juan?”

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