Narcotraficantes colombianos se vuelcan al mercado interno

El Gordo acaba de ser detenido. Tiene 17 años y ya es sicario. Unos veinte policías lo llevan escoltado por las calles de Cali, sospechoso de participar en el tráfico de bazuco, actividad que pasa por uno de sus mejores momentos en Colombia.

CALI/AFP

El Gordo acaba de ser detenido. Tiene 17 años y ya es sicario. Unos veinte policías lo llevan escoltado por las calles de Cali, sospechoso de participar en el tráfico de bazuco, actividad que pasa por uno de sus mejores momentos en Colombia.

Más potente y tóxico que la cocaína, con cuyos desechos se elabora, el bazuco ha generado una renovada criminalidad urbana que las autoridades catalogan como uno de sus principales problemas.

Ante la competencia de los carteles mexicanos que ahora dominan el tráfico de cocaína en Estados Unidos y perseguidos por la agencia norteamericana antidrogas (DEA), los narcotraficantes colombianos han comenzado a promover el bazuco en el mercado interno para compensar la disminución de sus ingresos.

«Es muy tóxica», explica el agente policial Héctor Javier Ortiz al mostrar una pequeña cantidad de esa droga incautada en una casa del barrio Siloe, poco antes de la detención del Gordo.

Según el general Miguel Ángel Bojaca, jefe de la policía de Cali (500 km al suroeste de Bogotá), los narcotraficantes entendieron que «vender la droga fuera no es tan rentable y han tomado los mercados internos en las ciudades, donde distribuyen en pequeña escala».

Se trata de un «microtráfico» que dirigen bandas criminales integradas en parte por ex paramilitares de extrema derecha.

Así, Colombia sumó a su condición de país productor de drogas la de consumidor. Según datos de la Dirección Nacional de Estupefacientes, 13,2% de los jóvenes de entre 18 y 24 años había probado drogas en 2008, frente a 4,6% en 1996.

«El bazuco genera un cambio de comportamiento en los consumidores. La salud se deteriora y ante la escasez de dinero incursionan en toda clase de delitos como el atraco a mano armada, el hurto de vehículos y a las residencias», afirma el agente Ortiz.

«Al mismo tiempo se genera otra violencia con la disputa de los mercados entre los expendedores y distribuidores. El narcotráfico es el combustible de toda la violencia», señala.

Una dosis de bazuco se vende en Colombia por 500 pesos (unos 30 centavos de dólar). Según la policía, una red de distribución en la que pueden trabajar entre 15 y 20 personas reporta unos 250.000 dólares mensuales.

Esos ingresos provocan una gran atracción en un país en el cual el índice de pobreza se eleva a 46%, y las bandas como la del Gordo libran una guerra a muerte en busca del control del microtráfico.

En 2010 se registraron 1.813 homicidios en Cali, lo que equivale a una tasa de 80 muertes por cada 100.000 habitantes, de las cuales al menos 30% estarían ligadas al tráfico de drogas.

El Gordo, a quien la policía incautó un revólver Smith & Wesson 38mm, es acusado de tres homicidios. También se sospecha que participó en el asesinato de un policía hace apenas dos meses.

Según los expertos y la policía, la raíz de esta violencia se encuentra, paradójicamente, en los buenos resultados del Plan Colombia lanzado a fines de 1999 con el apoyo de Estados Unidos, que hasta ahora ha destinado más de 6.000 millones de dólares a la lucha antidrogas en este país.

El objetivo de ese plan es reducir en 50% la producción de drogas en Colombia.

Y once años más tarde las cifras se muestran positivas, con una producción de cocaína de 350 toneladas en 2010, frente a más de 900 toneladas hace diez años. Además, cientos de narcotraficantes han sido extraditados a Estados Unidos.

Pero para los jóvenes colombianos implicados en el tráfico y consumo de drogas el resultado es fatal: su esperanza de vida en los barrios pobres no supera los 30 años de edad.

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