Un discurso vacuo y fantasioso

Habitualmente los gobernantes utilizan las grandes celebraciones nacionales para estimular el espíritu patriótico de los conciudadanos, el cual es necesario para fortalecer el sentimiento nacional de unidad. En esas oportunidades el jefe de Estado procura apartar toda contaminación partidarista, para no empañar la transparencia de su discurso.

Habitualmente los gobernantes utilizan las grandes celebraciones nacionales para estimular el espíritu patriótico de los conciudadanos, el cual es necesario para fortalecer el sentimiento nacional de unidad. En esas oportunidades el jefe de Estado procura apartar toda contaminación partidarista, para no empañar la transparencia de su discurso.

Pero en su presentación del martes 19 de julio, en la plaza, el presidente Daniel Ortega en vez de calarse la toga de estadista se colocó la camiseta del militante partidario. Con ello demostró que la conmemoración de la Revolución sandinista es una celebración partidista, no nacional y puso en evidencia la confusión Estado-Partido propia de todo gobierno autocrático.

Visto en perspectiva, el espectáculo circense del 19 de julio fue como la celebración de un cumpleaños familiar, donde la pareja Ortega Murillo era la agasajada. Hubo mucha jactancia del poder y los invitados de honor eran impulsados a declamar alabanzas aprendidas de antemano, en un ritual obligado para agradecer por haber sido tomados en cuenta, con breves discursos sin contenido. Fue sin duda un show de mal gusto y humillante para los participantes, así como una ridícula demostración del culto a la personalidad, al estilo de Kim Il Sung.

Por supuesto que Ortega no mencionó que el objetivo de derrocar a la dinastía somocista era sustituirla con un régimen de libertades públicas, no regresar al caudillismo cimarrón tan común en la historia de Nicaragua. Lo que sucedió con la llegada al poder del FSLN fue un fraude, un engaño, al convertir en una nueva dictadura el compromiso firmado de impulsar un proyecto democrático. Por eso fue que algunos miembros de la primera Junta de Gobierno renunciaron apenas a los nueve meses de instalada. Fue una discrepancia de fondo, una protesta por haber sido usados como mampara para ocultar las verdaderas intenciones totalitarias. Incluso fueron perjuros los comandantes, al incumplir el compromiso de respetar la vida de los militares rendidos, contraído ante Ismael Reyes, presidente de la Cruz Roja Nicaragüense. Al contrario, en juicios sumarios los guardias que se rindieron fueron enjuiciados y condenados por tribunales de excepción.

Es bueno recordarle a Ortega que su llegada al poder se produjo por una gran traición, pues en San José de Costa Rica la Junta de Gobierno prometía un régimen democrático de vida, pero el FSLN tras bambalinas utilizaba a personas idóneas para que vendieran una imagen que tranquilizara a los desconfiados. Apenas a seis meses de gobierno, la dirección nacional de los comandantes modificó sustancialmente el Consejo de Estado para asegurarse una mayoría que legalizara sus planes marxistoides totalitarios, desdeñando que el triunfo de la revolución fue por el levantamiento popular, sin el cual no hubieran logrado la victoria y tomado el poder.

Por otro lado, el despliegue de poder económico demostrado la tarde de este 19 de julio demostró o confirmó que el costo de la concentración fue financiado por las sumas cuantiosas que suministra Chávez a Ortega y de las cuales no rinde cuenta, ya que no las incluye en el Presupuesto Nacional. En cierta forma es una especie de lavado de dólares. Pero el gran ausente del circo fue Hugo Chávez, a quien Ortega prácticamente le dedicó la función.

En resumen, el acto orteguista del 19 de julio no tuvo un contenido ni mensaje ideológico. Sin embargo, hubo un asunto significativo, al hablar de la demanda a Estados Unidos de una indemnización por el fallo de la Corte de La Haya sobre las operaciones estadounidenses en la guerra de Nicaragua de la década ochenta, para esgrimirla como instrumento de agitación y por eso habló de convocar a un referendo. Algo que merece un comentario aparte.

De todas maneras, cabe señalar la cautela de Ortega al no mencionar esta vez al imperialismo, seguramente porque no está seguro de qué pasará con Chávez y pudiera quedarse solo. Además, al informar Estados Unidos por boca de su Embajador saliente que no está interesado en inmiscuirse en asuntos políticos internos de Nicaragua, Ortega quedó sin motivo para agitar la bandera antiestadounidense que había estado esgrimiendo.