La última vez que María durmió tranquila fue hace 15 días. Pero dormir es lo que menos quiere, sino que le den de alta al hijo que tiene internado en el Hospital Infantil Manuel de Jesús Rivera, La Mascota.
Como muchas madres, llegó al hospital “sofocada porque su cumiche de 13 años se estaba poniendo amarillo”.
No tenía idea de lo que le estaba pasando, pero estaba segura que era grave porque hasta se retorcía del dolor.
Dos semanas después de haber llegado al hospital sigue esperando que los médicos le digan que su hijo está bien. Pero mientras eso sucede, duerme en la banca que está entre la sala de emergencia y la capilla.
Para protegerse del viento, la lluvia y de las miradas curiosas, utiliza un enorme plástico negro, que lo coloca como si fuese una casa de campaña.
Por su edad y la zona donde vive, fuera de Managua, debería estar albergada en el centro que tiene el hospital, pero no lo está primero porque no se lo han propuesto y segundo porque está muy largo de la sala de emergencia, por lo que teme que si su hijo necesitara su ayuda, difícilmente podría enterarse.
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De modo que permanece en el mismo lugar, observando y contando los heridos que llegan.
Mientras que otros lo hacen viendo a las personas que salen decepcionadas del hospital.
La idea de esta gente, que son alrededor de unas 21 personas, es matar el tiempo y esperar a que llegue la tarde para comer lo que tienen, que puede ser un quesillo con gaseosa, un par de tortillas con cuajaditas o una tajada con queso.
NO NOS FALTÓ NADA
Cerca del área de admisión, la historia es distinta. Ahí se encuentran, por decirlo así, los más favorecidos, los que están en el albergue.
Una de ellas es Judith García, quien ayer esperaba que su esposo llegara a traerla a Tipitapa.
Con su hijo de apenas 20 días que nació justo cuando se enfermó de rubéola, dice que de no haber permanecido en el albergue, no sabría que hubiera sido de la salud de su niño.
“Me mandaron al albergue y me dieron de todo. Me daban comida, frescos y los medicamentos a mi hijo no le faltaron. No me puedo quejar, me trataron bien”, indicó García.
Consultado sobre por qué algunas personas duermen en las bancas, el director de ese hospital, Gerardo Mejía, dijo que se debía a que éstos habían rechazaban las propuestas que en su momento le hicieron.
Según Mejía, estas personas andan acompañadas por varios familiares, de modo que cuando le hacen la propuesta, prefieren rechazarla porque solo uno de ellos puede permanecer en el albergue.
“No lo podemos obligar a que se metan en el albergue. La gente se acomoda y nosotros procuramos, con labores de convencimiento, que entren pero no lo hacen. Nosotros tenemos capacidad para 50 personas en el albergue general y 40 en el de los niños con cáncer”, expresó Mejía.
NOS CUIDAMOS UNOS A OTROS
Al otro lado de la ciudad, en el Hospital Antonio Lenín Fonseca, también hay gente que llega a cuidar pacientes.
Carmen (nombre ficticio), es una mujer que hace más de dos años sintió un mareo y se desmayó. Se enteró que tenía “problemas con el azúcar” y que debía internarse y compartir la habitación con 17 mujeres más.
“Nos ponemos de acuerdo para lavar la ropa y bañarnos. También lo hacemos para cuidar el lugar. Hay vigilantes pero tenemos que hacerlo”, indicó la señora, quien habita en la zona norte del país.
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