La conversión es cambio de mentalidad: pensar diferente de como pensábamos antes —de negativo a positivo—y por tanto cambio de conducta cuando ésta no está acorde a la voluntad de Dios. Confundimos la conversión con la oración y la religiosidad, que es frecuentar la iglesia o asistir a procesiones o cultos evangélicos; creemos con esto que ya estamos convertidos, pero quizá nuestro comportamiento no es nada cristiano. Esta religiosidad es buena, pero debería ser la consecuencia de nuestra auténtica conversión.
Muchos católicos dejan su Iglesia por otra, creyéndose convertidos, pero la conversión no es cambiar de religión, sino de corazón. Algunos piensan que consiste en no fumar ni beber, olvidándose de los verdaderos Mandamientos. Supe de un hombre que se hizo, según él “cristiano”, haciéndola también a su hija de 15 años; un día esta niña se pintó las uñas de sus manos y su padre le propinó tal paliza —según la amiga que contó— como Cristo crucificado. Como vemos, este individuo necesita un cambio de mentalidad, pues consideró pecado pintarse las uñas y no vio como un crimen flagelar a su niña. ¿Amará a Dios y a su hija?
Me contaron de otro “evangélico” que prestaba dinero a un interés elevado; al reclamarle un amigo como podía actuar así, andando en las cosas del Señor, contestó “Religión es una cosa, negocio es otra”. ¿Será que éste también ama a su prójimo?
Tenemos a otros “convertidos” de cualquier credo, que nunca dejarán a su amante, pese al dolor de sus esposas e hijos. Padres de familia “convertidos” seguirán ignorando al hijo que pide hablar con ellos, con el pretexto de estar ocupadísimos; muchos continuarán prefiriendo a un hijo sin atender al otro; tampoco evitarán arrojar cáscaras de frutas al suelo sin importarles la caída y quizá la muerte de alguien. Nuestra conversión tiene que ser global, sin escatimar detalles, pues va más allá de la simple corrección de pecados y defectos. La conversión ocurre cuando en un momento dado —propiciado por el mismo Dios— despertamos la consciencia, volviéndonos instantáneamente con toda sinceridad al Señor; nos enamoramos de Él y estamos dispuestos a ajustar nuestra vida a sus deseos. La conversión es “sentar cabeza” cambiando el corazón y haciendo del Señor el centro de nuestra existencia, hacia quien desde ahora se dirigirán todos nuestros pensamientos, actitudes, anhelos y esperanzas. Es un seguimiento a Jesús por el amor, es un dejarse cautivar por Él, por su voluntad, es un contentamiento del alma y un deleite del corazón al servirle, es remontarse hasta Dios para orar, pero descendiendo al prójimo para ayudarle.
A todos nos urge la conversión, lo único que nos salvará, pues si no nos convertimos, no solo estamos alejados de Dios, sino que perjudicamos a los demás; por ejemplo, el hombre que llega ebrio a su hogar, lastima a su familia; el ladrón ocasiona tremendo daño a su víctima, arrebatándole a veces el único sustento de los suyos; el abogado incumplido que hace trampas en sus diligencias; el médico que por desidia retrasa la sanación a un paciente o le causa la muerte; el político que solo piensa en enriquecerse; el arquitecto o ingeniero que compra materiales inservibles para construir las viviendas a su cargo y aprovecharse económicamente, bajo el riesgo de un aplastamiento de gente en un terremoto; el esposo que no lleva el sustento a su hogar por malgastarlo con amigotes, sin importarle si los suyos sobreviven.
Úrgenos por tanto la conversión, pues así como en el Cielo —dijo Jesús— habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, así también en la tierra al convertirnos, pues los primeros en regocijarse serán —por ejemplo— la esposa e hijos del que por fin dejó a la amante; las víctimas del ladrón que no robará más; la familia del borracho que ya no beberá ni les propinará más golpes; asimismo, se alegrarán los pobres cuando soliciten un préstamo al usurero que ya no cobrará elevados intereses y el político, médico, abogado, o cualquier profesional proporcionarán felicidad cuando ejerzan honestamente su trabajo.
No actuemos como antes, volquémonos primordial y absolutamente hacia Dios por el sendero del bien, abarcando toda nuestra vida, abramos los ojos para ver las necesidades ajenas y actuemos en consecuencia.
Y cuando tengamos una auténtica conversión ya nada nos será indiferente, porque las labores de nuestro diario vivir, las impregnaremos del mismo Dios; veremos que ninguna de estas acciones —aún las más triviales— carecerán de importancia, porque irán dirigidas a Él, al que ha robado nuestro corazón.
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