Las vivencias de un fotógrafo

Era Uriel Molina, quien en aquel momento ni se imaginaba que el resto de su vida estaría unido a la fotografía. Poco después consiguió trabajo en el mismo estudio que lo mandaba a vender las fotos en el aeropuerto, el Estudio Carranza.

Foto de LA PRENSA/ Bismarck Picado

 

Acaba de ocurrir el terremoto que en diciembre de 1972 destruyó a la ciudad de Managua y en el aeropuerto internacional un jovencito de 15 años de edad vendía al precio de un dólar fotografías de las nefastas consecuencias del sismo.

Era Uriel Molina, quien en aquel momento ni se imaginaba que el resto de su vida estaría unido a la fotografía. Poco después consiguió trabajo en el mismo estudio que lo mandaba a vender las fotos en el aeropuerto, el Estudio Carranza.

Empezó como todos, como ayudante de laboratorio. “Comencé haciendo fotografía con cámaras de placa, de aquellas que se pone Cantinflas, con un trapo negro”, recuerda Molina.

También recuerda el Photoshop de esa época. “Esas cámaras (las del trapo oscuro) te daban una imagen con una facilidad para retocarlas. Vos mirabas a la gente que tenía arrugas, un defecto en la cara y lo retocabas con un lápiz. Ese era el photoshop del momento, te dejaban con cara de virgencita”, recuerda.

Su primera foto la tomó como dice el Chavo del Ocho, “sin querer queriendo”. Llegó a dejarle la cámara de fotografía a su jefe, quien iba a tomar fotos en un día de los muertos de 1974, cuando militares le llevaban flores a Anastasio Somoza García. Pero no halló a su jefe y los militares le preguntaron si él iba a tomar las fotos. Volvió a ver a todos lados y no tuvo más remedio que decir que sí. Para su suerte, las fotos quedaron nítidas.

Como fotógrafo del Estudio Carranza le tocaba tomar fotos en el búnker de Somoza, un lugar del cual debido a su corta edad casi nada le llamaba la atención, más que la gente que llegaba a ese lugar, políticos, militares, diplomáticos.

Recuerda a Victorino Lara, el dueño de los únicos buses que entraban al Open 3, hoy Ciudad Sandino. “Él amenazaba a la gente que se metía en sus rutas, con armas. Se le miraba la cara dura”, señala Molina.

De Somoza Debayle recuerda que era cortés y sabía tratar a los civiles. Pero en más de una ocasión vio cómo hizo llorar a muchos militares.

EL INICIO DE LA GUERRA

lo agarra a Molina trabajando en el noticiero televisivo Teleprensa, del periodista Nicolás López Maltez, quien era muy allegado al somocismo y también tenía un fotoestudio, Galería del Arte.

“En aquel entonces no había corresponsales de guerra y nosotros tomamos las primeras fotos de la guerra”, relata Molina, quien lamenta que cuando triunfaron los sandinistas, la gente se tomó las oficinas de López Maltez y destruyó todo el material fotográfico y de vídeo.

La primera escena cruel de la guerra, Molina la vio en Estelí, en 1978, cuando los sandinistas se habían tomado la ciudad y los guardias intentaban recuperar su cuartel.

“El ejército (GN) nos dio ride por avioneta, y lo primero que vimos es que la carretera estaba llena de militares, con tanques, bien armados, hasta los dientes y al fondo se estaba quemando un aserrío. ¿Te imaginás aquella imagen? De soldados armados hasta los dientes, por entrar a la ciudad de Estelí, y al fondo un gran incendio. Era ficción lo que estaba viendo allí. Y a los lados jóvenes muertos. Seguro eran los primeros muchachos que agarraron, los mataron y los cerdos ya se estaban comiendo los cadáveres. A uno se le pone la piel de gallina”, rememora el fotógrafo.

Estando en Estelí, Molina miró cuando la Guardia llevaba un camión repleto de muertos. Él se subió y lo bajaron inmediatamente, pero logró ver que muchos cadáveres estaban vestidos de médicos. Meses después supo que uno de los cadáveres, que estaba encima de los otros y tenía una barba blanca, era el del doctor Alejandro Dávila Bolaños.

Para regresar a Managua, Molina tuvo que correr al lado de una avioneta cuando arrancaba, porque tenía una llanta ponchada y no se podía montar toda la tripulación a la vez. A él le tocó subir cuando ya estaba en marcha el aparato. Al llegar a la capital los estaban esperando los bomberos y varias ambulancias, pero el piloto logró aterrizar bien con tres llantas.

Otra ocasión en que su vida corrió peligro fue cuando la Guardia llevó a un grupo de periodistas a una base militar, pero quien conducía el helicóptero iba a aterrizar en un campamento de los sandinistas, en territorio costarricense, pero lograron darse cuenta del error a tiempo y se retiraron del lugar.

Ese mismo día a los periodistas los llevaron a un lugar donde acababa de ocurrir un combate. Había tres cadáveres, uno de ellos era del padre Gaspar García Laviana. “El padre García Laviana era un icono, era el padre guerrillero”, expresa Molina.

CUANDO TRIUNFÓ

la revolución sandinista, Molina entró a trabajar en Incine, adonde nuevamente le correspondió trabajar en zonas de guerra, acompañando a los artistas que llegaban a realizar presentaciones para los movilizados del Servicio Militar Patriótico (SMP).

Poco después comenzó a trabajar en Ventana , una publicación del Instituto de Cultura que manejaba la hoy primera dama Rosario Murillo.

“Ella (Murillo) es una organizadora y muy buena trabajadora. Parte del éxito de Daniel (Ortega) se debe a lo trabajadora que es ella y que organiza bien las cosas. Es muy tenaz”, dice Molina de Murillo.

Hoy Molina tiene 15 años de trabajarle al Diario LA PRENSA, donde ha vivido otras experiencias fuertes, noticias de accidentes u otros sucesos. La fotografía le ha dejado muchas satisfacciones en su vida. En el periódico lo prefieren para las fotos de estudio o retratos, aunque él considera que es un fotógrafo todo “terreno”.

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