Los sacerdotes son promotores incansables de la vida humana, dispuestos a defenderla al precio que sea necesario. Ellos defienden la vida desde la de aquel que no ha nacido pero existe en el vientre materno a partir de la fecundación. Y la protegen hasta en el momento extremo, cuando una persona se encuentra sin remedio y su vida es mantenida de forma artificial. Para el sacerdote la vida es sagrada, un bien concedido por Dios y solo Él la puede o la debe quitar.
De manera que resulta una cruel ironía que un sacerdote pierda su propia vida asesinado, como el presbítero Marlon Pupiro García, cura párroco de la iglesia de la Inmaculada Concepción de María, del municipio de La Concepción, ultimado el sábado 20 de agosto y su cuerpo ya en estado de descomposición encontrado en un basurero, el martes de esta semana.
Hasta el momento de redactar este editorial no se conocía el motivo ni a los autores de este crimen sacrílego y execrable. Solo hay especulaciones de diverso tipo, incluso políticas, pues algunos temen que se trate de un macabro mensaje de las fuerzas oscuras a la Iglesia católica, para que no siga denunciando las injusticias y los abusos de poder que proliferan a su alrededor. Y mientras la Policía no aclare este crimen y brinde explicaciones que sean convincentes para el público, las especulaciones seguirán creciendo y extendiéndose por todo el cuerpo social.
Pero cualesquiera que hayan sido los motivos del o de los que segaron la fecunda vida del padre Pupiro, este crimen no tiene justificación. En todo caso, este asesinato (que es particularmente impactante porque se trata de un sacerdote, de una persona consagrada a Dios y no es con frecuencia que se asesina a un religioso), únicamente sirve para volver a comprobar con tristeza que el hombre es el único ser del mundo animal que mata por odio, venganza, placer o afán de lucro; y que por constituir un acto exclusivamente humano, o mejor dicho inhumano, el asesinato es el acto de mayor barbarie que se comete sobre la faz de la Tierra.
LA PRENSA comparte el sentimiento de duelo que embarga al clero y la feligresía católica de Nicaragua, por la muerte del padre Pupiro, la cual enluta a todos los nicaragüenses porque el asesinato de una persona es un crimen que se comete contra toda la humanidad. Ahora la vida del padre Pupiro es irrecuperable, pero al menos la Policía debe aclarar los pormenores de su asesinato y capturar al o los asesinos y someterlos ante la justicia ordinaria para que reciban el castigo que merecen.
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