Las revueltas que se suscitaron a inicios de este año en varios países árabes y los disturbios ocurridos hace unos días en Londres tienen algo en común: el uso de la tecnología celular y las redes sociales. Sin embargo, las motivaciones y fines que se perseguían eran diametralmente opuestos.
Mientras en la “primavera árabe” se usó Twitter como medio para reivindicar la libertad y la democracia, en el caso británico se usó el Blackberry Messenger como arma para burlar la ley y perpetrar delitos. Somos espectadores de dos escenarios construidos por iguales protagonistas y medios: los jóvenes y las redes sociales.
El error más grave de algunas sociedades de los países desarrollados es dar la espalda a los jóvenes y mostrar una profunda desidia a la hora de plasmar mecanismos de diálogo con ellos o garantizar su participación en un poder negado. Esa indiferencia y ese conflicto intergeneracional provocaron un estallido social en el que se mezcló el caos y el desorden.
Los jóvenes tienen todo el derecho de protestar por la muerte de Mark Duggan, quien pereció en un enfrentamiento con la policía británica en el barrio de Tottenham, pero es inadmisible el uso desmedido de la fuerza que luego se transformó en violencia y sembró la semilla del miedo en los ciudadanos.
Acaso las llamas en las que quedaron destruidos muchos locales públicos y propiedades privadas sean el reflejo de una juventud enardecida que solo encontró en la violencia el único medio para encauzar sus reclamos. Unos jóvenes que bajo la protección simbólica de una capucha logran pergeñar con sus actos un nihilismo atroz y absurdo, donde la moral deja de existir y se convierte en un artefacto decorativo.
La globalización trajo consigo enormes ventajas que permitían, entre otras bondades, acortar distancias y tender puentes entre diferentes culturas. La tecnología y las redes sociales son un medio para lograr un mejor entendimiento entre personas que piensan distinto. Lo peligroso es cuando se convierte en depositaria de la frustración y el resentimiento social, fabricando encuentros que solo sirven para destruir.
No hemos hemos sabido alimentar nuestra capacidad para defender con valentía aquellas causas que nos unen, salvo ciertas excepciones históricas.
Por suerte el futuro inmediato no es del todo lúgubre y sombrío, porque del mismo modo como miles de jóvenes británicos usaron el chat de Blackberry, Twitter y Facebook para hacer un uso irresponsable de su libertad, también hubo quienes promovieron campañas de orden y limpieza a los lugares públicos londinenses que quedaron destruidos por los disturbios.
Hemos construido un sistema que en vez de darle al ser humano la oportunidad de convertirse en una mejor persona, lo hunde en el desprecio y la ignorancia.
Como sociedad debemos reflexionar en qué medida damos a los jóvenes las suficientes oportunidades para integrarse al sistema y sentirse realizados dentro de él. Lo peor que le puede pasar a las nuevas generaciones es que su futuro se vea empañado con una gran dosis de desesperanza.
Este año terminará con la confirmación de que las redes sociales pueden alterar la relación entre el ciudadano y el Estado. Los jóvenes británicos descubrieron que la tecnología es una herramienta de poder para poner de rodillas a la generación adulta y a un Estado que los ignora con frecuencia.
El autor es periodista
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