Cesaron los tambores de septiembre. Las palillonas guardaron sus botas y atuendos y ahora los recuerdos de los próceres pasarán a segundo plano, hasta el año próximo. Entonces se repetirá el ritual y volverán las marchas, los discursos, y los graciosos bailes de las comparsas escolares. Repetición.
Como ocurre en nuestra historia política. Con regular monotonía se repiten los mismos dramas; tiranía, manoseo de la Constitución, rebelión, pactos, guerra civil, caída del tirano, un nuevo amanecer en que brota la esperanza, y después, un prócer o libertador que se vuelve caudillo y luego tirano.
La causa no está en un signo fatal ni en la mala suerte. Si las dictaduras florecen y las democracias se marchitan, es porque nuestro suelo quizás carece de los nutrientes necesarios para que estas prosperen. El concepto de que la democracia requiere de ciertas condiciones para estabilizarse y echar raíces, tiene muchas horas de vuelo entre los pensadores políticos, desde Platón, que argumentaba que la calidad de una democracia dependía de la calidad de sus ciudadanos.
Un error de muchos próceres latinoamericanos fue subestimar la importancia del factor ciudadano y sobrestimar la importancia de las buenas constituciones. Copiaron las mejores del mundo —más sus letras que su espíritu— y no las pudieron aplicar. Pero resaltar la importancia del factor humano solo nos lleva a mitad del camino. Todavía tenemos que preguntarnos: ¿qué determina la calidad de los ciudadanos? Si decimos que el nicaragüense carece de patriotismo, habría todavía que escarbar más y preguntarse por qué. La conducta humana es la resultante del entramado de muchos factores y no solo de la buena o mala voluntad de las personas.
Dentro de las circunstancias que dificultan el brote de la democracia hay dos particularmente pesadas y antiguas. La primera es la pobreza y la incultura. Al menos la mitad de nuestra población es de muy bajos ingresos y muy poca escolaridad; un sector que vive al día, sobreviviendo, que no lee periódicos y que no entiende la conexión que hay entre sus posibilidades de progreso y la institucionalidad. Un sector a quienes los sociólogos llaman “tradicional o premoderno”, y que constituye la clientela ideal de los caudillos o dispensadores de prebendas.
La segunda es la presencia de una población de clase media, de bachilleres y licenciados, titulados pero mal preparados, que recibieron una educación mediocre y que constituyen lo que a finales del siglo XIX describió el visitante francés Pablo Levy como “ un número considerable de pretendidos coroneles, de pretendidos licenciados, de pretendidos médicos, en una palabra, de pretendidos caballeros, que no saben nada, no hacen nada, que no se ocupan ni de agricultura, ni de industria, ni de comercio ” Es el sector que ha buscado asociarse siempre con caudillos o partidos, buscando obtener del Estado ingresos que no podrían conquistar en el sector empresarial, y que les son otorgados en función de su fidelidad política y no de su capacidad profesional.
Ambos son caldo de cultivo de las dictaduras. Las democracias, por el contrario, requieren de un mínimo de ciudadanos con cierta independencia económica e instrucción, cosa que ocurre cuando se multiplican los pequeños negocios y la educación de buena calidad. Las perspectivas que esto suceda a la velocidad requerida, no son actualmente buenas. Porque el empresariado y el crecimiento florecen mejor en el Estado de derecho. Pero dado que no podemos esperar a que los nublados se despejen, habrá que esforzarse, contra viento y marea, a que los privados multipliquen sus iniciativas. Cada vez que alguien pone un centavo, en la inversión o en la educación, está sembrando democracia y patria.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación
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