Redacción Internacional/EFE
La suspensión de Siria de la Liga Árabe aisla un poco más al régimen del presidente sirio, Bachar al Asad, un país en el que la «primavera árabe» comenzó con manifestaciones pacíficas de demanda de libertades y en ocho meses se ha cobrado ya más de 3,500 muertos, según Naciones Unidas.
El joven presidente de 46 años que cuando asumió en julio de 2000 el cargo máximo de la república suscitó esperanzas de cambio y democracia, once años después desoye las peticiones de su población, y de la comunidad árabe e internacional.
El oftalmólogo Al Asad heredó la presidencia de su país de su padre y antecesor, Hafez al Asad, y también la filosofía de regirlo con «mano dura» a tenor de los acontecimientos.
Las protestas en Siria, al igual que en ocurrió en Túnez, Egipto y Libia, empezaron tímidamente en febrero convocadas a través de la redes sociales en demanda de libertades.
En el caso sirio, una de las principales exigencias de la oposición era la derogación de la Ley de emergencia, en vigor desde 1963, que consiguió pero no que avanzara el proceso democratizador.