Una pequeña lección de economía

Abrí la puerta con el temor de encontrarme con una larga fila. Casi siempre que voy a un banco me pregunto cuánto tiempo de mi vida lo he gastado haciendo fila en ellos. Esa mañana, tal vez por no ser día de pago, el banco no estaba tan lleno, pero calculé que me iba a llevar no menos de 20 minutos y eso ya era agobiante. Un señor que estaba delante de mí sin conocerme comenzó a quejarse conmigo de lo lento que estaban atendiendo en las cajas. Yo, a como suelo hacer, ese día no había llevado nada para leer.

Por: Eduardo Cruz

Abrí la puerta con el temor de encontrarme con una larga fila. Casi siempre que voy a un banco me pregunto cuánto tiempo de mi vida lo he gastado haciendo fila en ellos. Esa mañana, tal vez por no ser día de pago, el banco no estaba tan lleno, pero calculé que me iba a llevar no menos de 20 minutos y eso ya era agobiante. Un señor que estaba delante de mí sin conocerme comenzó a quejarse conmigo de lo lento que estaban atendiendo en las cajas. Yo, a como suelo hacer, ese día no había llevado nada para leer.

Absorto, pensando en la transacción que iba a realizar, comencé a percatarme de que algo extraño estaba ocurriendo. Acostumbrado a que los vigilantes de los bancos le obliguen a uno a apagar los teléfonos celulares, puse el mío en el modo de silencio y momentos después me di cuenta de qué era eso extraño que notaba. Más de 40 niños con uniforme escolar se encontraban en ese banco capitalino, y sus murmullos interrumpían el silencio que casi siempre impera en esos centros bancarios. Ya había visto a los niños, pero no había caído en la cuenta de que no es frecuente que haya tantos en un banco. Observé a dos maestros que andaban con ellos, quienes hacían de todo por mantener quietos a los niños de manera infructuosa.

Luego noté que había dos cajas atendiendo exclusivamente a los niños, quienes se acercaban ante las cajeras cada uno con un “chanchito” rojo. En cada ventanilla había en la parte de abajo unos cajones de madera que servían para que el niño se subiera a ellos y poder alcanzar la estatura de un adulto.

Una cajera tomaba el “chanchito”, lo abría, contaba el dinero, realizaba el trámite y luego les entregaban un certificado. No soporté la tentación de saber los pormenores del ahorro que estaban realizando los escolares, así que le pedí permiso a los profesores para hablar con los niños.

—¿Cómo te llamás chiquita?

—Gyelsing.

—¿Cuántos años tenés?

—10.

—¿Cuánto dinero metiste en el banco?

—88 pesos.

—¿Y cómo hiciste para recogerlos?

—De peso en peso. No comía en el recreo.

—¿Y en cuánto tiempo los recogiste?

—En un mes.

Una sonrisa se le dibuja en el rostro a Gyelsing cuando le preguntó si no sufría por no comer en la escuela, lo cual no contesta. Otra niña se muestra dispuesta a ser entrevistada. Se llama Ana Gabriela y tiene 12 años.

—¿Y vos cuánto recogiste?

—244 pesos con 50 centavos.

—¿Y cómo lo lograste?

—Es que mi mamá me da 10 pesos diarios, y entonces yo me como cinco y guardo cinco.

—Uno de los profesores se me acerca con un niño de 12 años, Darwin, y me dice que este último ahorró nada menos y nada más que dos mil 349 córdobas con 50 centavos.

—¡Qué montón de dinero! ¿Cómo lo recogiste?

—Es que yo ya ahorraba en mi casa, mi mamá me compró un chanchito.

—Recogiste bastante sí.

—Cuando cumplí años mi papá me regaló 500 pesos y yo se los metí todos al chanchito.

Me despido de los niños y le doy las gracias a los profesores. Mientras me voy alejando del banco voy meditando: ¡Si hubiera aprendido eso cuando tenía esa edad! ¿Cuánto tendría ahorita?

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