El domingo 6 de noviembre la alta dirigencia de la Alianza PLI se congregó en las suites del Hotel Intercontinental de Managua a esperar los resultados electorales. En el confort del aire acondicionado, sus miembros daban la impresión de ignorar la magnitud del fraude que se estaba consumando, o de no estar listos para enfrentarlo. Extraño. Porque se sabía desde meses atrás lo que se cocinaba y porque se había hablado, varias veces, de la necesidad de preparar la defensa del voto, lo que exigía estar alertas en la calle y no en el confort de un hotel.
La razón de este comportamiento venía, en parte, de los hábitos adquiridos durante las transiciones democráticas de los últimos 18 años (1990-2008). Durante dicho período lo que se necesitaba para cambiar al Gobierno era, sencillamente, conseguir limpiamente los votos necesarios. Nada más. En esas circunstancias los líderes, como ocurre en las naciones civilizadas, tenían que aglutinar seguidores, cultivar sus tendidos electorales, hablar bien, inspirar simpatía y recaudar fondos. Luego podían esperar el conteo de los votos mientras veían de reojo las botellas de champán listas para el descorche.
Pero esta vez las circunstancias eran otras. El primer campanazo de alerta lo habían propinado las elecciones municipales del 2008. Luego las irregularidades que precedieron los comicios presidenciales —bloqueo a observadores, negación de cédulas a opositores, etc., anunciando que venía un nuevo fraude—. El problema es que muchos se resistían a creerlo, o lo creían pero no sabían qué hacer, o lo sabían pero les angustiaba pensar lo que implicaba.
La dirigencia no estaba lista ni entrenada para enfrentar una realidad política completamente distinta. Y es que cuando se cierran las vías electorales para cambiar gobiernos se imponen formas de actuar nuevas, más difíciles y riesgosas. El político que antes besaba niños y prodigaba abrazos y sonrisas, ahora tiene que dedicarse a crear un núcleo de hombres y mujeres valientes, llenos de mística; capaces de actuar al estilo de los revolucionarios clásicos de izquierda o derecha —Lenin, Mussolini, Gandhi, Mandela—; listos a marchar, conspirar y arriesgarse.
Toda la estrategia política necesita ser repensada. El teatro decisivo de la lucha será ahora la calle y no los corrillos parlamentarios. Los partidos políticos tienen que reinventarse, igual que sus líderes. Quienes no puedan o quieran adaptarse a los nuevos retos quedarán al margen, reducidos al papel confortable pero sin dignidad, de zancudos bien pagados.
Arriesgar la comodidad de sus posiciones y marchar al frente de su pueblo es, precisamente, uno de los retos de la actual dirigencia del PLI. Llamó la atención que en la reciente conferencia de prensa, en que don Fabio invitó a la marcha protesta del sábado 3 de diciembre, los principales dirigentes del partido brillaron por su ausencia. Naturalmente, el tendido de activistas opositores, los millares de fiscales que sudaron la gota gorda en las elecciones, está frustrado ante lo que consideran pasividad de sus líderes y están exigiendo que se pongan a la cabeza de su pueblo. Veremos.
La esperanza ahora es la aparición de una nueva generación, comprometida con la regeneración y cambio social de Nicaragua. Quienes aspiren a esta labor deben estudiar los ejemplos de movimientos y líderes exitosos. Pero, sobre todo, deben aspirar a convertirse en personas con una gran integridad moral, ejemplares, capaces de sacrificar su comodidad, oportunidades y ventajas, por amor a su país. Un grupo así sería indetenible. Como dijese Margaret Mead: “Nunca duden de que un pequeño grupo de ciudadanos conscientes y comprometidos pueda cambiar el mundo; en realidad, es lo único que lo hace”. La masa fermenta, con un poco de buena levadura.
El autor es sociólogo y fue ministro de educación 1990-1998.
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