El Cosep ha pedido al gobierno que le permita instalar una oficina en la Asamblea Nacional, para su representación oficial ante el Poder Legislativo. Pero esa petición debería ser retirada, pues podría facilitarle a Daniel Ortega el camino hacia la instalación de un Estado corporativo, de corte fascistoide y opuesto a la democracia representativa preceptuada por la Constitución de Nicaragua.
Una de las características de los regímenes totalitarios es la sumisión de las cúpulas económicas y sociales a un gobernante autocrático provisto de poder absoluto, al revés de los estados democráticos donde hay separación de poderes y el jefe de Estado es relevado periódicamente, por medio de elecciones honestas y libres.
Ahora bien, el Cosep ha logrado mantener unidas a las diferentes cámaras empresariales que la integran, algunas de ellas con intereses encontrados, y además, hasta ahora ha logrado conservar su individualidad en las relaciones con el gobierno de Daniel Ortega. Cabe mencionar que ha sido encomiable la preocupación del Cosep porque en Nicaragua existan instituciones democráticas sólidas y respetadas. Esto lo acaba de demostrar al insistir, sin ser escuchado por el poder orteguista, en que las elecciones del 6 de noviembre fueran transparentes y observadas por organismos independientes nacionales e internacionales, así como que las cédulas se entregaran en los plazos establecidos y sin discriminación partidarista. Del mismo modo, el Cosep compartió la preocupación contenida en los informes de la OEA y la Unión Europea e insistió en que los organismos locales de observación electoral fueran acreditados para monitorear los comicios.
Sin embargo, es obvio que hay en el país la tentación permanente de sostener una alianza entre lo que se denomina el gran capital y el caudillo de turno, para intercambiar favores mutuos a cambio de que el uno deje al otro hacer lo que le conviene. Esta tentación se ha hecho más fuerte al quebrantarse la fuerza política democrática por la división del liberalismo, debido a la corrupción y la claudicación pactista de uno de sus principales componentes, lo cual destruyó su capacidad de ser alternativa de poder o de controlar al gobierno de turno. Y es cierto lo que se dice, que en política no hay vacíos, de manera que si falta una contraparte del poder establecido el hueco lo llenan otros.
Nicaragua, como toda América Latina, está acechada por una nueva izquierda radical astuta, inescrupulosa y carente de principios, que finge ser demócrata y aprovecha los mecanismos democráticos para enquistarse en el poder, destruir la democracia y sustituirla con sistemas políticos verticalistas y fascistoides. De manera que el Cosep, el cual hace bien en reforzar su capacidad de interlocución con el gobierno para defender la competencia empresarial, el libre mercado y el derecho de existir como fuerza independiente, debe cuidarse de no facilitar las pretensiones de Ortega con peticiones que podrían allanar el camino al establecimiento de un régimen autoritario de tipo corporativo y fascistoide.
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