El 7 de diciembre de 1941 la base militar estadounidense de Pearl Harbor fue víctima de un sorpresivo ataque realizado por Japón. El entonces presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, en el discurso que diera ante el Congreso de esa nación dijo que “esa fecha viviría en la infamia”.
Esa frase que esgrimió el presidente Roosevelt para conducir a su nación a la Segunda Guerra Mundial es la misma que los nicaragüenses debemos utilizar para referirnos al infame 6 de noviembre de 2011, día en que la pareja presidencial —estando fuera de control— consumara el fraude electoral más descarado y repugnante de los últimos tiempos.
El derrocamiento de Arnoldo Alemán de su sancudista caudillaje político lo hemos saldado con el retorno del orteguismo al poder, provocando de esta manera el rompimiento de nuestro frágil equilibrio constitucional.
Ahora vemos cómo el matrimonio Ortega-Murillo ha pulverizado el débil tejido democrático que pagó la Contra derramando sangre, sufriendo muertes, luto y dolor, para que ellos se convirtiesen en lo que siempre han sido: una clásica dictadura conyugal.
Las palabras fraude y cinismo cobraron una nueva dimensión, pues la proporcionalidad que yace en el diccionario de la RAE no engloba toda la magnitud de lo que la pareja presidencial hace contra el Estado de Derecho, la democracia y la institucionalidad.
A partir de este mandato de facto, la familia de hierro dejará caer todo el peso de su poder, ahora absoluto, sobre quienes les adversamos, sobre todo los medios de comunicación independientes que en cinco años no se han alineado a su mandato dictatorial y tiránico.
Lo que nos espera es un recrudecimiento de lo que vivimos en las recientes elecciones, privaciones de derecho por doquier y un abuso de poder más abierto y degenerado.
Las intenciones que a mi juicio tiene esta dictadura conyugal me recuerdan la organización terrorista secreta surgida en los estados sureños de Estados Unidos después de la Guerra Civil (1861-1865), el llamado Ku Klux Klan. Los miembros de esta abominable organización creían en la inferioridad innata de los negros y por tanto, estaban inconformes al ver que los antiguos esclavos gozaban de igualdad social y en algunos casos, de verlos acceder a cargos de relevancia política. Ataviados con túnicas y ocultando sus rostros con capuchas blancas, los hombres del clan actuaban contra los negros para evitar que votaran, accedieran a cargos públicos o ejercieran sus recién adquiridos derechos civiles. Habitualmente quemaban cruces en colinas o cerca de las casas donde vivían aquellos a quienes deseaban atemorizar.
La gran mayoría de los nicaragüenses es vista por este Gobierno a través del lente del Ku Klux Klan, es decir, se nos trata como a una raza inferior, una minoría étnica, religiosa o ideológica.
Es superfluo decir que se nos ha vedado el derecho universal de protestar sin amenazas. Con no tener acceso a la cédula identidad se nos enajenan muchísimos derechos como el de votar, obtener pasaporte, cambiar cheques, de abrir una cuenta de ahorro, sacar una licencia de conducir, solicitar un empleo, en fin, no tenemos acceso a los derechos más elementales que los nicaragüenses debemos reclamar.
La sociedad civil, la Iglesia y los medios de comunicación independientes son los únicos mecanismos que están funcionando como contrapeso ante el eminente absolutismo que se ha instaurado con el fraude electoral más transparente de nuestra historia.
¡Que me condene la historia si miento o exagero!
El autor es comentarista político
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