Son varios los amigos que me han solicitado que opine sobre la decisión de los diputados de asumir sus curules. Quiero aclarar que mi doble sombrero de militante más antiguo del nuevo PLI y asesor de la Bancada Democrática me obligan a tocar este tema con tacto. Pero como jamás he rehuido un reto ni ocultado mi forma de pensar, inicio mi análisis a partir de la decisión que se tomó de asumir las diputaciones.
Entre sus costos y beneficios, para mí el costo más alto es que se pudiese alegar que con ello se legitiman las elecciones, y el beneficio mayor es la oportunidad que se abre de lograr cambios pacíficos en el gobierno por medio del consenso y regresar así el carro del Estado a la vía democrática.
Esto pasa por una buena negociación, y no me estoy refiriendo a una negociación donde se sumen o resten directivos y comisiones, sino de lograr comprometer a Ortega con un cambio radical en el CSE y cambiar los términos de referencia para la elección de los otros cargos en los diferentes poderes del Estado, en otras palabras comprometer al gobierno con un verdadero Estado de Derecho.
Daniel Ortega en este momento tiene el control absoluto del Estado, pero le falta algo que ninguno de los suyos le puede da y ese algo se llama legitimidad. Si no logra conseguirla, pueden estar seguros que su gobierno caerá, en este quinquenio o en el próximo, pero sucumbirá a como lo hicieron Trujillo, Somoza y más recientemente Gadafi y otros ante la primavera africana.
Otro aspecto sobre el que quisiera llamar la atención es el siguiente: cuando el pueblo votó por los candidatos del PLI en las pasadas elecciones, les estaba dando un mandato para gobernar. Ese mandato le fue usurpado a Fabio Gadea y esquilmado a varios diputados, por lo tanto acreditarse como tales es una obligación, repito acreditarse, investirse, juramentarse.
Sentarse en la Asamblea es lo que entiendo les autorizó la alianza. La forma de hacerlo dependerá de los negociadores, no olvidemos que el nuevo jefe de bancada fue un destacado miembro de la Resistencia Nicaragüense, por lo que considero que esa posición está en buenas manos. Mi consejo es que se haga acompañar de por lo menos dos personas. Estos deberían tener como principal cualidad el conocimiento y manejo de las debilidades y artimañas de Ortega y compañía, y como ya me metí en esto, si me piden nombres mis candidatos serian Víctor Hugo Tinoco y Mauricio Montealegre, ambos reúnen los requisitos, más el de confianza y capacidad.
Para finalizar deseo recordarles a los responsables de la conducción de mi partido, que la grandeza del PLI descansa sobre los hombros de quienes lo hicieron grande y ninguno de ellos escatimó sacrificio alguno cuando la patria se los demandó. Por mencionar a algunos: Plutarco Anduray, Enrique Lacayo Farfán, Juan Manuel Gutiérrez, Donoso Montealegre, Edwin Castro (padre) y por supuesto Rigoberto López Pérez.
Otra cosa, no olvidemos que el pacto Alemán-Ortega fue malo porque fue prebendario. El pacto social con el que estamos comprometidos es lograr un gobierno realmente democrático. Solo si lo logramos podremos ver a los ojos de quienes habrán de relevarnos en su momento.
El autor fue comandante de la Resistencia Nicaragüense y actualmente es miembro del PLI.
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