¿Deben ganar lo mismo los maestros buenos que los malos?

Llueva o truene, el profesor Asunción López no falla a sus clases; sus alumnos aprenden mucho y disfrutan de su ingenio. Casi ninguno abandona sus clases.

Llueva o truene, el profesor Asunción López no falla a sus clases; sus alumnos aprenden mucho y disfrutan de su ingenio. Casi ninguno abandona sus clases. Tiene diez años de enseñar y gana C$$4,249 córdobas mensuales. Su compañero de promoción, el profesor Ramiro Argueta, falla los lunes y los viernes, sus alumnos no aprenden con sus tediosos dictados y muchos de ellos le desertan. Gana C$$4,289.

Los nombres son ficticios, pero las historias son reales. Pertenecen al mundo de la educación pública e ilustran un aspecto de tremenda importancia rara vez discutido: la total desvinculación entre la remuneración de los docentes y su desempeño en el aula. Ser bueno o malo, cumplido o faltón, esforzado o haragán, no influye para nada en lo que devengan. Lo único que mejora el salario, aparte del título obtenido, son los años de antigüedad.

Al igual que lo que ocurre en la mayoría del continente, nuestro sistema educativo carece de incentivos que estimulen la buena docencia. Esto, en combinación con los bajos salarios magisteriales, tiene un efecto perverso sobre la calidad de la enseñanza. El hecho de que un maestro faltón e ineficiente reciba la misma recompensa que el cumplido y competente es desmoralizante para estos y contribuye a perpetuar la conducta de los primeros. ¿Para qué entrar por la vía del mayor esfuerzo si la vía del más mínimo recibe la misma paga? Imaginemos las consecuencias que tendría para una empresa pagarle a su vendedor de diez autos mensuales lo mismo que al que vende uno.

Lo que vale para el mundo de las empresas vale para la docencia. Aunque las fábulas de los políticos hagan referencia a maestros héroes, o “apóstoles”, que solo buscan recompensas espirituales, la inmensa mayoría de estos son ciudadanos corrientes que aspiran a llevar más pan a su hogar. Y es justo que quienes trabajen más y mejor reciban una paga mayor. Y es también más eficaz: cuando las buenas conductas traen ventajas y las malas desventajas, la conducta tiende a mejorar. Es ley de la vida.

Por otra parte, el hecho que los salarios docentes sean tan bajos induce a reclutar a las personas peor calificadas. A la docencia entran indudablemente personas excepcionales dotadas de una vocación especial. Pero en mayor cantidad suelen hacerlo quienes carecen de capacidad o motivación para entrar en ocupaciones mejor remuneradas. Ante la ausencia de premios al desempeño, la minoría competente que busca superarse encuentra que sus únicas alternativas de promoción son buscar un puesto administrativo dentro del ministerio, es decir, fuera del aula de clase, o trabajar fuera de él.

Las víctimas de este sistema inicuo son los niños de las escuelas públicas, condenados a ser educados por maestros de pésima calidad. Superar el problema solo podrá ocurrir a través de aumentos significativos en las remuneraciones docentes, pero vinculándolas al desempeño. Sin esto podrían duplicarse los salarios del magisterio sin producir mejoría alguna en la calidad de la enseñanza, como efectivamente ha ocurrido en numerosos países.

Medir el desempeño exige evaluar el aprendizaje de los alumnos; el mejor indicador de la eficacia de un maestro es el progreso de sus pupilos. Pero no es fácil hacerlo. A mayor mediocridad magisterial mayor oposición sindical a las mediciones de calidad. A mayor populismo estatal mayor propensión a los aumentos “parejos”, que igualan a buenos y malos, aunque perjudiquen la educación de los pobres. Ojalá que una mezcla de consenso educativo, nobleza magisterial y valentía gubernamental, superen estos escollos.

Los docentes no enseñarán mejor si se les paga más; solo lo harán si se les paga más a los que enseñan mejor.

El autor es sociólogo y fue ministro de educación 1990-1998.

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