Auspiciado por la Academia de Ciencias de Pyongyang, permanecí un mes en Corea del Norte. ¿Motivo?: La celebración del cumpleaños 75 del pionero de la dinastía, y la publicación de un libro sobre la nación que me hizo recorrerla, incluido el Paralelo 38, el muro de contextura indómita que evidencia el divorcio, y el resto de testimonios de la guerra en los años 1950-1953. El libro fue editado con prólogo del recordado correligionario Guillermo Suárez Rivas con el título Al otro lado del Planeta .
Estar ahí durante ese tiempo, frente a las embestidas del minutero, avivó el interés de vivir las metas ideológicas de ese país bajo una lectura: la idea del hombre girando entre los valores de Confucio en una mezcla singular de marxismo y de autonomía.
El norte y el sur han tenido posiciones opuestas: el norte comunista y el sur capitalista.
Pero lo que más me llamó la atención fue el culto a la personalidad a un dios llevado a las cumbres desde la llana posición de guerrillero campesino. El vasallaje en una ceremonia ostentosa —masificación— que no tiene competencia en ninguna otra latitud del planeta.
Jamás habían devorado mis ojos tantos testimonios de la rendición de la dignidad humana ante un hombre dotado del mismo material físico de los demás, resumido en la frágil y mortal conjunción de la carne y el hueso. Se llegó al extremo de venerar sus gigantescos retratos y monumentos abundosos.
Se le llamaba “El Gran Líder”. Tanto él como su hijo Kim Jong Il, estaban vivos y por lo tanto este debía llevar el cariñoso subtítulo de “Pequeño Gran Líder”. Probablemente en esos tiempos no había nacido el nieto del fundador. Respetando el orden jerárquico de la designación, al último debería llamársele “El tierno Gran Líder”. Pero no. Por resolución genética, hereda el título del abuelo como si Corea del Norte tuviese la categoría de una propiedad privada.
El caso es que el mozalbete sin ninguna figuración en la historia revolucionaria con el único membrete de haber nacido en palacio es ahora “El Gran Líder”.
Ninguno de los sucesores, ni el hijo ni el nieto, sumados los dos, reunieron los méritos del auténtico mentor. De Kim Jong II solo se habló de una vida disipada, poco devoto de los buenos ejemplos, y del reciente ungido, nada que lo justifique como el supremo más que el de haber sido designado por alguien que ya oteaba los horizontes de la finitud.
Lo que permite reflexionar con estos repentinos atributos es que los movimientos de liberación de izquierda se abrazan a veces con las guisas de la derecha donde es tan común la pompa de la monarquía con la diferencia de no tallarse la corona en la testa del príncipe. Adversarios jurados de las argollas dinásticas de tronco familiar, se convierten en adeptos de ese procedimiento que combatieron cuando estaban en la trinchera.
Recuerdo la percepción del filósofo que siempre me acompañó en la gira. Los invitados oficiales a la fiesta oficial tuvimos el privilegio de ver al “Gran Líder”, advertidos de que no debíamos intercambiar ninguna frase con él. Al regreso del callado saludo, el filósofo me dijo: “Usted lo tocó, deme la mano para untarme de su sabiduría”.
Cierro con ese ejemplo para dejar testimonio de cómo la obstinación convierte al hombre en un dios. El autor es periodista
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A