¿Chiverías o gallo pinto?

Llevar una lonchera a la escuela es algo que no se le ocurre a Saraí Vega, una adolescente de 15 años y que estudia el sexto grado en el Colegio Máximo Jerez, en Managua.

Estudiantes del Colegio Máximo Jerez compran todo tipo de chiverías a la hora del receso. LA PRENSA/ U. Molina

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Por Róger Almanza G.

Llevar una lonchera a la escuela es algo que no se le ocurre a Saraí Vega, una adolescente de 15 años y que estudia el sexto grado en el Colegio Máximo Jerez, en Managua.

La razón es que le da pena llevar la merienda para la hora del receso.

Gallo pinto, pan o tortilla y algún fresco es lo que Saraí valora que podría traer de su casa y prefiere un hot dog con una bebida gaseosa. Es más “cool”.

Su amiga, Lisneyri Fitoria tiene 14 años y cursa con Saraí el sexto grado. Tampoco pretende llevar su merienda al colegio, aunque ambas están conscientes que aquí la mayoría de opciones es comida chatarra.

Pizza, hot dog, repostería, gaseosas, jugos enlatados, meneítos y otras ristras de chiverías es la principal oferta en los cafetines escolares del país, a la par de las tajadas con queso, tacos, enchiladas, pollo frito y repochetas, alimentos menos dañinos.

Lo que comen los chavalos en la escuela es una situación que fortalece la tendencia de mala nutrición, según valora Gabriela Martínez, de la Asociación Soynica.

La desnutrición crónica en el país afecta a 27 de cada 100 niños en edad escolar, en edades promedios de 6 y 9 años, de acuerdo con el último Censo Nacional de Talla, realizado en el 2004.

Esta situación estudiada por la Asociación Soynica es grave e irreparable.

“Se trata de que los niños que ya son valorados como desnutridos crónicos no pueden recuperar su peso y eso afecta considerablemente en su desempeño escolar, ya que no tienen la capacidad de aprender bien. Muchos de ellos repiten grados y mantienen un retraso escolar”, explica Martínez.

Algo visiblemente peor es que de seguir esta situación, las nuevas generaciones serán más pequeñas y menos inteligentes, de acuerdo con la valoración de Martínez.

La misma situación ocurre en el Colegio Teresiano donde a pesar que la oferta de alimentos a la hora del receso es más amplia, los niños corren tras las porciones de pizza, jugos enlatados y bebidas gaseosas.

“Es más fácil controlar lo que comen los niños que los adolescentes, ellos tienen más autonomía al momento de comprar en la cafetería, con los niños llevamos un control en lo que pueden comprar”, comenta Pilar Palacios, coordinadora de preescolar hasta cuarto grado de primaria en el Teresiano.

El menú del Teresiano también incluye repochetas, repostería y jugos naturales, además de almuerzos que incluyen carne, arroz y ensaladas.

“Sí mantenemos el mensaje de comer bien, de evitar ciertos productos y creemos que el mensaje está calando, sin necesidad de crear una política interna que obligue a los estudiantes a qué comprar o a la administración de la cafetería sobre qué vender”, dice Palacios.

Lesbia Ortega es la subdirectora del Colegio Máximo Jerez y con 35 años de vida docente recuerda que antes las cafeterías vendían alimentos más sanos, como ensaladas de frutas y frescos de temporada.

“Aquí pasa que la comida rápida se vende rápido y por eso siempre están ofreciéndola”, dice Ortega.

En octubre de 2011, el Ministerio de Salud (Minsa) realizó una inspectoría en los tres cafetines que tiene el Máximo Jerez, dejando recomendaciones entre las que destacaban evitar la venta de comida chatarra, que de no ser obedecidas podrían provocar el cierre de estos cafetines.

“Lo mejor sería que los padres les envíen con su merienda (a los niños) pero no todos tienen el tiempo de hacerlo”, cree Palacios.

Para Martínez, la alimentación es parte de la educación por lo tanto se aprende en casa. “Es en el hogar y son los padres los que deben enseñar a comer a los niños y claro en los colegios deben trabajar en erradicar la comida chatarra”, apunta la nutricionista.

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Merienda del gobierno

El año pasado, el Gobierno entregó a casi un millón de niños la llamada merienda escolar. Uno de los colegios beneficiados es el Máximo Jerez donde se espera retener a los estudiantes hasta que culminen el año escolar. El programa entregó 150 millones de raciones de comida a 960 mil niños de educación preescolar y primaria de todo el país. La inversión fue de 23.3 millones de dólares en 2011 e incluyó frijol, arroz, maíz, cereal fortificado, aceite, harina de trigo y leche.

Eso ayuda mucho, pero falta que los padres comprendan que es más provechoso un gallo pinto o una pieza de pollo en la lonchera que darle dinero a su hijo para comprar chiverías.

Pero para Martínez, “mientras no exista una política pública que incluya la educación nutricional en las escuelas la situación solo seguirá empeorando”.

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