El “modelo revolucionario” del orteguismo, caracterizado por la mezcla de fórmulas y procesos en la economía y en la política, viene configurando una nación dividida entre los que por intereses y algunos por confusión, creen que esta es la continuación de la revolución de los ochenta (creencia ahora fortalecida por los petrodólares venezolanos), más que por convicciones ideológicas o sueños revolucionarios pues esta es, al decir de Edelberto Torres Rivas, una de las Revoluciones sin Cambios Revolucionarios.
Este híbrido neoliberal, capitalista pero socialista, está creando un Frankenstein de pies descalzos y Mercedes Benz, de miseria y lujo, de chozas y mansiones, de pobres cada vez más pobres y ricos cada vez más ricos. De restricciones a la libertad y discursos libertarios. De una Nicaragua que no logra superar la pobreza ni el atraso político pues seguimos en manos de “hombres fuertes” no de instituciones fuertes.
En Nicaragua se está demostrando que el poder del dinero es más fuerte que las convicciones revolucionarias, o las lealtades institucionales como hemos visto en la religión católica y algunas denominaciones evangélicas.
Aquí el poder material de los dólares ha sacudido los cimientos de la sociedad en su totalidad. Han caído antiguos defensores de la moral y la ley bajo el embrujo de la fórmula “socialista, cristiana y solidaria” que tiene ya virtualmente dividida a la nación entre los beneficiaros de la generosidad chavista y los que no alcanzan en la repartidera o se resisten a esa manera de gobernar. Entre los que siguen atrapados en la consigna revolucionaria, vendedora de falsas ilusiones y aquellos que derraman el sudor de su frente para obtener el pan de cada día.
Esta es la Nicaragua del siglo XXI que aún se moviliza en carretas tiradas por famélicos caballos y algunos jets privados de capitales históricos o de capitales mal habidos pues para los efectos da igual. Aquí se confunde el rico que amasó su fortuna durante largos años de lucha con el “tamal” emergente del latrocinio más descarado. No importa el origen si el destino los junta en la hípica, el club de golf o en el club social ¡y que siga la fiesta! Las asimetrías persisten, las inequidades siguen siendo la piedra angular de esta nueva Nicaragua. La justicia partidarizada no permitirá un desarrollo humano de calidad.
De hecho ya hay una nueva clase social en un proceso de enriquecimiento galopante y sin escrúpulos ni límites, ni freno institucional ni restricción moral. El máximo exponente es el presidente fáctico del poder electoral: pantagruélico insatisfecho, regodeándose en la incapacidad del pueblo por rebelarse hasta hoy.
Ya hay varias Nicaragua: la de la Primera Dama y su voz encantadora que como el flautista de Hamelin va conduciendo a niños, jóvenes y adolescentes hacia el altar sagrado de la patria, donde serán inmolados para con su sangre alimentar el supremo sueño de Maquiavelo.
La Nicaragua de los allegados al poder voluntariamente y para beneficiarse de la generosidad del Comandante. Los que aceptan pasivamente que hay “muertos que nunca mueren” como los zombis haitianos. Los acólitos de esta nueva religión de la santa rosario de todos los santos, que con el incienso de su servilismo alimentan la hoguera de todas las vanidades de los nuevos Ceausescu.
La Nicaragua de los pobres que recogen limosnas debajo de los inmensos rótulos que adornan calles y carreteras de todo el país, con el rostro del nuevo sonrisal.
La Nicaragua de los que ya dan por un hecho la consolidación de una nueva dictadura dinástica y familiar y los otros. Los que nos oponemos a que la historia se repita. Los de la Nicaragua soberana, libre, democrática y en paz.
El autor es diputado al Parlacen
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