No cabe ninguna duda de que en Nicaragua no hay condiciones para la celebración de elecciones libres, justas y limpias; ni de que el presidente inconstitucional Daniel Ortega y su Consejo Supremo Electoral (CSE) ya tienen todo listo para repetir, en mayor o menor magnitud pero con el mismo dolo e iguales consecuencias, los fraudes electorales de 2008 y 2011.
En realidad, lo que habrá el primer domingo de noviembre será una farsa electoral, a menos que, como señalamos ayer en este mismo espacio editorial, de repente ocurriera un milagro político y el régimen orteguista cumpliera “todos los requisitos para que esos comicios sean justos y limpios comenzando por el nombramiento de un nuevo Consejo Supremo Electoral, integrado por personas independientes, honorables y confiables”. Pero los milagros no existen en política y lo real es que el siguiente fraude ya está pintado en el sombrío paisaje político de Nicaragua.
Sin embargo, en las campañas electorales se participa —o se debe participar— no solo cuando hay plenas garantías legales y políticas y se tiene la posibilidad de ganar. En los países democráticos, la oposición interviene en las elecciones aunque no tenga posibilidad de ganar ni de obtener la mayoría en los órganos de representación popular. Participa, porque de esa manera difunde sus propuestas de alternativa como gobierno nacional, regional o local, y obtiene o puede obtener espacios en los órganos representativos y mejorar los que ya ha conseguido mediante el voto popular. Pero incluso en países autocráticos en los que no hay garantías de elecciones justas y limpias, es conveniente aprovechar cualquier oportunidad de participar en las campañas electorales, a fin de luchar por espacios de libertad, de reclamar los derechos políticos que son derechos humanos fundamentales, de popularizar las demandas democráticas y proclamar los principios y valores de la libertad, aún bajo las condiciones estrechas, hostiles y peligrosas que son propias de los regímenes autoritarios.
Los pequeños grupos políticos opositores que logran existir y sobrevivir en Cuba seguramente quisieran tener alguna posibilidad, por mínima que fuese, de participar en los simulacros de elecciones que de vez en cuando pone en escena el régimen comunista, pues las aprovecharían para darse a conocer y prepararse para las batallas políticas decisivas del futuro, que inevitablemente vendrán. Los radicales anticastristas criticarían con dureza la participación opositora, pero sus resultados serían positivos porque participando abrirían y ampliarían los resquicios de libertad.
Josep Ramoneda, filósofo, periodista y escritor español, quien se identifica a sí mismo como liberal de izquierda, escribe en uno de sus libros titulado Después de la pasión política, que “la esencia de la política democrática es encontrar colectivamente la manera de defenderse del mal” y asegura que se debe tener la convicción de que la libertad crea sus propios resquicios. Pero los resquicios de libertad no se generan de manera espontánea, con la indiferencia y la pasividad, sino que hay que luchar por ellos y crearlos. Esto en el entendido de que se trata de participar por principios y en función del interés nacional, que es muy distinto —advierte el mismo Ramoneda— a la “lucha grupuscular por miserables cuotas de poder”.
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