Raúl Benoit

El abominable negocio del terror

En Colombia ocurrió recientemente un acto violento que revive tiempos aciagos del narcoterrorismo urbano. Atentaron contra un exministro. La derecha culpa a la guerrilla de las FARC y la izquierda a la mano negra.

El exministro Fernando Londoño quedó herido y de acuerdo a su familia, tuvo la ayuda de San Miguel Arcángel, aunque fue evidente que las gigantes alas del enviado de Dios no alcanzaron a cubrir a sus humildes servidores, un sargento de la policía y el chofer.

Dicen que él sobrevivió porque tenía la cabeza baja mirando su celular. Tal vez al exministro no querían matarlo, sino amedrentar a la nación. El escolta cometió el error de bajarse del carro para quitar el artefacto, causando un efecto más letal de la bomba.

Fernando Londoño fue un alfil en el juego político del expresidente Álvaro Uribe, odiado por muchos y amado frenéticamente por otros. Por eso, los hechos son más relevantes. Señalan los detractores que el atentado favorece al exmandatario porque quiere convencer al pueblo de la necesidad del retorno al poder de su forma de gobierno.

No podemos negar que Uribe puso contra la pared a los narcoterroristas de las FARC, pero nunca aniquiló este grupo, como pretende reclamar ahora, acusando al presidente Juan Manuel Santos de incompetente. Tampoco podemos ocultar que Uribe fomentó en el pasado a las autodefensas, transmutadas en paramilitares.

El atentado terrorista pudiera tener matices ocultos de ciertos poderosos enemigos de la paz. La guerra es un negocio de oscurantistas intereses para enriquecerse.

Durante décadas, políticos y militares corruptos, atizaron la insurgencia por codicia. Todo surgió cuando los Estados Unidos, a comienzos de la década de los sesenta, implementaron el plan LASO (Latin American Security Operation), un programa que sugería a los ejércitos latinoamericanos fundar falsos grupos rebeldes o paramilitares para infiltrar el comunismo.

Recuerdo un testigo ocular, que entrevisté hace un par de décadas, quien me reveló el negocio que tenían sus jefes dividiéndose zonas del país. Un cabecilla guerrillero se sentó con un comandante militar trazando la línea que separaba territorios. Ninguno podía cruzarla y de esta manera se repartían justamente las ganancias del narcotráfico. Ellos solo fueron títeres de una organización más cruel y despiadada que crecía con perversidad.

Los precursores, quienes siempre están tras una cortina negra vigilantes, son la “auténtica mafia”; fueron amigos secretos y emplearon a Pablo Escobar del Cártel de Medellín y a los hermanos Rodríguez Orejuela del de Cali y después de usarlos los desecharon. A estos infames aliados del mal, los recubre una tenebrosa impunidad y ganan mucho más dinero que los narcos que conocemos; sin vergüenza, ordenan crímenes y arrebatan tierras de los campesinos e indígenas.

No crean todo lo que ven y lo que oyen: la guerra es un abominable negocio que solo se detendrá cuando un gobierno honesto persiga la fuente primaria: la auténtica mafia, capos de capos, traficantes de armas, misteriosos beneficiarios de la violencia que se ocultan más arriba del poder.

El autor es periodista colombiano

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