En las mazmorras de “El Chipote”

Fui conducido a empujones por un tenebroso pasillo oscuro. El silencio era total, no se oía el ruido de mis pisadas porque me habían quitado los zapatos. Era un sitio lúgubre y sudaba a mares por el temor a lo desconocido y la impotencia de una indefensión total. Confieso que iba paralizado de terror. Por fin mis captores se detuvieron y me metieron en un espacio donde ni siquiera podía verse la palma de la mano.

Erick Ramírez

Fui conducido a empujones por un tenebroso pasillo oscuro. El silencio era total, no se oía el ruido de mis pisadas porque me habían quitado los zapatos. Era un sitio lúgubre y sudaba a mares por el temor a lo desconocido y la impotencia de una indefensión total. Confieso que iba paralizado de terror. Por fin mis captores se detuvieron y me metieron en un espacio donde ni siquiera podía verse la palma de la mano.

Al rato me senté en el suelo y me di cuenta que el lugar estaba húmedo, solo se sentía un olor desagradable mezcla de sudores, heces fecales, orines, vómitos y de pronto sentí recorriendo por mis brazos y piernas pequeños tentáculos y mordiscos producto de cucarachas, ratas y quién sabe qué clase de insectos.

Me los sacudí de inmediato y me puse de pie solo para caer de nuevo rendido en la losa fría y empezar poco a poco a convivir con la inmundicia y los pequeños depredadores. A las horas de estar allí se pierde totalmente el sentido del tiempo y el espacio y la sed te estruja como papel lija.

Horas antes estaba en mi casa revisando papeles y estudiando unos folletos de Economía cuando irrumpió un grupo de militares, bien armados con uniformes de camuflaje, verde olivo y un café que no era café, a cuyo mando una mujer gritaba como enloquecida que iba preso, catearon la casa cargando de todo, me echaron al piso en un vehículo y me advirtieron de mantener los ojos cerrados trasladándome a donde después supe eran las ergástulas de El Chipote.

Pasado un tiempo fui conducido de vuelta por el pasillo oscuro hasta un cuarto tan frío como la bodega de un matadero e iluminado como para un juego nocturno.

Reflexionaba sobre en qué clavo me habría metido, cuando en la habitación entraron dos personajes que hicieron que se me erizaran los pocos pelos que no lo habían hecho en esa terrorífica jornada: Lenín Cerna y Oscar Loza, nada más y nada menos que el director y el subdirector respectivamente de la tenebrosa Dirección General de la Seguridad del Estado, la represiva institución de inteligencia del primer gobierno frentista.

Querían que confesara que yo era el eslabón político de la Contra, que era parte de una conspiración política militar para derrocar al Gobierno y que utilizando mi relación con monseñor Miguel Obando desviaba las medicinas que llegaban como donación a Coprosa, para abastecer a los insurrectos.

Parecía un argumento de película, todo bien hilvanado, lógico, secuencial, de manera que como dicen los amigos norteños: “Todo lo que digas puede ser utilizado en tu contra” aunque en este caso “no tenía derecho a permanecer callado”.

Este estira y encoge duró varias horas. Lo ridículo de estas acusaciones y las gestiones que por mi libertad hicieron de inmediato, mis compañeros socialcristianos, los obligaron a soltarme.

De los documentos retenidos me devolvieron unos cuantos y los folletos de Economía se los quedaron para seguramente confusión de algunos, pues eran de Samuelson, Keynes y otros, verdaderos diablos para los amantes de Carlos Marx de aquel entonces.

El Chipote es un culto al somocismo y una afrenta a los patriotas que ahí fueron torturados y muertos. Debe clausurarse por razones de decencia política, concepto que parece olvidado en nuestro país. Que aún esté abierto es una vergüenza nacional.

El autor es dirigente histórico socialcristiano.

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