El viejo en el tiempo

Un gratuito enemigo de los viejos conducía una motocicleta por una de las congestionadas arterias de los Ángeles en California. No fue capaz de moderar su velocidad —de ser leal con “el punto de equilibrio” de Aristóteles— y arrolló a un anciano que con la prudencia aconsejada por el apóstol Pablo, cruzaba la calle haciendo uso de su derecho peatonal. El delincuente no pudo moderar su impaciencia asesina y lo arrojó a la costra del pavimento. Se detuvo solo para verlo tendido, le gritó: “Viejo, muérete ya” y siguió raudo su camino.

Un gratuito enemigo de los viejos conducía una motocicleta por una de las congestionadas arterias de los Ángeles en California. No fue capaz de moderar su velocidad —de ser leal con “el punto de equilibrio” de Aristóteles— y arrolló a un anciano que con la prudencia aconsejada por el apóstol Pablo, cruzaba la calle haciendo uso de su derecho peatonal. El delincuente no pudo moderar su impaciencia asesina y lo arrojó a la costra del pavimento. Se detuvo solo para verlo tendido, le gritó: “Viejo, muérete ya” y siguió raudo su camino.

No se cumplió la sentencia salvaje. El longevo sobrevivió. Descubierta su lucidez después de que manos piadosas lo salvaron, resultó ser un pastor que había pasado todo el tiempo de su vida dedicado a impartir los conocimientos adquiridos en el anuario.

Este preámbulo psicológico sirve para poner uno de los tantos ejemplos contra los seres que han tenido la fortuna de seguir sorbiendo las dosis de sabiduría otorgadas por la existencia prolongada. El viejo está para que su erudición siga siendo útil: bálsamo sobre las heridas que laceran la piel espiritual y material en los lapsos inaugurales en el proceso de vivir.

Repetía el rescatado el texto del apóstol Pablo en su epístola a Tito. La reproduzco: “Que los ancianos sean sobrios, serios, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la paciencia”. Y a las ancianas “reverentes en su porte, no calumniadoras, no esclavas del vino, maestras del bien”.

En este momento persevera en los labios amantes “el Código de la Familia”. Es tema por haber pasado a la discusión parlamentaria, causa de reacciones en la sociedad. Pero quienes deben ser su brújula, su fuente de luz para iluminar el camino oscurecido, son precisamente estas señoras y señores para quienes debe ser prioridad la enseñanza en la escuela tanto filial como profesional, pues esa es la misión que les ha sido encomendada por el extendido respirar. A las ancianas a “enseñar a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos para que la palabra de Dios no sea blasfemada”. A los ancianos a estar implícitos en la prédica sin ser necesaria la facultad de la oratoria o la de ser líder religioso. Bastaría con solo expandir el sentimiento de la voz y de la acción en el rito cariñoso y fecundo de la casa.

Ellos también son noticia en los últimos días al ser heroicamente perseverantes en el reclamo de la jubilación decorosa, justa conforme los días laborales acumulados en el periodo de los brillos. Más eso no basta. El retiro no tiene el equivalente de “colgar los guantes” tomando una hamaca muelle como símbolo de la pasividad rotunda, porque la improductividad conduce al ocio pernicioso en vez de ser tomado el tiempo restante para aconsejar, para asesorar, para ser factor de ilustración, para ser sujetos y no objetos de la sociedad. Tanto el reposo como la actividad son complementarios, motivación para el viejo, para evitar las desviaciones que con motivo de la modernidad se quieren poner en el dintel de la moda.

Debe señalarse entonces cuán útiles son los días paternales, las ancianas y los ancianos cuando saben cultivar los últimos peldaños de la duración para dejar a las nuevas generaciones las huellas del bien.

El autor es periodista