La revolución que comenzó como una esperanza nacional de paz y libertad, liderada por el FSLN para dar al traste con una dictadura de 45 años, muy pronto se fue convirtiendo en una revolución partidaria; más adelante, al correr de los años se transformó en una revolución sectaria y ahora ha evolucionado en una revolución propiedad de una familia.
Aquellos líderes sandinistas como Henry Ruiz, Víctor Tirado, Luis Carrión, Jaime Wheelock y Humberto Ortega, quienes conformaban lo que irónicamente llamábamos en los ochenta “la Dirección Nacional Ordene” en su mayoría son ahora críticos muy duros con el rumbo que han tomado el Gobierno o cuando menos, como el general Humberto Ortega, ofrecen con prudencia sus sabios consejos desde la llanura.
Otros prominentes líderes civiles sandinistas que pertenecieron a la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional o a su gabinete, son abiertamente críticos, como Moisés Hassan, Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal, Víctor Hugo Tinoco, Enrique Sáenz y otros, así como prominentes comandantes guerrilleros y dirigentes del FSLN como Dora María Téllez, Nicho Marenco y Mónica Baltodano, por mencionar algunos.
¿Qué habría ocurrido en esta revolución para lograr que la mayoría de sus principales figuras de antaño se hayan convertido en sus principales detractores?
En la primera transformación, de nacional a partidaria, el poder estaba desconcentrado en 9 líderes, unos con mayor preeminencia y cuotas de poder, otros con menos, cada quien radicalizando más su discurso político en búsqueda de obtener una mayor cuota de poder, pero nadie tenía el poder absoluto.
Los que pensábamos al inicio que era una revolución nacional, muy pronto nos dimos cuenta que era partidaria, que hasta la bandera de Nicaragua en los edificios públicos era sustituida por la bandera del partido al mejor estilo de la Alemania nazi. Incluso, los primeros pasaportes impresos en la nueva era revolucionaria debutaron con la bandera rojinegra en la portada, en lugar de la bandera azul y blanco de la patria.
Luego, tan pronto como en septiembre de 1979, vino un decreto por medio del cual solo las organizaciones que pertenecían al FSLN podían llevar el denominativo “sandinista” y así fue que el Ejército y la Policía, quienes entonces tenían ese apellido partidista, pasaron a formar parte de hecho y de derecho del partido.
En los primeros años de los ochenta vino la represión contra todos los disidentes, contra la libertad de prensa y de organización, derechos humanos, contra la Iglesia católica, contra las minorías étnicas, en fin no había una área de la vida nacional que el partido FSLN permitiera el pluralismo político que pregonaban sus líderes al triunfo de la revolución. Luego vino la contra y la guerra civil.
Más tarde, con el cese al fuego y los acuerdos de Sapoá, la revolución tuvo que abrirse a la crítica y arriesgarse a permitir elecciones libres. Luego vino la derrota electoral en 1990.
Posteriormente al triunfo de doña Violeta, el FSLN entra en una crisis profunda y a medida que transcurre el tiempo en esos 16 años de “nefastos gobiernos neoliberales” el poder comienza a concentrarse en un solo grupo de poder muy reducido: el partido sufre su segunda transformación, pasa de partidario a sectario. Comienza entonces la disidencia de grandes figuras revolucionarias sandinistas que demandan “la democratización” del FSLN y es así que nace el MRS.
Con el triunfo de Daniel Ortega en el 2007 y en los años subsiguientes, viene el tercer nivel de transformación “revolucionaria”, que pasa del sectarismo al culto a la personalidad de la pareja gobernante. El partido, operando únicamente “de dedo”, como todas las instituciones del Estado, se transforma gradualmente en “patrimonio familiar”. Es decir, en esta nueva “etapa revolucionaria”, las órdenes ya no vienen consensuadas en una dirección nacional de 9 comandantes, sino que tienen un verticalismo que no resiste la menor crítica.
La revolución se ha tragado a su propio engendro y quienes en su momento tuvieron la oportunidad de cambiar las cosas desde adentro y no lo hicieron, sufren las consecuencias desde la llanura.
El autor es diputado de la Bancada Democrática.
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