En estos días, cuando se habla mucho de revolución, en bien y mal, muchas personas opinan que en Nicaragua se necesita otra revolución.
A juicio de estas personas, la experiencia histórica ha demostrado que un sistema autocrático y corrupto como el que se ha entronizado en Nicaragua, solo puede ser removido por medio de una revolución. La dictadura somocista —dicen— tuvo que ser erradicada de manera revolucionaria y resulta que el régimen de Daniel Ortega es, cada vez más, igual que el somocismo.
En Nicaragua hubo hasta ahora dos revoluciones: la liberal de 1893 y la sandinista de 1979. Pero ambas revoluciones se desviaron de sus objetivos o fueron traicionadas por los mismos revolucionarios, y derivaron en dictaduras y sistemas de dominación iguales o peores que los que derrocaron y pretendieron superar.
Mijaíl Bakunin, prominente revolucionario anarquista ruso del siglo XIX, quien polemizó sobre la revolución con Carlos Marx y le disputó el liderazgo del entonces naciente movimiento socialista internacional, sostenía que “el pueblo solo tiene tres caminos para librarse de su triste suerte: los dos primeros son los de la taberna y la Iglesia. El tercero es el de la revolución social”. Por su parte, Marx proclamaba la tesis de que “las revoluciones son las locomotoras de la historia”, queriendo significar con esta metáfora que los grandes cambios políticos, económicos y sociales solo son posibles mediante los saltos revolucionarios, violentos y a menudo sangrientos.
Por el contrario, el escritor irlandés y Premio Nobel de Literatura en 1924, George Bernard Shaw, denunció que “las revoluciones nunca han aligerado el peso de las tiranías, solo lo han cambiado de nombre”. Shaw sabía muy bien de lo que hablaba, pues habiendo sido socialista moderado en su juventud derivó en admirador de los dictadores sanguinarios Hitler y Stalin, pero después los fustigó cuando se convenció de que lo que hicieron fue llamar revolución a sus nuevos sistemas de opresión.
Sin embargo, también han ocurrido revoluciones que no condujeron a nuevas tiranías sino que abrieron el camino a la libertad y la democracia. Tales fueron, por ejemplo, la revolución de independencia de los Estados Unidos, en 1776, y la revolución democrática de 1948 en Costa Rica. Además, en la época actual la mayor parte de las revoluciones democráticas que pusieron fin al totalitarismo comunista en Europa oriental, se realizaron pacíficamente en lo fundamental e instauraron la libertad, la democracia y el progreso de sus pueblos.
Nicaragua ha experimentado con dos revoluciones violentas, pero sigue empobrecida y sin libertad ni democracia. Tal vez ahora, cuando los enemigos de la democracia la aprovechan para tomar el poder y socavarla desde arriba, también podría haber una revolución pacífica que pueda lograr los objetivos democráticos que las otras revoluciones no pudieron cumplir.
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