LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

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Joaquín Absalón pastora

“Sí mi amor”

Casi alcanza al dogma aquello de que los hombres estamos en “saldo rojo” en los acuerdos de amor suscritos con la mujer.

Es difícil que el hombre pueda liberarse de la arrogancia de sentirse “macho”, una posición influida por el imaginario de ser el sexo opuesto, fragmento de su universo corporal figurado por una costilla. Pero en los hechos, ese antiguo simbolismo, no ha funcionado. Tanto él como ella viven la placidez de ser soberanos, no siendo eso factor de seducción de la deslealtad y la rebeldía, sugerencia de algunas —no todas— organizaciones feministas.

Dentro de la independencia, de la distancia en los criterios disímiles de la existencia, lo ideal es el efecto de dos posiciones concomitantes con la unidad.

Desafortunadamente el padre irresponsable pesa más en la balanza, el tipo que azota a su cónyuge o compañera con cualquiera de las formas del maltrato, visual, gestual, oral o físico. Pero también hay excepciones. Siempre maltratar es más notorio que el bien tratar. Lo primero va a las “letras de molde”, lo segundo a la mudez.

Cuántas veces hay en que el hombre está reflejado en una frase corta y afirmativa: “Sí mi amor”. Accede ante los pedimentos femeninos influido por el encanto, la diáfana estética que ella tiene, y finalmente él concluye con un, “sí mi amor”. Tantos viriles amantes están en esa línea. Pero esa posición positiva, breve rito en la unión, no es considerada en el lenguaje de la condescendencia.

La conducta del hombre, señalada en esta introducción, no justifica que se le vea como un monstruo despojado de sus derechos en la paternidad, condenado, denunciado por cualquier “hijo de vecino”, fisgoneado por la venganza. No es tan fiero ni anticipadamente delincuente como lo pinta la Ley 779, llena de la tajona lista para flagelar, con un endurecimiento de penas que lo hacen susceptible de ir a la cárcel con solo el involuntario viraje de una mirada o la irresistible galanura del piropo que puede transformarse en acoso sexual si la parte aludida la da esa connotación.

“Dios la hizo igual que el hombre, a su imagen y semejanza”. Ambos son beneficiarios de idéntica dignidad, sujetos a deberes y derechos. Esa ley lo oprime desde el primer momento en que, sin ninguna prueba, el caso no conoce la vía del proceso, esquilmado el derecho elemental de la defensa, obligado a recibir la sentencia contra la pared. Se ha publicado que ella tiene la potestad inmediata de inscribir a la criatura sin el consentimiento de la otra parte, vital en el engendro producido en el no sazonado rato de amor, quedando para después la resolución científica de quién es realmente el padre. Si el diagnóstico no le favorece a la madre ella carga con los gastos pertinentes. Y el valor de los daños morales ¿quién los paga? No hay moneda con qué sufragarlos.

El Estado no es, con esta ley el factor de conciliación para mantener la estabilidad en la familia, el núcleo más importante de la sociedad, expuesto a desvanecerse con este tipo de legislación visceral, cavernaria y parcial.

En lo personal —y casos como los del suscrito son muchos— a pocos años de verme retratado, escoltado por mi consorte y la descendencia en el altar de las bodas de oro, en el balance, sale gallardo el “sí mi amor”…  

El autor es periodista

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