El vengador del futuro

Quisiera decirles si El Vengador del Futuro me gustó o no, pero la olvidé inmediatamente después de que terminó. Estoy bromeando. Quizás la iba olvidando a medida que la veía. En realidad, ese sería un truco demasiado inteligente para esta producción. Y es una lástima, porque la premisa tomada del relato de Philip K. Dick, “Podemos Recordarlo para Usted a Descuento”, está preñada de posibilidades en la era de la manipulación digital.

Por: Juan Carlos Ampié

Quisiera decirles si El Vengador del Futuro me gustó o no, pero la olvidé inmediatamente después de que terminó. Estoy bromeando. Quizás la iba olvidando a medida que la veía. En realidad, ese sería un truco demasiado inteligente para esta producción. Y es una lástima, porque la premisa tomada del relato de Philip K. Dick, “Podemos Recordarlo para Usted a Descuento”, está preñada de posibilidades en la era de la manipulación digital.

Doug es un hombre común en la tierra del futuro. Sus vagos deseos de trascendencia lo llevan a alimentar la fantasía de ser un espía en misión secreta por la colonia humana en el planeta Marte. Hay una manera de serlo, o al menos recordarlo sin haberlo sido realmente. Una compañía llamada Rekal promete implantar el recuerdo en su memoria, a cambio de una módica suma. Al someterse al proceso, descubrimos que Doug fue un agente secreto de misión en Marte, y que alguien borró su memoria para convertirlo en un ciudadano anónimo. El deseo era en realidad un recuerdo.

La realidad y la ficción se tuercen en una económica y artera narrativa de poco más de 20 páginas, que ya fuera llevada a la pantalla en “Total Recall” (Paul Verhoeven, 1990), protagonizada por Arnold Schwarzenegger en el pináculo de su popularidad. Puede ser injusto comparar ambas películas, pero la nueva producción lo demanda, recordándonos una de las escenas más memorables de su antecesora: una mujer obesa trata de pasar un puesto de control en la oficina de migración de Marte. Es en realidad Doug. Al quitarse un collar electrónico, la cara de la mujer se desarma como máscara modular, revelando su verdadera identidad. Aquí, una extra caracterizada como aquel personaje ejecuta una rutina similar, pero solo es una distracción, mientras el nuevo Doug (Colin Farrell) trata de pasar como un anciano chino. Además, una prostituta con tres pechos es invocada nuevamente. Lo que era antes un fugaz repunte cómico, ahora detiene la película entera para exhibirse.

El ángulo de Marte se extirpa completamente. La acción se desarrolla en un planeta tierra decimado, donde sobreviven dos núcleos poblacionales: los ricos en el viejo Reino Unido, y los pobres en la Nueva Asia. Sobre ellos gobierna el Canciller Cohaagen (Brian Cranston). Esta versión no tiene absolutamente nada que decir sobre las paradojas que florecen de la manipulación de la memoria, el recuerdo y la realidad. La premisa es solo una excusa para hilvanar escenas de acción en dos modalidades: persecución y pelea. Las detalles tecnológicos de la vida cotidiana son marginalmente llamativos: teléfonos celulares insertos bajo la palma de la mano, cada superficie reflectora puede ser tu pantalla personal de vídeo, y el escaneo de retina es de rigor en los bancos. Por lo demás, los escenarios sub “Blade Runner” tratan de disimular su falsedad digital con gratuitos fogonazos, que ni siquiera están justificados con lámparas o bombillos que refracten luz en el lente de la cámara. Alguien se volvió loco con el software pensando que se veían “cool”.

Farrell es eficiente como hombre de acción, pero no tiene chance de actuar. Se está sometiendo a una prueba atlética: corre del punto A al B, sigue la coreografía de la pelea, repite ad infinitum. La esposa asesina, que en la versión previa ofreció una breve pero jugosa participación a Sharon Stone, se convierte en la antagonista principal. Esto es producto del nepotismo. La actriz Kate Beckinsale es la esposa del director. Con él ha producido y estelarizado la franquicia “Underworld”. Dudo que veamos secuelas de… ¿cómo era que se llamaba esta película?

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