Por: Karly Gaitán Morales
La cartelera cinematográfica de LA PRENSA del 23 de noviembre de 1949, anuncia para esa noche a las 7:00 los estrenos en los cines de Managua, comenzando con el Circuito Trébol.
En el Teatro Trébol el filme es Prisionero del odio con Warner Baxter; en el Teatro Principal Sagrado y profano con Green Garson y en el Teatro Luz Alas en la niebla con Robert Taylor.
El Circuito Margot se publicita en el otro extremo de la página desglosándose así su programación: en el Teatro Luciérnaga El legado de los conquistadores con Tim Holt, el Teatro Darío El niño perdido con Tin Tan ; el Teatro Alameda Mi único amor con Ida Lupino; el Cine América Acechada con George Sanders y Lucille Ball; el Cine El Rosario Lo que va de ayer a hoy con Charito Granados y Enrique Herrera y el Cine Palace pregona con letras mayúsculas y grandes La perla con Pedro Armendariz.
Los afamados teatros Margot y González se encontraban fuera de funciones y en momentos importantes con la demolición de sus locales construidos en 1917 y 1933.
En las página de espectáculos, entre invitaciones a eventos privados y otros avisos, todo eso se notificaba mientras una enfermera y una asistente de partos a unas cuadras del diario y a otras tantas de los cines en cuestión, anuncian a un impaciente padre el nacimiento de su niño: “¡Es un varón!”
Ha dejado tras de sí tres libros sobre el tema: Listas de cine (1979), Datos útiles e inútiles sobre cine (1983) y 100 años de historia del cine/Luces, cámara acción (1996).
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“CINE EN LA SANGRE”
La jovencísima madre es Vera Murray, el padre Henry Caldera y el niño Franklin Caldera. Ella espera de él un “adulto normal con un trabajo normal”, él espera “un abogado derecho y duro para hacer y multiplicar dinero” y el niño, que no piensa nada en ese momento, no hará caso a ninguna de esas cosas, porque será un hombre “extraño y diferente” y nada “normal” (entendiéndose normal como sin mayores excentricidades) y escogerá el camino de la poesía y de la crítica cinematográfica.
A la luz de candilejas Franklin Caldera creció y conoció el mundo de la poesía y la sensibilidad hacia el arte, yendo al cine de la mano de su madre desde los 2 años. Como confiesa en sus poemas El hombre cine y Retrato de una madre con su hijo su influencia principal en su pasión extrema hacia el cine tiene el génesis en su madre, porque ella le enseñó a apreciar una película, a comportarse muy educado mientras se escuchaban silbidos gritos y abucheos en las salas oscuras, a criticar objetivamente una película.
Todo ello se debía a que Vera Murray, por imposición de su esposo, debía ir a todas partes acompañada de su hijo y estar siempre aquel “hombrecito” cuidándola de cualquier mirada de otro hombre, presto para asistirla en toda necesidad, incluso hasta al lado de la silla del dentista estaba su hijo con ella y así fue hasta el 6 de febrero de 1965 cuando ella murió, siendo su amado hijo un niño de 15 años. Aquel fue el día decisivo para su poesía.
La escritora Helena Ramos define en su entrevista Confesiones del hombre cine la pasión de Franklin Caldera por las artes cinematográficas como “vocación” y resume su existencia a un “hombre cine”, entendiéndose el término como un ser en el que la mixtura del humano con el cine forman uno.
Franklin describe este hecho como una “condición orgánica, endógena”, con la que algunos seres humanos nacemos, y esto puede inducirse hacia varias pasiones o acciones, como las personas que nacen con la estrella del éxito, los que nacen con el gen del alcoholismo o los que nacen para ser destacados en los deportes, siendo esta cosa extraña algo que viene de dentro, y declara que él pudo haber nacido en cualquier parte del mundo, en cualquier época del siglo XX y siempre su vida habría estado conducida hacia el cine.
La poeta Marta Leonor González en la introducción de una entrevista define este amor de Franklin por el arte como algo inherente a él, diciendo que tiene “cine en la sangre”, algo así como su ADN.
VERDADERA VOCACIÓN
La muerte de Vera lo empujó hacia la poesía y el cine porque poco después fue presentado como poeta por Beltrán Morales en La Prensa Literaria y comenzó a publicar sus poesías desde noviembre de 1968, a las que le siguieron sus críticas de cine, sin dejar de hacerlo nunca más.
Ya sea “vocación”, como dice Ramos, “cine en la sangre”, como expresa González, mi teoría es que Franklin Caldera hundió su vida en el cine y la poesía y lo hizo su razón de ser como una forma, un método, una vía para estar cerca de su madre, siendo esta condición tan inexplicable cada átomo de sí mismo hasta el punto de llegar a expresar, en (a mi juicio) uno de los más logrados artículos de su carrera, profundas y siderales reflexiones a la luz de una lámpara en plena madrugada frente a la máquina de escribir: “¿Cómo será el cine de los otros planetas? ¿Habrá directores, actores, técnicos en el cine de los otros planetas? ¿Cómo será el Orsor Welles de Saturno? ¿Cómo será la Liz Taylor de Plutón?”
Ver en la versión impresa las páginas: 6 B
