Los nicaragüenses sufrimos los contrastes en la acción y el debate de nuestras necesidades y sus conveniencias. Identificamos dónde se origina el problema y siempre tomamos el camino más largo y pedregoso para llegar al fin. En ese andar vamos discutiendo con quien nos encontremos, convencidos que nuestra idea es mejor que la otra y cuando llegamos al punto ya otro problema nos alcanzó y así en la búsqueda de otra solución volvemos a reiniciar el ciclo.
Nicaragua sufre hoy una profunda contradicción social, económica y política, porque moralmente estamos corrompidos y cuando eso pasa lo primero que perdemos es el valor; la acción que nos permite hacer lo correcto y solamente lo correcto, porque cualquier otra cosa que no sea la búsqueda de lo bueno deja de ser valor y se convierte en cobardía y tengo la absoluta sensación que Nicaragua llora estar habitada por cobardes.
Es cobarde quien ha mordido la mano del amigo que le dio de comer. El que maldice la vaca y se toma la leche. El que habla de democracia y es un dictador. El que invoca la expresión y el pensamiento libre y te impone la censura. El que habla de códigos de ética y honor y no respeta sus principios. El que abandona a su familia para irse a otra casa. El camaleón que cambia de color de acuerdo con las temporadas del poder. Aquel que en las buenas te juró guardar un secreto y en las malas se convirtió en tumba abierta. El que por razones de pesos y centavos te vende. El oportunista que por estar bien en lo personal no le importa que los demás estén mal.
Hay gentes que no quieren darse la oportunidad de abrazar el verdadero significado del valor. Lamentablemente confunden el concepto con un espíritu de resistencia, tan a ultranza, que deja malparado a quien no reconoce lo equivocado que está al ir contra la corriente de los nuevos tiempos. El valor no está en vencer, sino en convencer. El valor no es la trompada contra aquel que piensa diferente a mí, es amansarlo con la fuerza de la razón. No tiene valor alguien por alcoholizarse más, ni por tener más mujeres, sino aquel que edifica y es capaz de ser sacerdote de su templo, el hogar, donde habita la familia, nuestros seres queridos. De la misma manera los ciudadanos tenemos un templo, nuestro país, y todo lo que hagamos debe ser en función de nuestra tierra, de nuestra patria.
Debemos los nicaragüenses admitir que todos tenemos una inmensa cuota de responsabilidad por el estado de la nación. Hemos confundido el valor con el resentimiento y unos y otros debemos conectarnos con la realidad y abandonar los pleitos. Hay que tener valor para reconocer los errores y hay que tenerlo en beneficio de Nicaragua.
Asumamos con valor nuestras prioridades. Seamos capaces de entender que la Cruz contra Drácula es la unidad de todos. Tengamos valor para hacer lo correcto platicando y dialogando, pues Nicaragua es de todos y no es de nadie.
El autor es escritor y periodista.
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