Con las recién concluidas convenciones republicana y demócrata, comienza oficialmente la contienda electoral estadounidense que culmina el 6 de noviembre. Digo oficialmente porque al menos los republicanos pasaron por un largo proceso de primarias que comenzó en enero y que finalmente arrojó como ganador a Mitt Romney, pero no antes de haberlo dañado mucho por lo negativo, duro y disputado que fue el proceso. Romney no solo fue golpeado por sus contrincantes republicanos sino que también por el presidente Obama que en el período durante y después de las primarias martillaba a Romney porque apostó, correctamente, que Romney las ganaría.
En los próximos 60 días, tanto Obama como Romney tendrán la última oportunidad de convencer a parte del electorado norteamericano que él es la persona idónea para gobernar a los Estados Unidos a partir del 20 de enero de 2013. Y digo a parte, porque en esta época de guerras culturales en Norteamérica y de una creciente polarización del electorado, los encuestadores nos dicen que menos del diez por ciento de los votantes están indecisos y que solo 12 de los 50 estados de la Unión Americana están en juego. En los otros 38 —estados como California y Nueva York en donde los demócratas son hegemónicos, y Texas y Georgia en donde los republicanos tienen mayorías sólidas— la suerte ya está echada.
Según las encuestas, estas elecciones serán muy reñidas. Ambos candidatos están prácticamente empatados a nivel nacional y en los estados que son campos de batalla. Estos incluyen a estados grandes como la Florida y Ohio, medianos como Virginia y Carolina del Sur y pequeños como Utah y Iowa. Sin embargo, la mayoría de las encuestas que yo he visto demuestran que tanto a nivel nacional como en la mayoría de los estados en juego, Obama está empatado con Romney o tiene una ligera mayoría de intención de voto.
Esto es sorprendente por la difícil situación económica y social que atraviesan los Estados Unidos, lo cual perjudica a Obama porque él ha estado al timón del gobierno federal por tres años y medio. Me refiero al débil crecimiento económico que ha experimentado Norteamérica después del inicio de la Gran Depresión de 2008. Es tan débil que el nivel de desempleo ha permanecido por encima del ocho por ciento durante todos los meses de la Presidencia de Obama. Tan débil que a pesar de billones (millones de millones) de dólares gastados —no invertido— para estimular la economía, la mayoría de los estadounidenses considera que no ha habido recuperación alguna y el 70 por ciento afirmó recientemente que estaban tan mal o peor ahora que hace cuatro años. Y tan débil que los Estados Unidos perdió su “rating” de AAA, tiene una deuda pública que es igual a su producto interno bruto y tiene déficits anuales que en tiempos normales solo se veían en “repúblicas bananeras”. Como que si esto fuera poco, las alzas recientes en el precio de los derivados de petróleo están golpeando aún más al bolsillo de sus ciudadanos y a su confianza en el futuro.
Dada esta situación, ¿cómo explicar el hecho que el presidente Obama todavía no solo podría ganar esta elección sino que muchos creen que es el favorito?
Por un lado, se debe a la falta de carisma, de “conecte” de Mitt Romney con el pueblo. Por más que intente, Romney es, en términos nicaragüenses, demasiado almidonado para sus compatriotas, demasiado distante. No proyecta comprender el dolor que están sufriendo sus compatriotas y en encuesta tras encuesta, se le señala de no ser auténtico, de no ser genuino.
El otro gran problema que tiene Romney es que Obama y los demócratas están siguiendo el mismo guión contra Romney que usaron con éxito en las elecciones de 1994 para el escaño en el Senado por Massachusetts, que en ese entonces ocupaba Ted Kennedy. En esa elección, en un estado que es un bastión demócrata y que era un feudo de la familia Kennedy, las encuestas de septiembre mostraban un empate técnico entre Kennedy y Romney. Asustados, el senador Kennedy y sus asesores optaron por lanzar una masiva campaña negativa que logró demoler a Romney. Lo acusaron de ser un millonario que no tenía empatía para los necesitados del estado. Dijeron que a Romney le interesaba más “la plata que el pueblo” y que quería acabar con la clase media. Criticaron a Bain Capital, la empresa que hizo a Romney rico, de destruir a negocios y crear desempleo. Lo acusaron de ser insensible a temas de interés para las mujeres y que Romney era mormón, una religión poca conocida y misteriosa en Massachusetts.
La estrategia funcionó a la perfección. Kennedy y los demócratas lograron definir a Romney y en la campaña Kennedy lo destruyó, ganando el 58 por ciento de los votos contra un 42 por ciento para Romney.
¿Se repetirá en 2012 a nivel nacional lo que sucedió en Massachusetts en 1994? ¿Romney y los republicanos permitirán que los demócratas lo definan en lugar de hacer de la economía el tema central de esta campaña, lo cual perjudicaría a Obama? La respuesta a esta pregunta la tendremos en las próximas semanas. Pero juzgando por el empate técnico que existe hoy y errores de la campaña Romney, no se puede descartar que el precedente de Massachusetts en 1994 se repita en 2012.
El autor fue embajador de Nicaragua en los Estados Unidos.
Este es el segundo en una serie de artículos relacionados a las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2012.
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